Obama escritor

Ricardo Parellada 

 

Barack Obama ha escrito dos libros. Publicó el primero, “Sueños de mi padre”, en 1995, a raíz de un contrato editorial que le ofrecieron tras ser elegido primer presidente negro de la Harvard Law Review. Y publicó el segundo, “La audacia de la esperanza”, en otoño de 2006, cuando llevaba menos de dos años como senador de los EEUU en representación del estado de Illinois y pocos meses antes de anunciar su candidatura a las primarias demócratas para la presidencia del país. Este segundo libro es el que estoy leyendo y mi fascinación es tal que me gustaría comentar aquí algunas cosas aun antes de haberlo terminado.

 

El título del libro procede de un sermón pronunciado por Jeremiah Wright, antiguo pastor de Obama, en 1990, y fue utilizado también por Obama en su vibrante discurso inaugural en la Convención Demócrata que proclamó a John Kerry como candidato a la presidencia en 2004. Ese es el discurso que lo lanzó a la fama.

 

“La audacia de la esperanza” es un libro que entrelaza con maestría episodios autobiográficos, la trayectoria política y las posiciones de Obama en infinidad de asuntos de política nacional y, en menor medida, internacional. El libro no ofrece un relato pormenorizado de la trayectoria vital, los recuerdos y los años de formación de Obama, pues, según parece, eso se puede encontrar en el primer libro. Pero “La audacia de la esperanza” sí que intercala suficientes recuerdos personales y familiares, episodios lejanos y cercanos, como para que el lector adquiera cierta familiaridad con el personaje o incluso, si es un poco cándido, como quien suscribe, acabe sintiéndolo como un viejo amigo. Algo así dicen que les ocurre también a muchos de los espectadores de sus discursos.

 

Pero, aunque nunca se pierde el hilo personal que recorre la narración, el grueso del contenido y de la información es de contenido político. Por un lado, Obama repasa discusiones y deliberaciones sobre distintos problemas, ya sea en el seno del senado de los EEUU o en una reunión de ciudadanos en un pueblo pequeño del sur de Illinois durante una campaña electoral. Obama recuerda las posiciones de políticos o ciudadanos, los aspectos más delicados del problema y las decisiones que ha tenido que tomar, ya sea para que le hagan la ficha con sus posiciones en campaña o en una votación real en el senado. Por otro lado, Obama repasa de forma semejante el estado de problemas abiertos y expone con sencillez y rigor su visión acerca de los asuntos más complejos y delicados. Obama despliega información rigurosa, aunque dirigida al gran público, y no ofrece soluciones ni recetas mágicas. Combina de forma siempre articulada y razonada el realismo de lo posible y la visión inquebrantable de lo que debe ser de otra forma. 

 

Aunque había habido antes otros cuatro senadores negros (y otro le sustituiría tras su renuncia al ganar las elecciones presidenciales), en 2006 Barack Obama era el único senador negro en activo en los EEUU. Tenía 45 años, llevaba diez en política y era senador desde enero de 2005. Tres años después, el lector tiene presente todo el tiempo en su cabeza los meses de gestación del libro, la vorágine de las campañas anteriores que relata… y lo que ha venido después.

 

Obama desgrana su apuesta por encontrar y cultivar el terreno que pueden compartir conservadores y progresistas, pero también sus posiciones personales. Apela a los valores compartidos, pero no hurta la necesidad de las tomas de postura. No elude los asuntos que polarizan de manera histérica la vida pública de los EEUU, como el aborto, los matrimonios homosexuales y el papel de la religión en la política, pero se centra mucho más en asuntos mucho más importantes para la vida social, como el estado de la educación pública, la universalización de la atención sanitaria y el papel del gobierno en la economía. Todos estos asuntos han tenido un lugar central en las campañas y en los primeros meses de su presidencia. Es absolutamente fascinante contemplar ahora la forma como los planteaba este senador recién llegado, joven y negro, en su libro de experiencias y propuestas redactado por las noches.

 

Antes del estallido de la crisis financiera, el senador apuesta por una regulación mucho más activa, se indigna por las retribuciones de los altos ejecutivos y recorre una y otra vez los problemas de los trabajadores. Ofrece reflexiones pausadas sobre las nuevas formas económicas, el comercio internacional y la globalización. Recuerda el fracaso del plan de Clinton y esboza los rasgos centrales de su plan de universalización de la atención sanitaria. Expone su posición favorable al aborto, contraria al matrimonio y a favor de las uniones civiles homosexuales, pero también sus dudas y su afán de no dejar nunca de suponer buena voluntad en sus adversarios. Es muy emotivo, por ejemplo, el relato de las cartas y llamadas de partidarios suyos decepcionados por alguna de estas posiciones, sus cavilaciones y sus respuestas.

 

Naturalmente, el profesor de Derecho Constitucional no podía dejar de ofrecer unas páginas emocionantes sobre la gestación y el valor de la Constitución de los EEUU. Como en algún otro lugar, al lector extranjero puede chocarle o incluso irritarle un poco el nacionalismo moral enfático propio de los americanos cuando se ponen con estas cosas. Su Constitución y la Bill of Rights están muy bien, claro, pero menos el lenguaje sobre los “valores americanos” como si fueran el sustento planetario de los derechos humanos y la civilización. Con todo, el lenguaje moral, tan denostado a veces desde el derecho o la política, a mí me parece estupendo en perlas como la siguiente: “el derecho es por definición la codificación de la moral”.  

 

En el lado de lo personal, relata con humor, por ejemplo, su nueva soltería y su soledad al irse sin la familia a Washington, parte de la semana, al empezar a ejercer de senador: dejar los platos sin fregar, leer hasta las mil, una pasadita por el gimnasio a media noche, su necesidad de llamar a casa constantemente. Es enternecedora la conversación con una hija: – Hola cariño. – Hola papi. – ¿Qué hacéis? – ¿Desde tu última llamada? – Pues sí. – Nada. ¿Quieres hablar con mamá?

 

Y no elude otros episodios de profunda implicación personal. Analiza el papel singular de la religión en la vida pública de los EEUU y rechaza que no se puedan expresar convicciones religiosas en el discurso político, pero siempre desde la necesidad de buscar el terreno compartido y de apelar a razones públicas para presentar las propias posiciones. Repasa con respeto las creencias e increencias de sus padres y sus abuelos y narra con gran delicadeza su propio tránsito espiritual hasta que se hizo bautizar como cristiano. En esta narración cobran gran relevancia tanto su impregnación del ethos religioso de las comunidades con las que trabajó en los suburbios de Chicago, como los aspectos voluntarios y elegidos de su conversión personal.  

 

En definitiva, creo que el Obama escritor puede seducir tanto a quienes se acerquen a él desde el análisis político, como a quienes se aproximen con un interés más biográfico y humano por el protagonista de un liderazgo político inusitado en las últimas décadas.