Notas al margen de una visita al Perú (2)

Frans van den Broek

Hasta hace no muchos años la palabra ‘revisionista’ tenía un franco sentido peyorativo, al menos en el Perú. Como recordará cualquiera que haya frecuentado grupos de orientación izquierdista en el siglo veinte, el término se utilizaba para acusar a alguien o a alguna corriente política de desviarse de una interpretación correcta del legado marxista. A decir verdad, casi todos los grupos y grupúsculos se acusaban uno al otro, ya que la interpretación correcta solía ser siempre la propia, salvo que el acusado hubiera asumido conscientemente el camino de la revisión herética, con lo cual se hacía merecedor del más grave membrete de ‘reaccionario’ o, peor aún, de lacayo de la burguesía. Debo confesar que todos estos términos me fueron arrojados a la cara más de una vez, no siempre sin orgullo por mi parte. El caso es que era mejor no verse envuelto en situaciones en las que a uno le pudieran acusar de revisionista, so pena de morir de aburrimiento o de recibir un balazo en el cerebro, dependiendo de lo fehaciente que fuera el acusador.

Pero eso era antes. De un tiempo a esta parte, el término ha adquirido respetabilidad intelectual y política. Toda clase de teorías e ideologías han merecido el ojo crítico de las nuevas generaciones, e incluso quienes antaño eran prestos a usar el término de modo condenatorio han modificado en no pocas ocasiones su celo doctrinario para admitir interpretaciones alternativas y hasta contrarias. Uno de los terrenos donde esta nueva actitud revisionista es constatable es el de la historia, donde, como se sabe, se involucran muchas sensibilidades y se comprometen muchas causas. El nacionalismo hizo de la fabulación histórica una de sus herramientas principales de instauración y propagación, lo que le llevó, comprensiblemente en muchos casos, a incurrir en no pocas exageraciones y hasta en flagrantes embustes. El espíritu de los tiempos ha cambiado, no obstante, debido a múltiples razones entre las que han de encontrarse la globalización o las mejoras en el ejercicio científico de la historia, y esta última, aunque sigue siendo terreno politizado, no es ya el campo minado de los siglos diecinueve y veinte.

Como fuera, ahora es permisible desbancar los viejos mitos y poner en entredicho hasta las más enraizadas creencias, no sin las consabidas resistencias que acompañan a estos procesos de reacomodación ideológica o intelectual. El mito fundacional del Perú, por ejemplo, se basa en la creencia en un pasado pre-colombino benévolo y sabio (de imperio socialista tildó el escritor Louis Baudin al imperio incaico, en un famoso libro que se leyó mucho), cuyo desarrollo histórico fue brutalmente interrumpido por la conquista y la colonización españolas. No deja de ser algo triste que el orgullo nacional haya casi siempre tenido que remontarse a épocas tan remotas, pero así ha sido. En los últimos decenios, sin embargo, esta imagen rosa de los pueblos pre-colombinos y de los incas ha empezado a matizarse y, en algunos de sus elementos, a desvanecerse o modificarse por completo. Es cierto, el ingenio de los pueblos autóctonos logró domeñar una naturaleza agreste y severa, pero lo hizo casi siempre a un precio muy alto para el individuo. Los incas eliminaron la pobreza y organizaron un imperio vastísimo, pero también subyugaron a muchos pueblos contra su voluntad y recurrieron a la represión y la crueldad para conseguir sus fines, como la costumbre de exiliar pueblos enteros en casos de rebeldía (método que usaría Stalin en una escala colosal más tarde), cuando no al simple y expeditivo asesinato en masa. Uno de los mitos más tenaces sobre los incas fue hasta hace relativamente poco el que, por crueles que hubieran sido, jamás recurrieron al sacrificio humano, como lo hicieron los Aztecas. Este mito ha sido desbaratado por completo. No sólo existió sacrificio humano, sino que la arqueología sigue sacando a la luz evidencia que indica una presencia mayor del sacrificio humano que lo pensado anteriormente. De los pueblos pre-incas se sabía que practicaban el sacrificio con gusto y desparpajo, por lo que no hubo mito que los salvara, pero siempre ha rodeado a este largo período de nuestra historia –desde la llegada del hombre hasta la del analfabeto Pizarro- un halo legendario, no disímil al que sostiene a los cuentos de hadas o las sagas épicas y emparentado con la imagen del buen salvaje rousseauniano. Como muestra de la tenacidad de esta tendencia, baste mencionar el descubrimiento más o menos reciente de la antiquísima ciudad de Caral en la costa norte del Perú, uno de los asentamientos humanos más antiguos de la humanidad, del que ahora se afirma que era una sociedad pacífica, entregada al comercio y la veneración religiosa, sin indicios de artilugios militares o de violencia guerrera. Dada la ínsita necesidad humana de creer en pasados mejores, no me extrañaría que esta nueva imagen paradisíaca dure por un tiempo, pero tampoco me extrañaría que el espíritu científico (y, por tanto, revisionista) de la arqueología moderna destrone esta imagen por medio de nuevos descubrimientos e interpretaciones. Uno quisiera que hubiera existido una sociedad antigua de talante pacífico, pero me temo que un mínimo examen de la naturaleza humana es suficiente como para suscitar saludables sospechas frente a tales afirmaciones de inocencia.

