Nuestro pobre masoquismo

Frans van den Broek

En uno de los pocos ensayos que dedicó a un tema político “Nuestro pobre individualismo”, J.L Borges hizo un breve diagnóstico del temperamento ideológico de su nación de entonces: inexistente. Esto es, los argentinos, postulaba, no se dejarían llevar por ideas o programas u opciones teóricas, sino por personas, por caudillos carismáticos que prometieran la solución de todos sus problemas. Pues en el fondo, creía Borges, el argentino desconfía de las instituciones y de las abstracciones y sólo se ampara en el hombre de carne y hueso, de preferencia si es amigo suyo, pariente, compinche o simplemente alguien que se le parezca y que le inspire confianza. Bien sea por sus grandilocuentes palabras (algo bastante argentino, permítaseme decirlo) o por sus méritos o por su personalidad, el caudillo había sido siempre quien llevara las riendas del quehacer político, un caudillo que muchas veces llevaba también las armas y que no tuvo reparo en usarlas, añadiría, hecho que prueba la más sumaria revisión de la historia de Latinoamérica. El argentino, en suma, sería un individualista, no un gestor de grandes programas ideológicos.

No sé hasta qué punto haya tenido Borges razón cuando escribiera su pequeño ensayo, pero si de algo estoy seguro es de que sus palabras han podido aplicarse a muchas situaciones políticas posteriores y pueden aplicarse ahora mismo a varios países de la zona. De lo que estoy menos seguro es que la razón de esta tendencia pueda atribuirse al ínsito individualismo de los electores latinoamericanos. Puedo sonar arbitrario, y no disputaría al que me lo reprochara, pero en Perú la razón es menos el individualismo que una tendencia para la que no encuentro mejor noción que la del masoquismo, aunque ha de entenderse en obvio sentido metafórico. No creo que a los peruanos nos guste demasiado que nos zurren el trasero con correas con clavos o algo igual de edificante, pero sí que he comprobado una y otra vez –en mi propia persona y en la de la nación- que padecemos de una curiosa tendencia a embarrar el agua que bebemos y a morder la mano del que nos da de comer, amén de joderla justo cuando todo parecía ir mejor. No en vano gozamos con la ingestión de platos llenos de ají, a más picante, más sabroso, y no estaremos contentos con el cebiche que nos zampemos para disipar la cogorza hasta que el mismo no nos haga sudar a gota gruesa de puro flamígero.

No he podido evitar estas reflexiones al recibir las últimas noticias de las elecciones presidenciales y parlamentarias peruanas de ayer, las que, al momento de escribir estas líneas, han ganado Ollanta Humala y Keiko Fujimori. Pedro Pablo Kuczynski podría pasar a segunda vuelta, pero conocedor de la sabiduría de los peruanos, me temo que no lo hará. Era demasiado bello para ser verdad, y siempre, en aquel compartimento de fatalidad que tenemos todos los peruanos, la vocecita del genio maligno cartesiano diciéndome que todo es ilusión podía oírse, aun cuando no fuera más que en un lejano rumor o en la forma de una sensación metafísica convertida en vals criollo de tono triste. Años ininterrumpidos de crecimiento económico, la estabilización del sistema democrático, el lento mejoramiento de las instituciones, una población joven mejor educada que nunca (a pesar de todo), interés internacional en términos de inversiones y proyectos de desarrollo: ¿cuándo he podido escuchar o leer algo similar sobre el Perú? Al contrario, desde que tengo uso de razón mi país no ha hecho sino joderse cada vez más, en una espiral que tuvo su clímax con la hiperinflación durante el primer gobierno de Alan García, el colapso de la economía y el estrangulamiento homicida de Sendero Luminoso. Luego, renació la esperanza con el primer gobierno de Fujimori, pero ya vimos en qué terminó, con el latrocinio más desenfrenado, al punto que los peruanos, bastante tolerantes con las infracciones de la moral o las leyes en general, llegaron a decir cosas como que si querían robar, que lo hicieran, para asegurarse una pensión respetable en un país donde los viejos no existen, pero que se llevaran un milloncito o dos, pero no, carajo, mil millones de dólares. Eso era ya vicio, dictaminaron, con razón.

