Obamanía y zapaterofobia

Lobisón

 

La televisión emite un reportaje sobre el comienzo de la reunión del G-20, con las visitas de Obama a Downing Street y a la reina Isabel, los choques entre la policía y los antisistema, etc. Después se leen algunas opiniones de los espectadores sobre la cumbre, y el primero dice: ‘Zapatero sólo quiere ganar tiempo’. Resulta un poco misterioso el diagnóstico, porque nada hace pensar que en esta ocasión Zapatero sea el protagonista o el autor del libreto, pero a este espectador ninguna otra cosa le preocupa.

 

La figura se podría llamar zapaterofobia, un trastorno de la derecha española —y de Joaquín Leguina— que les obnubila el juicio cuando se trata de Zapatero, que les lleva a considerar secundaria la actual crisis mundial frente a la irritante maldad, la incompetencia, la necedad —un ‘bobo solemne’— y la desastrosa trayectoria del actual gobernante. Y estas opiniones no necesitan argumentos ni admiten matices: son todas cosas evidentes en si mismas, como los principios de los que partía la declaración de independencia de los Estados Unidos.

 

Hay varias hipótesis que podrían explicar la aparición de esta patología, y la primera es el trauma que supuso para la susodicha derecha la derrota del 14-M de 2004. Pero hay más: ya existía una fuerte minusvaloración de Zapatero como líder de la oposición, porque su deseo de evitar la confrontación demagógica y hacer una ‘oposición útil’ facilitó que se le viera como un pardillo manejable, sentimiento que pudo verse confirmado por el discutible pacto de la justicia.

 

Sin embargo el factor clave es la simétrica sobrevaloración de José María Aznar (el pobre Mariano nunca ha sido más que un liderazgo vicario). Aznar había devuelto a España a su sitio, es decir, a su condición de país conservador, en el que sólo la derecha puede gobernar legítimamente, tras la interminable pesadilla del felipismo. Y no sólo eso, sino que al poner los pies sobre la mesa de Bush(43) había afirmado un liderazgo mundial que Felipe nunca había tenido pese a su interlocución en la Conferencia de Madrid con Bush(41).

 

Para colmo de males, Zapatero, en nombre del talante, introdujo desde su gobierno una agenda política definida por el ‘buenismo’. Como es bien sabido, para tener categoría de hombre de Estado hay que hacer cosas malas —apoyar la guerra de Irak—, o al menos negarse en nombre del realismo a hacer cosas buenas como aumentar los fondos de cooperación al desarrollo o reconocer los derechos civiles de las minorías.

 

La derecha española, por cierto, no estaba sola en el menosprecio a Zapatero. Es inolvidable la intervención de Leslie Crawford —entonces corresponsal del Financial Times en España— en un reportaje de televisión sobre el balance del primer año de gobierno de ZP. Crawford se moría de la risa, literalmente, al decir que el presidente español no parecía saber en qué mundo vivíamos, cuáles eran las relaciones de poder y las reglas del juego.

 

Qué tiempos. Ahora esas reglas y relaciones se han venido abajo, y, lo que es peor, el nuevo presidente de Estados Unidos da alarmantes muestras de buenismo, incluyendo el respeto por el derecho internacional y la apuesta por las energías limpias. Ya no sirve de nada convencer a la derecha dura de Washington de que España camina hacia el desastre y de que Zapatero es un gobernante irresponsable e incapaz, porque la derecha dura ya no gobierna y la agenda del Departamento de Estado ya no es la del añorado Bush (43), ese otro gran líder al que Aznar aún insiste en que la historia vindicará.

 

Mientras el mundo atraviesa una etapa de obamanía, con grandes expectativas en su poder para corregir los desastres heredados, la derecha sólo tiene dos opciones: aprovechar las meteduras de pata del gobierno español para afirmar que Zapatero es incapaz de entenderse incluso con Obama, o presentarle como un pordiosero que acude a las cumbres buscando una legitimación exterior (en vez de hacerlo poniendo los pies sobre la mesa).

 

Pero nada de hablar de las afinidades objetivas entre la nueva agenda de Washington y la vieja agenda de ZP, o del paralelismo entre las dos estrategias ante la crisis. Como si se pudiera dudar de que España tiene el peor gobierno imaginable y de que todas sus apuestas están radicalmente equivocadas.