Notas sobre la noción de cultura

Frans van den Broek 

Se dice que la primera referencia a un concepto de cultura más o menos como lo entendemos nosotros aparece en un libro de Cicerón. Desde entonces la palabra cultura ha recorrido un largo camino, asociada o no a otros conceptos (o en combinaciones como agricultura o piscicultura), y ha llegado hasta nuestros días en la nada envidiable posición de ser utilizada por todo el mundo sin que se sepa con definitiva claridad de qué se está hablando. No han faltado nobles intentos de clarificación, desde la filosofía, la antropología o la sociología, pero no creo que sea exagerado afirmar que muchos de dichos intentos más han confundido que aclarado. Con todo el respeto que me merecen las filosofías de pensadores como Rickert, Cassirer o Heidegger, sus análisis de la cultura, hasta donde los conozco, son considerados ahora mismo productos de una cultura particular en un tiempo determinado de la historia, aunque pretendan, como es natural, arribar a conclusiones universales (algo que, de seguro, también consiguen, aunque no sé en qué medida). Muchos filósofos han sido más cautos o menos inclinados a conceptualizar demasiado, pero el caso es que seguimos disputando sobre el verdadero significado de la noción de cultura y las implicaciones que diferentes definiciones puedan tener para el análisis y estudio de la misma. 

La filosofía de la cultura es una disciplina relativamente reciente, por lo que esta situación es comprensible. Sólo quiero llamar la atención sobre dos nociones que en realidad son dos aspectos de la misma noción, si se prefiere. La cultura en sentido subjetivo se refiere al desarrollo que el espíritu humano (individual o socialmente) debe atravesar para realizar sus potencialidades más elevadas. Cultura, como se sabe, significa también el cultivo de algo, bien sea una planta o un campo, y en este sentido el alma humana se considera un terreno fértil que debe ser abonado y conformado por los productos del espíritu. El ser humano en estado natural es huérfano de cultura, y debe ser educado en la misma si quiere participar plenamente de los avances de la civilización y llamarse propiamente miembro de la humanidad. Esta noción subjetiva se ha teorizado de muchas maneras, algunas tan abstrusas como la hegeliana, en la que el espíritu se apropia de sí mismo a través de sus objetivaciones, o las más comprensibles que estiman una educación cultural necesaria para el buen funcionamiento del individuo en la sociedad, pero la idea central es de sentido común y supone la necesidad de adquirir una cultura para la completud del ser humano. La otra noción que quisiera destacar es la de cultura en sentido objetivo, esto es, los productos tangibles del esfuerzo y creatividad humanos, como la arquitectura, las artes, la filosofía, la música, la literatura, las instituciones, valores, o creencias, y en general todo aquello que ahora entendemos como pertenecientes al mundo de la cultura. Son estos productos los que ejercerán sobre el individuo la influencia necesaria para realizar la cultura en sentido subjetivo, y a su vez, el individuo contribuirá a su producción en un ciclo evolutivo. Hasta aquí no tendría que haber mucha disputa

Pero no es el caso y por varias razones. Desentrañarlas todas es imposible, pero una de las más importantes es la ya mencionada discordancia sobre el significado de la cultura, tanto subjetiva como objetivamente. Nadie disputa que el individuo deba ser educado, pero ya no es tan claro para nadie que deba ser educado leyendo a Homero o escuchando la música de Wagner, como tenían o aún tienen en mente los partidarios de la promoción de la cultura para la realización del ideal humano. No sólo porque la cultura se ha extendido globalmente, sino porque otros niveles de ejercicio cultural han venido obteniendo mayor valoración en la sociedad y en los estamentos intelectuales y académicos. Me refiero a lo que se suele llamar cultura popular y cultura de masas, cuya prevalencia hoy en día es indiscutible. Esta nueva situación es en parte consecuencia de la expansión de las ideas posmodernistas, las cuales, entre otras cosas, pusieron en entredicho las verdades tradicionales, en todos sus ámbitos. Resquebrajados los fundamentos de las grandes teorías filosóficas sobre la cultura ¿qué podría garantizar que la familiaridad con las óperas de Verdi o con el Quijote debía preferirse al flamenco o las esculturas de Jeff Koon?

