Olé Maria Emilia!

H2S3

Si me puedo permitir llamar así a María Emilia Casas, la Presidenta del desprestigiado Tribunal Constitucional quien, en un brillante movimiento de prestidigitación digno del mismo Houdini, ha sido capaz de producir la tan retrasada sentencia sobre el Estatut a ultimísima hora, evitando así una grave quiebra de nuestro sistema político-constitucional.

La crisis era tan grave que quebró la confianza de, incluso, los más recalcitrantes defensores de que el sentido común acabaría imponiéndose, entre los que me conté durante años. Afortunadamente se ha resuelto de la única manera posible: una sentencia moderada, no intrusiva, que se limita a pulir las aristas más problemáticas del Estatut, respetando así la voluntad democrática expresada por los representantes de la ciudadanía y por la ciudadanía catalana en referéndum.

María Emilia Casas fue mi profesora en la Facultad durante un curso. Era buena aunque arisca y nos hizo estudiar como casi ningún otro profesor ha conseguido que yo estudiara, al menos en cantidad de textos: recuerdo que el examen comprendía 2.000 páginas de leyes y decretos laborales y sociales… Al final me puso notable, al precio de suspender otras dos asignaturas, en parte por haber sido peor “defendidas” por sus respectivos profesores.

Por mi experiencia personal tenía algo de confianza en que, cuando finalmente se decidió a coger el toro por los cuernos y redactar ella misma la ponencia, la cosa tenía alguna posibilidad de llegar a buen puerto. Sin embargo, los obstáculos eran de tal magnitud y, por qué no decirlo, tamaña había sido la incapacidad demostrada por el Tribunal que ella ha presidido durante los últimos años, que no habría apostado a su favor.

Al final lo que más cuenta son los resultados y esta mujer nos ha prestado un servicio a todos que no se puede pagar con dinero. Ha sido ella la que ha redactado la ponencia capaz de suscitar el consenso que otros habían sido incapaces de perfilar, y se ha inventado un alambicado procedimiento de voto por secciones y artículos, con doble votación incluida, que finalmente ha superado el enconado bloqueo que amenazaba nuestra preciada paz socio-política.

No es el momento de detenerse demasiado en la irresponsabilidad del PP, capaz de desafiar los principios democráticos más básicos y aplicar dobles raseros manifiestos como supone recurrir preceptos catalanes apoyados por dicho partido en otros estatutos. Tampoco es pertinente ahora repetir las críticas a la chapucera manera en la que se aprobó el Estatut, tanto en su primera versión en Barcelona como en su más refinada versión de Madrid, incluido el pacto “nicotínico” in extremis entre Zapatero y Mas.

No, es más bien el momento de congratularse de que al final se haya impuesto la razón y hayamos evitado la que amenazaba con convertirse en la peor crisis de nuestra corta y frágil historia democrática. Porque grave es que nuestros dos principales partidos políticos lleven años jugando al gato y al ratón con la renovación de los miembros de Tribunal cuyo mandato ha caducado sin ser capaces de cumplir fielmente su obligación constitucional de consensuar nombramientos apropiados. Porque todavía más grave era que el máximo garante de nuestra legalidad, de nuestra democracia, fuera incapaz de consensuar un juicio sobre la constitucionalidad de una ley orgánica como el Estatut, bloqueado por los juicios particulares – o peor aún, partidistas – de sus integrantes, que tienen también el deber de olvidar quién y por qué les propuso y actuar como jueces independientes. Y no ya grave sino directamente peligroso era que las únicas dos opciones que aparentemente teníamos ante nosotros – renuncia a juzgar y renovación del Tribunal o sentencia formalista severa – fueran tan lesivas para el correcto y ordinario funcionamiento de nuestro Estado de Derecho, hoy magullado pero en condiciones para empezar a reponerse del daño sufrido.

No me interesa tampoco la cacofonía catalana sobre la afrenta española por atreverse a tocar un pelo de la libre expresión de la soberanía del pueblo catalán. Si incluyes el término nación en el preámbulo no está de más que el TC te recuerde que el preámbulo de una ley no tiene eficacia jurídica. Si unilateralmente te arrogas poderes que la Constitución no sólo no te da explícitamente sino que el entramado constitucional requiere que compartas con la Administración central, no está de más tampoco que el TC te anule algún precepto extraviado que trataste de colar de rondón, o te lo interprete de tal manera que no quepa su tergiversación unilateral desde Cataluña.

En las próximas semanas y meses, el PSE, CiU y ER harán de la sentencia una bandera electoral aún a sabiendas todos ellos de que la misma ha sido muy respetuosa con la voluntad de mayor autogobierno catalana, combinándola, como es su deber, con los límites insuperables – al menos por medio de una Ley Orgánica – de la Constitución. Mientras tanto, el PP catalán se verá obligado a pedir asilo político en su propia casa y el PP nacional se desgañitará vendiendo como un triunfo lo que no deja de ser una derrota mínimamente digna que no compensa en absoluto el daño para su propio partido en Cataluña y desde luego menos aún el riesgo en el que ha sumido a la democracia española en su integridad.

Mucho ruido y pocas nueces. En otoño los electores catalanes votarán en conciencia y me atrevo a predecir que con la sentencia del TC que finalmente se ha dictado, el resultado será idéntico al que habría sido de no haber mediado recurso, es decir, propiciado por la crisis económica, por los méritos y deficiencias del Tripartito, por la corrupción, etc., como debe ser.

Y bueno, después de la tormenta y el previsible triunfo en minoría de CiU quizás tengamos que asistir al último capítulo de esta lamentable y vergonzosa historia: la recomposición urgente y sin escrúpulos de la alianza CiU-PP en Cataluña como prolegómeno a un apoyo catalán al PP en Madrid. Ya ocurrió en 1996 y podría repetirse aunque dudo de que se atrevan. Veremos.

En todo caso, el lunes fue un buen día para la democracia española y yo, después de todo, no puedo por menos que darle las gracias a mi antigua profesora por haber sido capaz de sacar adelante la sentencia menos mala posible. Así que, de nuevo, olé Maria Emilia!

PD: Y ahora a por el mundial con esta selección trufada de culés!!