Nuestro horror

Diego de Ojeda

Era el último invierno, el más frío de esa guerra, y las carreteras estaban cubiertas de nieve, sobre la que llegaron andando esos quince niños de entre ocho y doce años que iban contemplando los árboles como miran los niños pese a su extrema delgadez.

Sorprendidos, los guardias reaccionaron con desconcierto ante su aparición, pero no duró demasiado. Algunos fueron a buscar a los perros y volvieron bromeando, riéndose a carcajadas. Los niños parecieron interpretar que venían para escoltarlos y siguieron acercándose a ellos hasta que los guardias sacaron sus porras y empezaron a golpearlos. Los niños echaron a correr y dio comienzo la terrible cacería.

Fueron perseguidos, mordidos, apaleados, pisoteados, quedando clavados en el suelo la mayoría de ellos, con sus cuerpos dislocados. Pronto solo quedaban dos en pie, que seguían tratando de escapar a la carrera. Uno era alto, el otro pequeño. Ambos habían perdido sus gorros.

Los guardias gritaban en persecución y los perros excitados aullaban. Entonces fue cuando el mayor de los dos ralentizó su carrera para agarrar la mano del más pequeño que ya iba tropezando. Recorrieron unos metros más, juntos, la mano derecha del mayor apretando la mano izquierda del más pequeño, corriendo hacia delante hasta que los golpes de los bastones los abatieron juntos, sus rostros contra el suelo y sus manos prietas para siempre.

Entonces los SS recogieron los perros que gruñían y en su camino de vuelta fueron rematando de un tiro en la cabeza a cada uno de los niños caídos en aquella ancha avenida que llegaba hasta la entrada del campo, bajo la mirada hueca de las águilas hitlerianas.

Lo que antecede es un resumen libre de un fragmento del libro “Un largo viaje” de Jorge Semprun sobre su experiencia y recuerdos del campo de concentración de Buchenwald, que fue leído ayer en el acto oficial de conmemoración del Holocausto que tuvo lugar en Madrid bajo la presidencia de la Ministra de Exteriores Trinidad Jimenez, coincidiendo con el 66º aniversario de la liberación del campo de exterminio de Auschwitz-Birkenau. Actos similares tuvieron lugar en el Parlament de Cataluña, País Vasco, Baleares, y también en la Asamblea Legislativa de la Comunidad de Madrid, donde dio testimonio un superviviente de Bergen Belsen que se salvó gracias al cónsul español de Salónica, Romero Radrigales, que intercedió insistentemente, pese a las instrucciones que le llegaban desde Madrid, para que 367 judíos que tenían pasaporte español fueran rescatados y deportados a España, aunque sólo por un breve periodo dado que el régimen franquista, pese a tener la nacionalidad, les aceptaba sólo en tránsito, en este caso hacia Marruecos.

Semprún y varios miles de exiliados republicanos fueron víctimas directas del Holocausto, como también un par de miles de judíos con pasaporte español, varios miles de homosexuales, discapacitados y militantes de izquierda de varios países, más de cien mil sefardíes, varios centenares de miles de gitanos y seis millones de judíos, de los cuales, en torno a un millón y medio, niños, como los 15 de la cacería descrita por Semprún.

El número de gitanos asesinados es incierto, pero no porque haya duda sobre la persecución que sufrieron sino porque el número de exterminados no cesa de aumentar a medida que las investigaciones progresan. Los seis millones de judíos desaparecidos, en cambio, es muy fiable dado que se calculó restando los tres millones de sobrevivientes a los nueve millones de judíos que habitaban Europa antes de la Shoah. Lo único que está en cuestión últimamente es cuántos murieron en los campos de exterminio, dado que las estimaciones sobre el número de asesinados en fusilamientos masivos en Europa del Este han crecido hasta el millón y medio.

Si tienen ocasión de leer el texto original de Semprún en francés verán que, desde el principio, localiza el relato en un campo de concentración, en el contexto de la segunda guerra mundial. Los guardias no son tales, son SS desde la primera mención. Mi adaptación libre ha pretendido reservar esa información hasta el final, no tanto por incentivar el interés del lector sino para evitar la huida de algunos al identificar que, de nuevo, estaban frente a un texto sobre el Holocausto: otra vez los judíos con el Holocausto…

España no participó en la guerra y tampoco en el Holocausto. Nuestros muertos fueron comparativamente muy pocos y no sé de ningún caso de deportaciones de judíos desde España (Walter Benjamin se suicidó en la frontera antes que ser apresado por la Gestapo pero no se le impidió la entrada por judío sino por no tener los papeles en regla). Y sin embargo, siendo europeos no podemos dejar de ser conscientes de que, parafraseando a Trinidad Jimenez ayer, decir Holocausto es decir Europa y decir Europa es decir Holocausto.