En muchos sentidos, este descentramiento de las fuentes de valoración ha sido un lógico e inevitable avance de las propias premisas de la modernidad, y cabe agradecerlo. Sigo sin encontrar razón para dedicar tanto dinero del contribuyente a financiar productos culturales como la ópera, cuyo público es minoritario y cuyo valor educativo, si tiene alguno, es muy relativo. Pero de otro lado, tampoco es comprensible que obras como las del mencionado Koon hayan adquirido tal reputación y puedan venderse por millones, como no fuera que todos nos hemos vuelto medio majaras. En una sociedad democrática, ambas actividades culturales deben tener cabida, pero ¿dónde quedan entonces los viejos valores culturales que se supone son los pilares de nuestra civilización? O de cualquier civilización, para tal caso, pues existen productos de similar complejidad en todas las culturas.

En el terreno de la literatura, que es el que conozco mejor, ciertos indicios empíricos, sin embargo, parecen estar apareciendo que convalidan nuestra vieja noción valorativa de algunos productos culturales. Estudios interdisciplinarios que combinan la literatura, la psicología y la neurología están descubriendo efectos tangibles en el tejido neuronal y en la capacidad fisiológica de los individuos que consumen literatura compleja, en contraste con quienes evaden las dificultades de un clásico. El ser humano, según las evidencias, necesita de historias para conceder sentido a su mundo interior y exterior, e historias más alambicadas contribuyen al desarrollo de tejidos neuronales más intrincados que, a su vez, le permiten establecer más conexiones entre elementos ideales o imaginativos de su red de asociaciones mentales y emocionales. Los estudios a este respecto están recién en su infancia, relativamente hablando, pero permiten avalar intuiciones o ideas que han servido de base a nuestra percepción cultural. Por supuesto, la complejidad narrativa no supone la posesión de aquello que llamamos calidad literaria: una mala novela de detectives podría exigir del cerebro el mismo nivel de complejidad, al menos en lo que respecta a la creación de conexiones neuronales, que la Odisea. Asimismo, no se puede reducir un universo de valores a uno de conexiones causales de orden material, pero mal haríamos en no considerar estos resultados indicativos de algo tal vez importante.

Pero volviendo a la cultura, creo que la iconoclastia cultural de los últimos decenios ha tenido un efecto doble: de un lado nos ha liberado de apegos valorativos cuyo fundamento es dudoso y a la vez nos ha condenado a sufrir imbecilidades abismales como genuinos productos del espíritu. Con el mismo desparpajo podemos liberarnos de la necesidad de escuchar a Wagner, pero no podemos evitar los efectos nocivos (también, cada vez más probados por la ciencia empírica) de la música House o electrónica. Cultura, al final, sería cualquier cosa que a alguien se le ocurre crear y que encuentra consenso suficiente como para propagarse a la manera de los virus. La pregunta que cualquiera puede hacerse es: ¿realmente nos creemos esta concepción de la cultura? Uno puede aceptar sin dificultades que una simple melodía perteneciente al folklore tenga más valor emotivo o incluso espiritual que una sinfonía de Strauss, pero ¿estamos dispuestos a aceptar que la música de Lady Gaga tenga el mismo valor que la Eneida? ¿La sutileza armónica de Coltrane el mismo valor que el chiquilicuatre? Sin desdeñar el valor de la cultura popular o de masas, ni aceptar sin crítica el valor de los logros tradicionales de las civilizaciones, parece que tendremos que orientarnos por otro tipo de valoraciones que las aceptadas hasta ahora, más allá de las categorías habituales de cultura de élites o de masas. Tampoco es cuestión de refugiarse en la manida afirmación de que gustos y colores son prerrogativa puramente individual. Hasta cierto punto lo son, no cabe duda, pero no del todo. No sólo existen procesos de condicionamiento del gusto, sino que existen procesos de percepción espiritual que no han sido del todo explicados todavía. Es seguro que dicha percepción no ocurre en el vacío, de modo que la vieja idea de un Bildung o formación cultural ha de tener algo de verdadera, pero es también cierto que no es suficiente, sobre todo en su conexión con la probidad moral de los educandos. La consabida historia de nazis escuchando a Mozart para relajarse después de un cansado día de gasear judíos no puede abandonar la conciencia de ninguna cultura, pero no se puede negar que la formación del ser humano requiere de un proceso complejo de creación de las condiciones de la percepción moral y estética del hombre. Quisiera llamar a esta percepción cultural intuitiva, sino fuera que el concepto de intuición está tan cargado de connotaciones desfavorables que se hace casi inservible. Quizá sea mejor dejar el peso de la cultura a sus efectos generales o particulares, aunque los mismos son difícilmente comprobables con precisión. Muy en general, no obstante, es obvio que el ser humano debe de estar expuesto a cierto nivel de sofisticación cognoscitiva y estética, so pena de permanecer en un nivel primario de necesidades y aspiraciones.