Pero entonces pareció que las cosas empezaron a cambiar en la dirección correcta, por primera vez en muchas décadas. Desafío a cualquier peruano a que me indique un período de la historia reciente en que el dólar, en lugar de valer más, ha empezado a valer menos. Esto es inaudito, aunque no sé si es signo de fortaleza económica en todos los sentidos. Pero en comparación con los millones de viejos soles que valía cualquier dólar en la época de García, tiene que ser un signo de que algo distinto y quizá esperanzador ha estado pasando en el Perú los últimos años. Nada de orden espectacular, de otro lado, más que el simple funcionamiento de una democracia imperfecta y a veces bufonesca, pero en la que las instituciones han empezado a obrar como debieran. Y en la que el clima para un crecimiento económico no ha sido interrumpido por asonadas militares, saqueos del erario nacional, caudillos ominosos o bombas terroristas. Un crecimiento, como la democracia, imperfecto, hay que decirlo, con una redistribución muy desigual de la riqueza y con proyectos estructurales todavía por hacer, y una regionalización que debiera rediseñarse en aras de una mejor coordinación de las inversiones del estado y de los marcos legales de inversión privada. Un estado, en pocas palabras, que ha empezado a funcionar y en el que muchos ciudadanos han empezado a beneficiarse, no sólo los ricachones de siempre o los sátrapas de antaño, sino también el hombre de a pie, el que empezó vendiendo lapiceros en la calle y ahora tiene su puesto en un mercado bajo techo, el que hacía ropas en Gamarra para suplir al vecindario (un barrio de Lima cuya historia ejemplifica el fenómeno) y ahora las exporta a todas partes, el del cultivador de espárragos que ahora es de los más competitivos del mundo. En mis sueños hasta he podido imaginar –no sin la ayuda del famoso Pisco peruano, es verdad- a un Perú convertido en una nueva Corea del Sur. Lo que arriesgamos ahora los veleidosos electores peruanos, en cambio, es seguir el camino de Corea del Norte. Porque no podía ser cierta tanta bondad. Había que joderla de alguna manera.

¿De dónde proviene esta tendencia, me pregunto, a arruinarlo todo cuando las cosas se empiezan a arreglar? ¿Será que la doctrina católica del pecado original ha calado más hondo en el espíritu peruano que en el de otros países de la zona, como Chile? ¿O el trauma de la conquista, que dejó heridas no curadas, a las que prefieren atribuir todos los males quienes juegan a eximir a los propios peruanos de toda responsabilidad? No lo sé. Sé, por supuesto, que el Perú es un país complejo, con divisiones y tensiones sociales cuya resolución requiere de generaciones de estabilidad, crecimiento y distribución de la riqueza, lo cual puede en buena parte explicar por qué los peruanos hemos escogido dejar pasar a la segunda vuelta a un militarón con experiencia en golpes de estado fallidos (como Chávez) o a la hija de uno de los ladrones más celebres de la historia de Latinoamérica. Pero no creo que lo explique todo, de allí mi recurso al masoquismo como tendencia existencial. El peruano es en general amable, hospitalario y de buen sentido del humor, rasgos que aprecio mejor desde que vivo fuera, pero también somos proclives al resentimiento, y este puede tener sus raíces en las desigualdades e injusticias que todavía son el pan de todos los días de quizá la mayoría de mis compatriotas. En soporte de mi feble teoría del masoquismo, empero, invito al lector a que examine estas líneas de uno de los valses criollos más famosos del vasto repertorio criollo: “ódiame por piedad, yo te lo pido, / ódiame sin medidas ni clemencias, / odio quiero más que indiferencia, / porque el rencor duele menos que el olvido”. Se refiere a un amor despechado, huelga decirlo, pero si así hablamos del amor, poco trecho nos queda para hacerlo con relación a nuestros políticos o nuestros gobernantes, quienes jamás se han distinguido, salvo honrosas excepciones, por haber sido amantes impecables y solícitos de su pueblo. Mejor odio que indiferencia, mientras que bien nos valdría anhelar lo contrario, aquella utopía también mencionada por Borges (pensando en Suiza, si mal no recuerdo) en la que el presidente es un funcionario más, cuyo nombre muchos ni recuerdan, y que ejerce sus funciones con la indolencia o el aburrimiento propio del gestor efectivo y honrado. En un país tan melodramático como el nuestro, esta opción nos haría morir de desidia, pues ¿de qué iríamos a quejarnos entonces, contra quien se volcaría nuestro resentimiento ancestral, a quién le podríamos endilgar el pecado original de nuestro nacimiento y ulterior jodienda? Una actitud tan protestante, además, no sería demasiado útil para seguir haciendo y consumiendo el que es de seguro el producto cultural más visitado por los peruanos, las telenovelas, las de la televisión y las de nuestras vidas. A ese tipo de personas, esto es, al europeo medio seco y carente de chispa (y pendejada, como decimos por allí), se la suele estampar con la etiqueta más denigrante a que puede acudir un peruano: tal ser humano es simplemente un cojudo. Nada más de interés se puede afirmar sobre el mismo.