La lucha de resistencia inca ha sido también objeto de manipulación histórica. Si bien es cierto que duró décadas y fue denodada y sostenida, estuvo plagada de división interna y de traición. Nada hubiera podido detener el avance colonial, en todo caso, pero la imagen de resistencia heroica de un pueblo unido requiere de muchas matizaciones. Como lo requiere también la imagen de una presencia colonial invariablemente expoliadora. Mal que bien, al indio, como individuo y como grupo, se le concedieron ciertos derechos que antes simplemente no tenía, aunque no fuera en general más que papel mojado. La afamada organización social de los indios no fue siempre, de otra parte, herencia de un pasado incaico socialista. José María Arguedas, uno de los escritores indigenistas más famosos y queridos, realizó una investigación como antropólogo en la que pudo comprobar que la organización social de las comunidades indias objeto de su estudio no provenía del pasado pre-colombino, sino de los hábitos campesinos de ciertas regiones españolas. Igual de falso, por supuesto, es el mito de una colonia arcádica, donde los estamentos sociales convivían en armonía jerárquica y Lima era una ciudad tres veces coronada, considerada la perla del pacífico, mito que, por razones que se me escapan, llegó hasta los libros de historia de los colegios. La colonia sufrió incontables problemas administrativos, la corrupción era rampante, las rebeliones se sucedían unas a otras y Lima, como toda ciudad europea de entonces, era más bien una ciudad inmunda y llena de pobres o esclavos, sesgada por líneas racistas. La verdad, como suele suceder, se encuentra quizá en el medio de estos extremos.

Pero es con respecto a los hechos de la independencia que algunos de los más interesantes revisionismos han tenido lugar. La imagen de rebelión heroica contra la corona española por parte de un pueblo peruano consciente de su espíritu libertario ha sido ya por muchos años objeto de revisión y modificación. Para comenzar, no había algo que pudiera llamarse ‘pueblo o nación peruana’, pues el proceso de su conformación no había ni empezado y es justo afirmar que aún no ha terminado. La independencia la consiguieron unos criollos descontentos cuya desafección con los ineptos manejes de la corona española tenía muchas décadas de incubación. La mayoría de los habitantes del país –esto es, los indios, mestizos y habitantes de otras etnias, como las africanas- ni se enteraron de qué estaba pasando. Incluso rebeliones como las de Túpac Amaru II, que adquirieron más tarde un enorme valor simbólico en toda Sudamérica, se ven ahora bajo otra luz interpretativa, habiéndose llegado a afirmar que fueron más los intereses del terrateniente que los del descendiente de los incas los que instigaron la revuelta. Difícil saber si esto es cierto, pero estas nuevas interpretaciones muestran la flexibilidad que ha alcanzado el ejercicio de la historia en nuestros tiempos escépticos.

