Nuestra América

Alberto Penadés 

Our America (2014), de Felipe Fernández-Armesto, un historiador británico, suficientemente “español” para reclamarse “hispano” desde que está basado en EEUU (Notre Dame, Indiana) es un libro que no ha gustado a casi nadie, me parece.  Se trata, como dice el subtítulo de una historia hispana de los Estados Unidos. En realidad no es una historia, sino un ensayo histórico, y así lo dice el autor en varios lugares, que intenta poner a EEUU casi literalmente boca abajo, expuesto desde la perspectiva de quienes han vivido allí, la mayoría en algún lugar del arco entre Texas y California, reconociéndose más o menos en un pasado hispano o mexicano, de cultura católica, hablando casi siempre español, y entendiéndose con los indios algo mejor que otros, durante los últimos trescientos y pico años.

Yo lo he leído a continuación de su breve y muy interesante The Americas: The History of a Hemisphere (2003), donde se plantea la historia paralela de la América Latina y “Angloamérica”,  subrayando las afinidades y suavizando las diferencias. Fue su primer caso hacia la defensa del caso, planteado retóricamente en Our America, de convertir Estados Unidos en un país de Latinoamérica. Aquí da otro paso.

Yo creo que Our America está escrito como un ejercicio de ironía, así lo he leído, aunque he consultado varias reseñas y nadie más parece verlo así. Tal vez no era esa la intención de su autor. Para mí es como si fuera una imitación de una historia políticamente correcta y metodológicamente pasable, hasta en sus tonos polémicos, que resultaría simplemente vulgar si el protagonista fuera la nación/cultura que vino del Este, de Gran Bretaña primero y después cruzó las praderas y llegó al Pacífico. Sin embargo, las claves literarias se trasladan a la corriente sur-norte, y a lo largo del libro se mitifica suavemente el pasado hispano, con las notas que serían aceptables en la historia contemporánea si se tratara de otro pasado. Las hazañas, las historias de sufrimiento, la resonancia de los momentos clave, se redactan como lo estarían  en un libro cualquiera en caso de que la hegemonía política cultural y económica de los EEUU fuera hispana: con respeto, pero sin poder evitar la distancia o el matiz, hacia la contribución cultural británica, con admisión de los propios horrores, dogmatismos y matanzas, pero una admisión que siempre encuentra una fealdad comparable en los otros, con exaltación de las virtudes (protección de los indios, prohibición de la esclavitud), con cierto regodeo en el detalle de las conductas atroces cuando los protagonistas son anglos…

Incluso el capítulo final, en el que realmente el autor desbarra, tratando de contrastar la ética protestante con el mundo cultural católico, puede ser perfectamente rescatable bajo el prisma de la ironía, pues cuántas páginas semejantes se han escrito hasta anteayer pero puestas al servicio de “lo obvio” (la superioridad económica de las naciones protestantes, la fuerza del common law, el ADN individualista y emprendedor de los norteruopeos trasladados a América, etc) más bien que a la extravagante conclusión de que las diferencias entre EEUU y Latinoamérica son poco más que propaganda.

El libro no ha gustado pese a cargar contenido factual de gran interés, pues se ha interpretado como una “vindicación” de lo hispano que se encuentra fuera de lugar. Para la derecha (véase la reseña de Janet Napolitano en WSJ) el libro se niega a mostrar los verdaderos logros de la cultura hispana contemporánea en EEUU, que resume en algo así como un catálogo de personas ilustres, hombres en realidad, y en detalles de clase como su alusión a la cantidad de estudiantes hispanos en la Universidad  de California (como si la expectativa es que los hispanos fueran culturalmente más retardados). Para la izquierda, de apellido español (léanse reseñas en New York Times o Los Angeles Times),  el libro está a medio camino entre un simple ejercicio curioso y un ejercicio errado, como si la hegemonía cultural anglo celebrada, digamos, por Huntington, fuera cosa del pasado remoto, como si EEUU ya hubiera superado el etnocentrismo cultural y las batallas fueran otras.  Se me hace difícil creer que a un libro comparable escrito por un afroamericano se reaccionara así desde la izquierda.

La recepción del libro se ha hecho eco de algunas cosas claramente bien traídas, como el racismo sufrido por los hispanos (medio indios, half-breeds, que en el fondo muchos “blancos” en EEUU nunca han conseguido reconocer como tales) y el anticatolicismo, con episodios muy dramáticos y bien narrados. También  se han hecho eco de la bastante bien documentada expropiación, cuando no limpieza étnica, a la que fueron sometidos los habitantes “civiles” de los territorios arrebatados a México por EEUU en su expansión. Sin embargo nadie parece querer entrar al trapo que el libro arroja: los indios de Norteamérica, con toda la explotación y guerras sufridas bajo dominio español y luego mexicano, eran un grupo relativamente próspero, protegido por instituciones paternalistas o por pactos estables, hasta que fueron exterminados (el libro emplea la palabra genocidio) por la colonización estadounidense. Esto es algo sobre lo que el libro insiste con cierta abundancia de detalles históricos. Esto es algo mucho más duro de admitir, todavía hoy, que el hecho de que, por ejemplo, la “liberación” de Texas fuera en gran parte una lucha para obtener un territorio esclavista, algo que es fácil de admitir porque todos sabemos que fue mucho más que eso (aunque tal vez no “esas otras Termópilas” que dijo Borges, refiriéndose a la batalla del Álamo).

En fin, tanto si su abundante ironía es deliberada y escéptica como si Ferández-Armesto simplemente se proponía hacer contra-historia desde sinceras convicciones hispanófilas, comparables a la anglofilia de la historiografía tradicional angloamericana, el libro deja un reguero de hechos sabrosos, agudas críticas, acertadas comparaciones, y soberbia prosa inglesa. Esto último no puede exagerarse, como se suele decir en la mala. Vale la pena leerlo.