Obama, Hollande, Rajoy: cuestión de estilo

Barañain 

En EEUU, aunque se esperaba la derrota de los demócratas en esas elecciones “de mitad de mandato”, el varapalo ha sido  de los que hacen época. Obama inicia así los dos últimos años en su cargo con un Congreso  totalmente hostil. Si ya le rehuían hasta los candidatos demócratas, que no querían verse lastrados por la imagen del presidente, ahora se acentuará su soledad política. De momento, desde el entorno de Obama se han lanzado dos mensajes contradictorios. Tras la derrota,  el presidente  ha declarado haber escuchado el mensaje de los ciudadanos, el de quienes han votado mayoritariamente en contra de los demócratas y el de quienes ni siquiera se han molestado en acercarse a las urnas. Ha apostado por el acuerdo con los republicanos por el bien del país. Ha sonado humilde y dispuesto al diálogo. 

Pero, por otra parte, ante la posibilidad de que una mayoría hostil en el Congreso le ate de pies y manos, algunos apuestan porque se centre en la política exterior, donde cuenta con  margen de maniobra para conseguir al menos un final minimamente airoso para una presidencia mas bien gris. Los hooligans de Obama confían en que al menos  como comandante en jefe del  ejército  pueda lograr algún éxito perdurable, pues ahí no depende tanto del Congreso. Y ya que no es probable que consiga ver aprobada ninguna de las leyes pendientes (singularmente, la de inmigración) ni que pueda abusar mucho del recurso de gobernar a base de decretos presidenciales (que serían rapidamente revocados tras su sustitución en la Casa Blanca), debería concentrarse en que el mundo exterior reconozca su liderazgo:  ¿tal vez con ese acuerdo -para muchos, ominoso- que lleva persiguiendo con la teocracia iraní sobre su programa nuclear? 

El caso es que, paralelamente al mensaje de la concordia, alguno de sus portavoces  ya ha dejado caer que si el presidente consigue el acuerdo con Irán lo aplicará sin contar con el Congreso: para eso bastará con que, haciendo una pequeña trampa, no lo presente como lo que es, un acuerdo internacional -que como tal requeriría el apoyo harto improbable de dos tercios de los congresistas-,  sino como una prerrogativa personal del presidente. O sea, que si la ciudadanía americana se decanta por la oposición republicana,  Obama, lejos de mostrar empatía hacia  los flamantes representantes de esa ciudadanía, debería hacerles un corte de mangas.  Desde luego, el mensaje de la concordia con la mayoría republicana parece contradictorio con la idea de ignorarla  olímpicamente cuando representa a su país en el exterior. Obama deberá elegir entre un final con diálogo o una fuga hacia adelante. Pronto saldremos de dudas y veremos cual es el estilo con el que Obama quiere acabar su mandato. 

Con una mayoría en contra, no ya en el parlamento sino en la opinión pública, según reiteran las encuestas, el presidente francés Hollande también ha declarado ser consciente de las voces que llegan de la calle.  En un contexto de desesperanza ante el rumbo de la economía y el nivel del desempleo y de cierta resistencia a las reformas que impulsa, el presidente ha comparecido ante los ciudadanos a la mitad de su mandato quinquenal. Lo ha hecho ante las cámaras de televisión, en directo, sometiéndose durante hora y media a las preguntas de periodistas y ciudadanos. Ha reconocido errores en sus previsiones y ha enfatizado su decisión de seguir impulsando las reformas que Francia necesita, convencido de que, aunque tarden, darán sus frutos. Y ha anunciado su intención de no repetir como candidato si al final de la legislatura no hay una disminución real del desempleo. 

Hollande afronta el último tramo de su andadura presidencial en soledad, como Obama. A diferencia de este, su partido sigue disfrutando de mayoría parlamentaria que, sin embargo,  se muestra insegura en su apoyo a su líder. Su comparecencia  ha coincidido con la enésima crisis del grupo parlamentario socialista, en cuyo  seno unos cuantos diputados se empeñan en amargarle la tarea a su propio gobierno. De momento con poco éxito, pues el enérgico y convincente Manuel Valls hace oídos sordos a sus jeremiadas. Esto no es nada novedoso: como observó Tony Judt, la historia del movimiento socialista francés ha sido  la de “una división y una contienda sin precedentes incluso para los disgregadores estándares de la izquierda europea”, en la que el riesgo de escisión ha estado siempre presente. 