Una de las figuras simbólicas de la independencia que más se ha resistido a un nuevo escrutinio histórico es la del libertador Simón Bolívar. Incluso grandes plumas de la historiografía nacional, como Jorge Basadre o Gustavo Pons Muzzo, no se atrevieron a cuestionar demasiado su talla legendaria. Tuve oportunidad de adquirir en Perú y leer con fruición el libro del escritor e historiador peruano Herbert Morote sobre la actuación de Simón Bolívar en nuestro país, titulado ‘Bolívar: libertador y enemigo nº 1 del Perú’. En estos tiempos de alharaca bolivariana por parte del ínclito Hugo Chávez y compañía, este libro sirve de sobrio contrapeso a la leyenda. No puedo detenerme en los detalles, que son muchos, pero sería interesante que el libro se publicara en España para deleite de una audiencia europea. Entre las varias cosas que este libro ventila o refuta, se encuentra la actitud de Bolívar para con los indios, por ejemplo. Sus palabras públicas son muy distintas de los comentarios que Morote rescata de cartas privadas. Como buen criollo, considera a los peruanos, y a los indios en particular, buena carne de cañón (y a veces, ni eso), pero buenos para poco más, como no sea la mentira, el robo o la traición. Sus propias palabras, en una carta a Santander, no tienen desperdicio: “Los quiteños y los peruanos son la misma cosa: viciosos hasta la infamia y bajos hasta el extremo. Los blancos tienen el carácter de los indios y los indios son todos truchimanes, todos ladrones, todos embusteros, todos falsos, sin ningún principio moral que los guíe”. Tampoco queda mucho en pie del espíritu bolivariano de Bolívar. De nuevo, sus manifestaciones públicas están muy alejadas de sus opiniones privadas y, sobre todo, de su actuación concreta en Perú. Con artimañas propias de un Macchiavello, logró deshacerse de San Martín, desapropiar a Perú de Guayaquil, instaurarse como ocupador militar del país con sus tropas colombianas, hacerse dictador de facto nombrado por un parlamento entrampado, separar a Bolivia de Perú y eliminar a todos sus enemigos reales o imaginarios –o amordazarlos sin remedio-, para lo cual no le tembló el pulso a la hora de colgar o fusilar a los mismos. En determinado momento, incluso revertió una decisión parlamentaria de abolir la esclavitud y la explotación de los indios, por razones más que dudosas. Pensándolo bien, los modos chavistas de hoy en día no difieren mucho del verdadero accionar bolivariano, por lo que la revolución bolivariana puede mantener el nombre con doble orgullo, imaginario y real.

Esta nueva visión revisionista de la historia no pretende, hasta donde puedo comprobarlo, ejercer la iconoclasia por el simple placer destructivo que procura. Con seguridad que Bolívar tuvo ideas libertarias, se esmeró por la independencia y quiso cierta unidad latinoamericana. Pero como buen ser humano, no era inmune a la hipocresía, la manipulación, el deseo de poder, la vanidad, el engaño y la irresponsabilidad. ¿Cómo hubiera podido ser de otra manera? Pero los héroes se aferran con denuedo a la conciencia popular y nacional, por lo que tienen que pasar muchos años antes que antes una rectificación de la imagen popular sea posible o no caiga en oídos sordos. El libro de Morote no será suficiente como para que la estatua del libertador sea retirada de su lugar preeminente en la ciudad, como ocurrió con la estatua de Pizarro, arrancada de su pedestal cercano al palacio de gobierno por un grupo que aborrecía lo que representaba, pero sí que es un ejercicio necesario de objetividad y reinterpretación. Es muchas veces equívoco, cuando no equivocado, juzgar el pasado desde el presente, pero la revelación de nuevos datos no puede sino acrecentar nuestro conocimiento y mejorar nuestras exégesis de la historia. De lo contrario uno puede llegar a confundir novelas como la de García Márquez, ‘El general en su laberinto’, o los textos de la mayoría de las escuelas y colegios de Sudamérica o la propaganda chavista, con la realidad. Después de todo, la empresa científica es revisionista en esencia, sea en física nuclear o en historia. Y me alegro de que esto se vaya comprendiendo cada vez más en el Perú.