Nunca digas esas cinco palabras

Polonio 210

(Artículo dedicado a José María Calleja, tertuliano al que sí se puede escuchar.)
 
Puede que usted, disciplinado oyente, haya escuchado algo parecido, pero nunca esas cinco palabras, en ese mismo orden, pronunciadas por el tertuliano de radio o televisión,  ya sabe al tipo que me refiero, gritadas las cinco palabras en vivo y en directo sobre el micrófono amigo, su micrófono favorito, sometidas cada una de las cinco fatídicas palabras al escrutinio universal de la fiel infantería. Sea cual sea el tema, el tertuliano nunca las pronunciará. Como buen profesional, nuestro tertuliano, especie protegida de nuestra fauna ibérica casera, hablará y hablará hasta enfermar, procurando disimular su ignorancia (mucha) y su miedo escénico (enorme) con un par de frases sacadas del maletín de primeros auxilios del buen tertuliano (maletín colgado justo a la entrada del estudio de radio o televisión por si las moscas tertulianas). Añadiendo siempre (+ siempre), ahí te quiero ver mi tertuliano favorito, algún comentario jocoso: uno de esos comentarios que sólo los taxistas madrileños, gremio disciplinado y limpio como pocos, sabrá saborear en toda su amplitud. Pero nunca las cinco fatídicas palabras.

El tertuliano español actuará como ningún otro tertuliano del mundo mundial. Así, sin pronunciar nunca las cinco malditas palabras, jamás, sabrá que justo en el momento que le llegue el turno al compañero de tertulia, otro que tal, y el moderador le pida que termine, mostrará un mal disimulado enfado por quitarle la palabra  en el instante mismo que iba a decir lo más esperado de su intervención del día: LA IDEA. La famosa idea. Esa idea que el tertuliano español tiene siempre pendiente de decir y que nunca termina de soltar: o bien porque no le deja el maldito tiempo (¡árbitro la hora!) o bien porque no le deja el maldito moderador (¡árbitro cabrón!). Para el tertuliano español, personaje de charanga y pandereta elevado a los altares gracias a los sucesivos planes de educación, el tema a tratar es indiferente: terrorismo, acuerdos internacionales sobre piensos compuestos, nuevas teorías cuánticas. Cualquier tema. El buen tertuliano nunca dirá las cinco fatídicas palabras por mucho tema nuevo que le suelten en la feria de las vanidades que es la tertulia política en España.

Despreciada la mísera cifra del 2% que la ciencia estadística concede generosamente en estos temas para agrupar en algún sitio a quienes se toman la vida en serio (no como otros), gente tan rara, eso sí, como las personas humanas que leen a �ngela Vallvey, el denominador común del 98 % de las restantes tertulias españolas, de radio o televisión,  es que:

a) Les importa poco que el tertuliano sepa de algo.

b) Les importa bastante que el tertuliano aparente saber de algo.

c) Les importa muchísimo que el tertuliano conozca el nombre del patrocinador.

Cada oyente tiene sus tertulianos favoritos, pero me van a permitir que yo cite a dos: Pepe Oneto y Charo Zarzalejos. Ejemplos distintos para una misma causa: la tertulia, objeto de mi dominical e imprescindible artículo. A Pepe Oneto lo admiro por su arte. Sólo un tipo que ha nacido en Cádiz puede mostrar el temple de Oneto en cada tertulia. Estoy seguro que a Pepe Oneto le contratan porque piensan sus contratadores que sigue informado de la actualidad política, que acaba de hablar con Zapatero del último tema o que conoce la última ocurrencia de Otegi: ¡Falso! Oneto lleva años sin leer un periódico, sin escuchar una radio, sin hablar con un político. Oneto es un cachondo. El otrora director de Cambio16, de ahí su impecable historial, simplemente aplica el arte mamado en Cádiz y toda la sabiduría de su enorme experiencia a la tertulia. Les comento un truco de Oneto: nunca interviene el primero en la tertulia. Así, cuando el meritorio tertuliano que interviene en primer lugar, el único que se habrá leído los 400 artículos de la ley objeto de debate en la tertulia, diga que la norma no es constitucional porque el artículo 258 dice…Oneto, serenamente, templando y mandando como mandan los cánones, siempre en tercer o cuarto lugar, esperando que llegue su turno escondido tras su flequillo dorado, dirá, sin gritar, siempre sin gritar: “bueno, la ley dice eso y muchas más cosas�. ¡Impresionante! Admiro a Oneto y debería ser tratado de usted por las nuevas generaciones tertulianas, siempre tan mal educadas. De nuestra segunda muestra de estudio, Charo Zarazalejos, admiro su capacidad para estar en todas las tertulias, sea del signo que sea, sin que nos terminemos de enterar nunca de lo que piensa: si está a favor del proceso de paz o en contra, si le cae bien Zapatero o como un tiro, si lo de De Juana estuvo bien o mal, si la derecha española es buena o mala. Yo he escuchado a Zarzalejos defender por la mañana en la SER una cosa, al mediodía en Telemadrid la distinta y, por la noche en TVE, la contraria de las dos anteriores. Seguro que Charo ha estudiado en algún colegio de alguna variante femenina de los jesuitas en el País Vasco. Pero ahí queda la muestra para ejemplo de futuras generaciones tertulianas.En un país donde la información es un lujo carísimo y los editores de radio y televisión consideran estúpidos a la mayoría de los ciudadanos, la tertulia ha logrado un enorme éxito de audiencia. Es allí donde el votante medio español encuentra las 5 frases que repetirá a lo largo de su vida en materia política. La tertulia, radiada o televisada, produce una papilla en forma de pensamiento (de falso pensamiento) que el consumidor español aprecia e ingiere con gula. Cada cual con su tertuliano favorito, eso sí, escuchando sus previsibles opiniones, pero al que nunca le oirá decir, o gritar, las cinco fatídicas palabras: ¡no  tengo  ni  idea! (1). Esa maldita frase está prohibida en todas las tertulias españolas.

(1) Como el inteligente lector habrá notado, la famosa frase tiene cuatro palabras y no cinco, como he repetido a lo largo de mi dominical e imprescindible artículo. Dejo a la inteligencia del lector averiguar esa quinta palabra y situarla en el lugar correcto de la frase. Tengan en cuenta que hay niños mirando.

 

 

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