Obama: la soledad del último tramo

Barañaín

¿Puede ejercer de presidente de la nación más poderosa del planeta alguien a quien no le guste la política? En opinión de León Panetta – ex jefe de la CIA y ex jefe del Pentágono-, eso es lo que ocurre con Obama, lo que explicaría su incapacidad tanto para tomar decisiones difíciles como para ganar aliados.Con la publicación de sus memorias,Panetta se suma al coro de antiguos altísimos colaboradores de Obama que aprovechan esta fase final de su mandato para exteriorizar su particular ajuste de cuentas con el presidente, desvinculándose se sus decisiones más impopulares.

Ahora que Obama encara los dos últimos años de su mandato, parece que nadie quiere aparecer a su lado. Nadie de los suyos, se entiende. Es significativo que se hable de balances de un mandato –como si ya estuviera despidiéndose-, al que restan dos años, en los que pueden pasar aún muchas cosas.  No sólo se le da ya por amortizado – lo que sería lógico, dada la (¡bendita sea!) imposibilidad de su continuidad en el cargo-,  sino que proliferan las críticas a determinados aspectos de su política, sobre todo de la exterior, por parte de algunos de sus antiguos colaboradores. No se trata sólo de Hillary Clinton, a quien aún se le suponen ambiciones futuras, sino de gente como  Robert Gates, también ex secretariode Defensa, oel citado León Panetta que sonpersonas a quienes no hay por qué suponer resentimiento,  ni ya excesivas aspiraciones personales. Y además  están los que tienen que defender su propio puesto o escaño frente a los republicanos. Es curioso que entre los demócratas  se prefiera,  esa impresión dan,  marcar el perfil propio resaltando las diferencias con la gestión de Obama  antes que respecto a las propuestas políticas de sus rivales.

Por el contrario, entre los republicanos, parece  que ni siquiera los sectores más radicales (el Tea Party)  consideran ya necesario abundar  en la crítica feroz al personaje. Como si ya no les mereciera  la pena gastar munición en ese empeño. Y se empeñaron a fondo durante años, dejando un poso de odio irracional que costará superar.  Viajando estas últimas semanas por el Midwest, por la América profunda,  inmerso en plena campaña electoral para la renovación de múltiples cargos –desde puestos de sheriff del condado, o de fiscal o de juez de paz, hasta los asientos en el senado de la nación-, no sorprende encontrar peticiones de voto para “salvar” al estado de Missouri o de Kansas, supuestamente en riesgo de perdición, ni observaciones sobre la peligrosa agenda política liberal de tal o cual candidato, ni improperios sobre el “traidor” Obama que se dejan caer entre continuas  demostraciones de patriotismo y apoyo emocionado a las tropas estadounidenses. Pero todo tiene un tono calmado, mucho más del que un viajero podía percibir hace sólo unos años.

Habiendo sucedido al denostado George W. Bush, era esperable una evaluación más favorable de Obama. Pero este tramo final que encara Obama tiene un tono, si no sombrío, anodino o insustancial.  La pregunta ahora es: ¿Qué quedó de sus grandes planes de cambio?

Visto desde Europa parece que, en la gestión de la crisis económica, Obama puede presumir de éxitos, pero, curiosamente, ni los propios demócratas creen que se trate de políticas populares, de las que puedan presumir o puedan sostener una campaña electoral. Se ha destacado en los últimos días una observación crítica en ese sentido de David Axelrod, a propósito de una declaración previa de Obama sobre las próximas elecciones de noviembre.Por supuesto, Obama no lo tuvo fácil. Hace años, quien fuera su jefe de gabinete RahmEmanuel  (ahora alcalde de Chicago),  describió la atmósfera del día después de las elecciones de 2008 como un “estruendo continuo”: “Se podía empezar por la economía, la industria del automóvil, la situación financiera, Afganistán, Iraq…Generalmente cuando hay una serie de cosas que hacer, usted empieza a priorizar. ¿Pero qué sucede cuando todas las cosas son prioritarias?”.