Visto lo sensibles que están algunos de sus diputados, Hollande ha creído más rentable dirigirse directamente a los ciudadanos para hacer balance.  Curiosamente, en esa hora y medio de interrogatorio no ha habido mención alguna a la política exterior francesa y, en particular, a la decisión de Hollande de intervenir en algunos de los puntos calientes del globo mostrando una determinación y coherencia muy por encima de la media europea y del vacilante Obama. Y digo que es curioso porque esas decisiones son las que, según las mismas encuestas, cuentan con mayor apoyo público y ahí Hollande, por tanto,  se encontraría más cómodo. Pero no se trataba de sacar pecho ni pedir medallas sino de afrontar crudamente las dificultades y las razones del descontento ciudadano. Hollande ha estado humilde, pero no condescendiente con sus críticos y se ha mostrado seguro sin parecer arrogante. Al ligar su posible candidatura para la reelección al éxito en la lucha contra el paro, ha querido enfatizar su confianza en que la política que impulsa dará al fin sus frutos. Otro estilo. 

En nuestro país, he escuchado a algun tertuliano habitual desvalorizar el gesto de Hollande. Si condiciona su futuro a la bajada del desempleo -venía a decir- estaría actuando como la zorra de la fábula respecto a las uvas imposibles. El presidente francés estaría anunciando con antelación que no iba a repetir porque no le quedaría más remedio dado que el fracaso de su gestión hará inalcanzable aquel objetivo. Muy incisivo el tertuliano. Pero qué ocasión desaprovechaba para hacer comparaciones útiles con lo que se estila por estos lares. No puede extrañar que en los medios españoles se desmenucen con  tanta perspicacia los balances y comparecencias de presidentes extranjeros ante la imposibilidad de hacer lo propio con el gobierno que nos toca: ¿a qué se iban a dedicar, si no? 

Con una cómoda mayoría parlamentaria y una oposición debilitada, Rajoy encara su último año de legislatura con un balance tirando a horroroso, pero no parece sentir la más mínima necesidad de justificarse, ni de  explicar al país cómo ve las cosas: qué futuro inmediato puede esperarse, con qué dificultades nos encontraremos, qué posibilidades tenemos, etc. No hay liderazgo posible sin pedagogía política. Rajoy no quiere liderar ni convencer, sólo parece aspirar a que la tibia recuperación que pueda atisbarse a final del mandato refuerce el conservadurismo y una mayoría suficiente de los actuales indecisos renuncien a cambios políticos de resultado aún más incierto. A diferencia de Obama y Hollande, Rajoy no parece  tener un problema de desconfianza política entre sus bases. En todo caso, si hay problemas no es porque no le apoyen lo suficiente o porque muestren un criterio propio, es porque no pocos se le pierden en los juzgados. Es cierto que a veces llegan rumores de que algunos en la segunda y tercera filas se ponen nerviosos y que  querrían verle actuando con más decisión. Pero todo es con sordina. Nadie da la cara. El estilo Rajoy se impone. 

Nuestro presidente del gobierno no propiciará ningún diálogo real sobre los problemas que acucian. ¿Que muchos ciudadanos se angustian ante el conflicto con Cataluña, al que no se le ve salida fácil? Pues todo lo que se ha ocurrido decir respecto a una posible reforma constitucional como marco para reconducir esa crisis, es que cuando le lleguen propuestas… ya las estudiará (¡sólo faltaría que proclamara lo contrario!). ¿Que los ciudadanos no salen del estupor ante el rosario de escándalos, muchos de los cuales afectan a su propio partido y a niveles altos? Él ya ha enviado a Dolores de Cospedal a decirnos que ya han hecho todo lo que está en su mano. ¿Que la economía no despega? Ya tuvieron la feliz ocurrencia a principios de su mandato de ir difiriendo la consecución de los objetivos proclamados: la salida de la crisis para este 2014 – ¡cómo les gustaría poder publicitarla con aquello de “está pasando, lo estás viendo”!-,  la rebaja de impuestos para 2015, el freno al desempleo  para el final de legislatura. No tengan prisa, que todo llegará. Si a Rajoy le vemos, de vez en cuando, en directo es para  repetir con tono cansino que vamos por  el buen camino, aunque nadie sepa a donde conduce ese camino. En estos aciagos días, la única declaración enfática que le he escuchado  ha sido para reiterar el compromiso de su gobierno… ¡con la agencia espacial europea! Seguro que ustedes se han quedado mucho más tranquilos. 

Ni Obama ni Hollande tienen quién les haga los coros. El americano, aislado ante un congreso hostil,  vacilará (es lo suyo) al elegir el estilo final que va a imprimir a un mandato que languidece.Un Hollande sin carisma quemará sus últimos cartuchos con la convicción de que su éxito -si llega- será póstumo. Puede valer para ambos lo que Obama ha dicho hoy mismo: “Creo que no hemos sido capaces de explicar a los estadounidenses lo que estamos tratando de hacer y por qué vamos en la dirección correcta”. Rajoy no está aislado pero ha desplegado tanta parsimonia e invisibilidad que a veces da la impresión de que los españoles ya ni se acuerdan de él. Lo de dar explicaciones no va con este hombre: ¿qué pasará por su cabeza cuando ve a Obama o a Hollande dar la cara ante sus ciudadanos? ¿pensará que son unos pardillos?