Oh, Jerusalén

GCO

En la fachada del Santo Sepulcro, el lugar donde millones de cristianos creen que está enterrado Jesús de Nazaret, hay una pequeña escalera de mano, hecha en madera y de no más de cinco peldaños. Está a la altura de un primer piso, en una cornisa y dicen que lleva allí más de un siglo. No pertenece a nadie, y nadie puede tocarla. Si alguna de las comunidades cristianas encargadas de custodiar el Santo Sepulcro, la católica, la ortodoxa griega o la ortodoxa armenia, la retiraran rompería el frágil Statu Quo que se mantiene, el que permite el reparto por zonas del Templo más importante para los cristianos. Un acuerdo al que llegaron después de siglos de intrigas entre distintas confesiones cristianas, y luchas de influencias entre imperios. Aquél acuerdo implicó hacer un inventario completo del templo y repartirlo por confesiones. Dice la leyenda que alguien olvidó incluir esa escalera y que por eso nadie se atreve a retirarla: porque no es de nadie. La paz entre comunidades religiosas en toda Jerusalén depende de detalles tan insignificantes como éste.

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La frágil calma del Santo Sepulcro podría ser una metáfora de lo que ocurre en toda la ciudad. Y Jerusalén, la tres veces Santa, a su vez es otra metáfora de lo que ocurre en todo Israel y Palestina. La ciudad más sagrada del mundo es también uno los mitos más irrenunciables, y uno de los mayores escollos para la paz entre israelíes y palestinos, y entre israelíes y musulmanes de medio mundo. Ha sido la ciudad más conquistada, la más deseada. En 1980 Israel la declaró unilateralmente “capital eterna e indivisible�, y aunque la Knesset, el Parlamento Israelí, y casi todas las administraciones del Estado estén allí, ningún país del mundo, ni siquiera Estados Unidos, se atreven a reconocerla abiertamente como capital.

Desde allí esta semana nos han llegado unas imágenes que nos son familiares. Escenas que nos recuerdan a las de la primera intifada: Jóvenes y no tan jóvenes musulmanes enfrentándose a la policía militar israelí armados con piedras y petardos por el laberinto de calles de la ciudad vieja. Manifestaciones, en principio, surgidas de forma más o menos espontánea, con el apoyo de grupos religiosos no-políticos –o eso se dice- Es la reacción visceral del pueblo musulmán palestino ante la decisión de hacer obras en el Muro de las Lamentaciones que podrían afectar a la tercera Mezquita más sagrada del Islam.

Tal es el poder de Jerusalén. Ha provocado una reacción civil que no se dio con el bombardeo de Gaza del pasado verano, pese a las víctimas y los destrozos que provocó. Ha hecho que los palestinos, un pueblo desgastado por años de guerra ininterrumpida, de castigo económico y militar de Israel, de luchas internas que les ha llevado al borde de una confrontación civil, de crisis y embargos económico occidentales, de nepotismo y corrupción de sus líderes se enfrenten directamente, armados con piedras y petardos, contra los soldados israelíes en las callejuelas de la ciudad. Sus manifestaciones se han trasladado a otras zonas de la región, como Ramallah.

Tal es el poder de Jerusalén que ha levantado la ira incluso en Jordania, uno de los países oficialmente menos belicosos con Israel de todo Oriente Medio, que le ha acusado de romper el tratado de Paz de 1994 en un duro mensaje de condena del rey Abdallah II. Ha encendido la alarma sobre una posible crisis diplomática entre países que parecía que habían establecido una paz duradera. El rey jordano ha ordenado iniciar una campaña donde intervengan países árabes, occidentales, representantes israelíes y palestinos, con el objetivo de frenar las obras. La oposición, siempre sumisa ante el monarca, ahora le ha plantado cara y le exige que rompa las relaciones con Israel. En Siria, en Egipto, en Líbano, los musulmanes, radicales o no, han salido a la calle encolerizados. Nasrallah, el líder de Hezzbollah, amenaza con represalias, pese a que la lógica le indica, y bien lo sabe él, que no es el mejor momento para que su movimiento se enfrente de nuevo a Israel.

Así es Jerusalén, el más eterno de los problemas. Unas obras en el Muro de las Lamentaciones que pueden afectar a la Explanada de las Mezquitas provocan la ira de media región. No se debe menospreciar su símbolo, su capacidad para ser el detonante de una crisis a gran escala. Todos recordamos cuál fue el momento en el que estalló la segunda intifada y que se extendió como la pólvora: Aquél paseo, aquella provocación de Ariel Sharón por la explanada de las mezquitas en septiembre del 2000. Entonces, como ahora, surgió la rabia visceral del pueblo palestino. ¿Son estas obras otro gesto de provocación? Una cosa sí parece cierta, y tiene razón Abdallah II de Jordania: Israel ha roto el acuerdo de 1994.

Durante un siglo de conflicto, Jerusalén ha sido uno de esos puntos para los que nunca se encontró acuerdo. Muchos son los elementos que interaccionan en el conflicto, pero, quizás para poner fin a la eterna guerra que mantienen israelíes y palestinos habría que empezar por Jerusalén. Descargar de mitos al conflicto. Resulta descorazonador ver que hemos retrocedido, que la solución quizás la dio la resolución de 1947, cuando establecían a Jerusalén como Ciudad Internacional. Una solución que no contentará a nadie, pero a la que todas las partes se podrían acostumbrar. Todas las demás opciones son inviables, y mientras el frente de Jerusalén siga abierto, el conflicto también lo estará. Pero hoy aquella solución parece descartada: Ninguna de las partes renuncia un ápice a la ciudad, y la Comunidad Internacional no quiere o no puede hacerles comprender que no hay otra salida, que Jerusalén es demasiado importante como para que la gobiernen unos u otros. Se buscan opciones, parches que no solucionan nada. Porque en Jerusalén nacen la mayoría de las leyendas de la cultura oriental y occidental: Jesús de Nazaret dicen los cristianos que está allí enterrado, los Templo de Salomón y David a los que veneran los judíos esperan a que los saquen a la luz, y desde allí Mahoma ascendió a los cielos para recibir el mensaje de Aláh en el que creen los musulmanes. Jerusalén es, en definitiva, un mito internacional.