El caso es que el único asunto en el que aún se esperan novedades  es el de la reforma migratoria, esa que Obama prometió llevar a cabo en su primer año de gobierno y que ahora, dado lo avanzado de su mandato y el creciente peso de la oposición republicana –que previsiblemente, se hará con el control del Senado (ya lo tienen en el Congreso)-, sigue teniendo difícil. Lo cierto es que, bloqueado por los republicanos  el DreamAct, que hubiera permitido a los hijos de inmigrantes indocumentados permanecer en el país, la administración de Obama ha deportado a más inmigrantes ilegales que cualquier otra administración.  Pese a gestos como el nombramiento de Sonia Sotomayor como la primera hispana en el Tribunal Supremo, muchos latinos, que constituyen un bloque de votantes cada vez mayor, se sintieron decepcionados.

De su agenda de cambio, es probable que sólo perdure una reforma sanitaria que, pese a su desastroso comienzo,  va arrancando lentamente y aunque limitada respecto a las ambiciones iniciales,  ya está integrando en la protección de la salud a varios millones de personas hasta ahora fuera de su cobertura. Aunque solo se trate de un comienzo, es posible que su fuerza sea tal que haga difíciles posteriores intentos de descafeinar la reforma cuando los republicanos vuelvan a tener todo el control. 

Pero para nosotros, ciudadanos del imperio, lo que más importa de cada administración americana es su política exterior,  cómo nos afecta y la manera en que ejerce su liderazgo mundial. Y en esta cuestión convergen las visiones críticas del exterior con las del propio país. Se reprocha a la administración de Obama, con razón, su falta de liderazgo o “pérdida de rumbo” (Panetta)  frente a los desafíos surgidos en este período: Corea del Norte, Irán, Siria, “primavera árabe”, Putin y la crisis ucrania, etc. De los errores de Obama, se destaca sobre todo  el no haber cumplido sus amenazas contra Bachar El Assad cuando este cruzó la «línea roja» que el propio Obama había trazado públicamente. Clinton ya había criticado la gestión de la crisis siria, especialmente la negativa apoyar a la insurgencia contra El Assad,  achacando a esa decisión una buena parte de la responsabilidad del crecimiento del horroroso Estado Islámico en Irak y Siria. También crecen las críticas sobre los colaboradores del presidente (aunque respecto a su Secretario de Estado John Kerry lo más significativo es que ni siquiera se hable mucho de él:no imagino peor castigo posible para quien ocupa puesto semejante).

Ahora, cuando se adivina ya el final de la película, algunos cuestionan si fue acertada la opción de Obama, el primer afroamericano en llegar a la Casa Blanca, y si no hubieran ido mejor las cosas de haber apostado los demócratas por Hillary Clinton, que hubiera sido la primera mujer en alcanzar ese puesto. El realismo y la experiencia frente a la ilusión colectiva de aquel “yes, we can” que emocionó a medio mundo. Fue David Axelrod, el  estratega mayor de Obama hasta hace tres años, quien diseñó una campaña que, en contra de la imagen que transmitiría su oponente Hillary Clinton, enfatizaba el carácter de “hombre de la calle” para transmitir una sensación de intimidad y autenticidad en los anuncios políticos de Obama. Si Clinton apostaba por resaltar su experiencia política, la campaña de Obama pivotó casi en exclusiva sobre el tema del cambio.  “El cambio es llevar los problemas reales de la gente real a Washington DC, de eso se trata el cambio”, decía Axelrod. Ese mensaje – y  saber involucrar a decenas de miles de voluntarios en una campaña novedosa-,  jugó un factor muy importante en la primera victoria de Obama y su impulso perduró lo suficiente como para asegurar su reelección.

Ahora sabemos que el cambio no es sólo eso; que se trata, sobre todo, no sólo de plantear esos problemas, sino de resolverlos. De no dejar que se pudran. Pero para ser resolutivo, la indecisión es un lastre. León Panetta  asegura que la falta de liderazgo de Obama se debe a que ha actuado «más como un profesor de derecho que como un líder» y que, en el fondo,  el problema es que no le gusta la política. Y así no hay manera.