Pues, como dijera el humorista Sofocleto, el Perú se divide en dos tipos de personas: el pendejo y el cojudo, el primero aprovechándose del segundo, haciendo uso de la inescrupulosidad pícara propia de los latinos, sin mayor reparo por las leyes o las éticas, y admirado por sus compatriotas, que le envidian. Y ahora nos compete elegir entre dos pendejos, quienes, rodeados de más pendejos, se aprovecharán sin duda de la renovada salud del erario para promocionar el crecimiento de sus cuentas bancarias y las de sus amigos y parientes, mientras el peruano se apresta para la siguiente ronda de quejas y melodramas, enfrascado en sus telenovelas y recordando que todo es ilusión y que es mejor odiar que ser indiferente.

Sin embargo, como buen peruano, me permito soñar, otra característica indeleble de nuestra patria, instigada por nuestra ignorancia política y nuestra fuerza imaginativa –y los infaltables piscos o rones que sazonan toda reunión de peruanos, y estragan todo hígado-. Soñar que las instituciones y el espíritu democráticos se hayan estabilizado de tal manera que incluso un gobierno desastroso no pueda afectarlos de modo sustancial. A fin de cuentas, también comprendo la decisión electoral de mis compatriotas (y dije comprendo, no que esté de acuerdo, diferencia que casi me cuesta una pelea en Madrid cuando dije en presencia de algún malcriado detractor de las dictaduras que comprendía el apoyo del peruano por el auto golpe de Fujimori, dada la actuación miserable de nuestros políticos hasta entonces, cosa que el agresivo interlocutor interpretó como anuencia y apoyo directo, algo distinto: comprender el cáncer no es lo mismo que querer tenerlo). El voto de ayer ha sido una expresión más de la natural impaciencia del electorado por no ver mejoras tangibles en su situación vital. Peor aún, no sólo no ve mejoras, sino que ve que el crecimiento económico ha beneficiado a algunos y quiere con justicia un pedazo de la torta, el que se le debe al menos desde la independencia del colonialismo. Quiere, en una palabra, una vida decente, pero no ha visto jamás que los partidos políticos se la hayan procurado. Por ello el descalabro del APRA, algo desconcertante y preocupante, por cuanto demuestra qué poca presencia tienen ahora los partidos organizados en torno a ciertas líneas ideológicas, uno de los pocos con una larga historia y con una organización nacional más o menos coherente. Un partido que podría haber seguido el camino de Lula en Brasil y que debiera estar ahora celebrando el triunfo de una socialdemocracia moderada en Latinoamérica, y no lamiéndose las heridas sin mensaje que transmitir. Por ello hemos revertido en personas, no en partidos, pues todos los candidatos son eso, representantes de sí mismos y de vagas tendencias políticas, cuya comprensión, estoy seguro, elude a la mayoría del electorado. Hemos vuelto al individualismo del que hablaba Borges, y al masoquismo del que habla este servidor, pues al final somos unos descreídos que sólo prefieren el odio al crecimiento aburrido. Algo que no es necesariamente malo en determinadas circunstancias, pues ciertas dosis de escepticismo para con las abstracciones tiene que ser parte del equipamiento mental de cualquier ciudadano responsable. No en este momento, no obstante, pues dicha reversión puede arruinar la aun frágil recuperación económica del país y devolvernos a la frontera con la prehistoria a la que nos acercamos demasiado a finales de los ochenta y comienzos de los noventa. Más nos valdría un presidente suizo, en otras palabras, que un arrobador caudillo, hasta que podamos permitírnoslo, digo yo. Es cierto que hay trazos ideológicos en las posturas de algunos candidatos, como en el supuesto izquierdismo de Humala, pero ya sabemos lo fácil que es engañar al respetable con panoramas utópicos para hacer luego lo que le venga en gana, de manera improvisada y predadora.

Sueño, por tanto, que la cosa no sea para tanto (si se me permite la redundancia) y que si la historia se repite, no sea como farsa, sino como telenovela, con un final feliz. Incluso sueño que lo podrían hacer bien cualquiera de los candidatos, militarón o ex primera dama, o que el daño sea reparable, y que el masoquismo peruano sea como el del cebiche, que pica como diablos primero, pero nos despierta después y se disipa, dejándonos listos para la próxima cerveza y la próxima telenovela, más aptos para la broma que el rencor. Y que hasta salga el país fortalecido por haber hecho uso del derecho democrático del que tantos años ha carecido. En este sentido hay que estar contentos, pues hasta para elegir pendejos, hay que elegir, y esto supone siempre la esperanza.