Obama Romney segundo round

LBNL

Obama ganó el segundo debate la pasada madrugada, tras perder sorprendentemente el primero. Ahora bien, no fue una victoria en toda regla sino más bien a los puntos, que le servirá para frenar la tendencia positiva de Romney en las encuestas desde ya antes de su exitoso desempeño en el primer debate pero que deja las espadas en alto con vistas al tercer y último debate del próximo lunes y a las dos últimas semanas de campaña posteriores.

Obama hizo lo que se esperaba de él tras la decepción de la semana pasada: ser más agresivo, más incisivo y mostrarse más relajado y cómodo. Consiguió sacarle los colores a Romney en más de una ocasión, subrayando las incoherencias entre su acción de gobierno bastante centrista cuando era Gobernador de Massachussets, por ejemplo respecto a la sanidad, y su programa para la Presidencia del país, mucho más escorado a la derecha. Y aprovechó a conciencia una inexactitud torpe de Romney sobre lo que Obama declaró tras el asesinato de cuatro norteamericanos en el consulado de Bengasi.

Pero Romney mantuvo el tipo, repitiendo machaconamente que Obama había fracasado durante los últimos cuatro años y que el país no podía permitirse seguir así otro mandato. En contraste, él sabría como crear riqueza, como ya demostró durante su etapa de Gobernador.

Lo cierto es que Obama es mucho mejor orador que debatiente. Ya era así antes de convertirse en Presidente y la ausencia de competencia no le ha ayudado a prepararse. En cambio, Romney lleva décadas preparando debates concienzudamente (ya en 1994 le disputó a Ted Kennedy su escaño en el Senado) y las primarias republicanas batieron todos los récords en cuanto a número de debates. Sólo flaquea cuando le toca improvisar, bien por no haber previsto el tema o la situación, como cuando en uno de los debates republicanos le propuso a Rick Perry una apuesta de 10.000 dólares, realzando su imagen de millonario ajeno a la realidad cotidiana. Pero en general debate bien, transmite comodidad y es hábil tácticamente para decir en cada momento lo que mejor puede recibir la audiencia.

Obama tiene, además, que justificar todo lo que no ha podido hacer estos cuatro años, recordar que la situación económica no es mejor en parte por la oposición republicana en el Congreso a muchas de sus iniciativas y tratar de convencer al electorado de que, pese a todo, en los próximos cuatro años sí será capaz de poner en práctica todas las iniciativas pendientes.

Salvo sorpresa, el debate del próximo lunes tampoco decantará la carrera presidencial en un sentido u otro, especialmente porque estará centrado en política exterior. Obama parte con gran ventaja, tanto por algunos éxitos en su haber como la eliminación de Osama Bin Laden, como por la absoluta ignorancia que viene demostrando Romney durante toda la campaña en este ámbito. El problema es que el electorado norteamericano no presta demasiada atención a la política internacional.

En todo caso, revisando un poco los precedentes históricos, no parece haber una correlación directa entre los resultado de los debates –quién los gana- y los de las elecciones. Hay casos claros como por ejemplo Reagan contra Carter o Clinton contra Bush, en los que el debate contribuyó sensiblemente al éxito electoral de quién fue percibido como claro ganador. Pero hay muchos más casos de lo contrario: derrotas electorales del ganador de los debates, como Kerry tras dominar a Bush hijo.

Con este trasfondo, Obama sigue teniendo bastantes posibilidades de revalidar su victoria de hace cuatro años. Algunas webs especializadas estiman sus probabilidades de éxito en más de un 65%, atendiendo a sus probabilidades de ganar en los estados aún no decididos. Entre estos, el más importantes es, una vez más, Ohio, Estado en principio más republicano que demócrata pero en el que Obama lleva una ventaja de entre 2 y 5 puntos en las encuestas. Si se cumplen las estimaciones de voto pre segundo debate, Obama obtendría una victoria en voto popular a escala nacional de entre un 2 y 4 por ciento y, lo que es más relevante, alrededor de 280 votos electorales (como se recordará, lo que cuenta es ganar en cada Estado y embolsarse sus votos electorales, que son los que deciden la Presidencia).

Ya comprendo que para algunos todo lo anterior no dejará de ser un compendio de disquisiciones discutibles sobre un asunto mucho menos urgente e importante que el resultado de las elecciones gallegas o vascas del próximo domingo. Ciertamente, Rajoy sufrirá un nuevo golpe si Feijoó no consigue renovar la mayoría absoluta y la previsible victoria amplia del PNV planteará un escenario vasco más incómodo que el prexistente. Y no está el horno para bollos con el órdago catalán y el rescate en ciernes.

Ahora bien, soy un convencido de que el resultado de las elecciones presidenciales norteamericanas tiene un impacto directo en nuestras vidas. Baste recordar las consecuencias  del conflictivo recuento de votos en Florida en las elecciones de 2000: con Gore en la Presidencia muy probablemente no habría habido invasión de Irak y Aznar habría tenido más dificultades para perder completamente la cabeza.

Y dado como están las cosas, con la clase media empobreciéndose cada semana que pasa por efecto de los destrozos económicos perpetrados por los más ricos y consentidos por los supervisores negligentes, creo que nos va la vida en que Romney no llegue a convertirse en Presidente de los Estados Unidos. Dejando de lado su ferviente fe mormona (que ya cuesta), su visión para salir de la crisis es reducción de gasto público, reducción de impuestos (para todos, es decir, también para los más ricos), desregulación y alfombra roja a la inversión privada, al precio que sea. Es decir, un poco lo de Esperanza Aguirre y su esbirro con el gangster Adelson.

Si gana Romney lo tendremos aún peor. Afortunadamente y pese a lo reñido de la carrera, parece que no será así.