Quizá existen modos de conformación del espíritu que escapen a las nociones de cultura subjetiva que poseemos hoy en día, y cuya expresión como productos de la cultura objetiva no son claramente perceptibles. Los cuentos de hadas, por ejemplo, son considerados parte importante de nuestra cultura popular e incluso esenciales en la formación de la psique infantil desde antaño. ¿Pero qué decir de la afirmación de algunas culturas medio orientales en el sentido de que son el único medio lingüístico de expresar ciertas ideas metafísicas cruciales en el desarrollo de la humanidad? Más aún, ¿qué decir de su utilización en métodos de estudio específicos para la promoción de ciertas experiencias que prepararían las condiciones para una mayor objetividad de la conciencia? Psicólogos como Bruno Bettleheim han apuntado en esta dirección por el valor simbólico que atribuyen a dichos cuentos en la formación de una identidad emocional saludable. Pero nuestra cultura sigue atribuyendo mucho más valor a una ópera de Wagner que a un simple cuento como la caperucita roja, mientras que este último pueda tener, en las condiciones adecuadas, más valor efectivo en términos subjetivos.

Como fuera, la situación actual es una oportunidad inigualable para reformular todas nuestras concepciones sobre la cultura y darles una fundamentación más sólida, no tanto en la forma de nuevas teorías filosóficas, cuanto en apreciaciones objetivas e inevitablemente particulares de los efectos individuales y sociales de los distintos productos culturales. Esta apreciación no es fácil, ni puede generalizarse a todas las circunstancias donde los productos culturales tienen certificación social, pero una concepción flexible y atenta a los efectos más sutiles, pero no menos reales, de la cultura es posible, o al menos eso creo. Tomemos el caso del escepticismo casi universal de los ciudadanos con relación a los productos más extravagantes del arte, por ejemplo. Sólo un esnobismo intransigente puede acusar a la mayoría de ignorancia al considerar el urinario de Duchamp una broma de gusto torcido o las muestras de excremento de un artista cuyo nombre es mejor olvidar como una broma de supino mal gusto. En la misma guisa, no son pocos quienes, como yo, son incapaces de aguantar ciertas piezas de música clásica, por más clásicas que sean, pues las consideran un ataque a su estabilidad nerviosa. Estos son extremos, claro está, pero en el gran medio es donde tiene lugar el vasto juego de la creatividad humana. Tanto la cultura subjetiva y la objetiva se beneficiarían de una noción reformada de cultura que ni acepta ni niega sin antes consultar los estratos a la vez más recónditos y más aparentes de nuestra experiencia como seres humanos.