Decir Holocausto es decir Europa porque fue la cuna de nuestra civilización la que consintió y propagó el horror más absoluto, porque ha habido muchos genocidios, también en Europa, pero nunca antes una creación europea tan potente como es el Estado nación había puesto todos sus medios al servicio de un proyecto exterminador. ¿Sabían que en los peores momentos los trenes alemanes que transportaban judíos como ganado desde el sur de Europa hasta los campos tenían prioridad de paso frente a los que aprovisionaban el frente ruso? La población alemana tuvo mucha culpa por aupar al poder a Hitler y consentir su cacería, pero el resto de Europa también fue culpable. Unos por no hacer demasiado al respecto incluso cuando tuvieron conciencia plena del horror: algunas organizaciones judías imploraron sin éxito que se bombardearan los campos de exterminio. Otros porque compartían el mismo antisemitismo que inspiró el capítulo más negro de la historia contemporánea. ¿Sabían que en la ciudad polaca de Kielce un pogrom antisemita acabó con la vida de 37 judíos polacos en… el verano de 1946, es decir, un año después de acabada la II guerra mundial?

Y decir Holocausto es decir Europa porque sin el horror es muy posible que el gran proyecto unificador europeo no hubiera tenido lugar.

Una representante de la comunidad gitana declamaba el pasado martes en un acto modesto organizado por un colectivo de gays y lesbianas de izquierdas que era vital no olvidar el Holocausto. Lo mismo dijeron el representante de los exiliados republicanos y el judío, que también fueron invitados a hablar. El primero se quejó de que, hasta hace muy poco, las fuerzas políticas españolas no habían prestado suficiente atención al martirio y sufrimiento de los exiliados, tampoco las de izquierda. El judío, que también se declaró gay y de izquierdas, bromeó sobre la cantidad de motivos por los que podría haber acabado en un campo de concentración, añadiendo al final una referencia a su marcado acento argentino como una posible guinda adicional.

La gitana no bromeó en absoluto cuando hizo referencia a las expulsiones de gitanos desde Francia. Por supuesto que hay diferencias insalvables entre la expulsión de personas en situación irregular, aunque todas sean gitanas, y su envío a campos de exterminio. Como también las hay, igualmente insalvables, entre las bravatas intolerables de Ahmadinejad abogando por la destrucción del Estado de los judíos y la puesta en práctica del exterminio de todo un pueblo. Pero la gitana aludía al olfato, al tufillo que perciben en primer lugar los que en el pasado han sido objeto de semejantes obsesiones psicópatas, por lo que es de recibo comprender su alarma. Y reclamaba implícitamente un Estado, como el que tienen los judíos, para poder refugiarse en caso de que las cosas pasen a mayores.

Como europeos que somos, debemos sentirnos implicados y conocer en mayor profundidad lo que pasó hace no tantas décadas en el corazón de Europa. Durante demasiado tiempo los españoles nos hemos limitado a tomar nota de películas y libros foráneos sobre un capítulo histórico ajeno. Peor aún, el desembarco de Normandia, Pearl Harbour o la batalla de Okinawa versan sobre historias todavía más lejanas y, sin embargo, no suscitan comentarios de cansancio o manipulación como desafortunadamente sí lo hacen las rememoraciones del Holocausto: otra vez los judíos con el Holocausto…

No todo es negativo en España. En 2008 fue aceptada la candidatura española de adhesión al grupo de trabajo internacional de investigación sobre el Holocausto, hemos formado una red de más de quinientos educadores y conmemoramos oficialmente la Shoah al mismo nivel, o superior, al de muchos países mucho más directamente implicados.

Estamos recuperando el tiempo perdido, a marchas forzadas, como corresponde a un país cuyo comportamiento durante la tragedia no estuvo, lamentablemente, a la altura de las circunstancias. Y lo estamos haciendo sobre la base de un amplio consenso en el que coinciden las principales formaciones y líderes políticos españoles. Así lo reconocía, impresionada ante los esfuerzos públicos españoles, la enviada especial para antisemitismo de Estados Unidos hace muy pocas fechas tras un par de días de estancia en nuestro país.

Pero queda bastante por hacer hasta que nuestra opinión pública reaccione a los testimonios sobre el Holocausto con el mismo interés y falta de hartazgo que ante el apartheid sudafricano, la lucha por los derechos civiles en Estados Unidos o la lucha de la resistencia francesa, entre otros. En este empeño será útil recordar incesantemente que el Holocausto no es sólo una tragedia que interpele a los judíos, sus víctimas primordiales, sino la nuestra, nuestra propia tragedia europea y, por tanto, también de España.