Norma y libertad

Ricardo Parellada

 La libertad se predica de muchas cosas. Ciertamente, la libertad es la independencia de algo respecto de algo. Libertad es escapar, de alguna manera, a determinados impedimentos, que pueden ser meramente físicos o un poco menos brutos, como algún tipo de norma o regla. A pesar de la multitud de terrenos en los que hablamos de libertad, mi conjetura es que libertad no es nunca independencia de todo obstáculo, norma o regla, sino independencia de unos y dependencia de otros.

Quizá hablamos de libertad cuando queremos señalar la independencia respecto de impedimentos o reglas esperados, pero los contextos en que hablamos de libertad son tantos y tan heterogéneos que solo puedo repasar un par de ellos, a la espera de mejor ocasión para ir ampliando el examen de la conjetura en otros campos. De momento, me voy a fijar en cuatro muy distintos: el psicoanálisis, la física, la música y el amor. Me asomaré sucesivamente a las nociones de asociación libre, caída libre, improvisación libre y amor libre. Quedarán pendientes infinidad de otras como pensamiento libre, voluntad libre, expresión libre, aborto libre, barra libre…

Frente a la hipnosis anterior, la asociación libre es el método terapéutico que singulariza la práctica del psicoanálisis. Con la introducción y la generalización del método de la asociación libre, el psicoanálisis se configura históricamente como método terapéutico y, a partir de ahí, como teoría de la mente humana y la naturaleza humana.

El paciente se tumba en un diván. El terapeuta baja las persianas, pone una barrita de olor, dice algo. Y el paciente deja vagar libremente su imaginación. La libre asociación de ideas, sentimientos y recuerdos es la ruta real a las profundidades de su ser.

La objeción es palmaria. Este método es puramente arbitrario y fundar en él una práctica terapéutica y una teoría psicológica un disparate, puesto que al paciente al dejar vagar sus pensamientos se le puede ocurrir cualquier cosa sin orden ni concierto. La respuesta de Freud es simple y genial: la asociación libre no tiene nada de libre. Los caminos que sigue la mente puesta en situación están causalmente tan determinados como los resultados de los experimentos que se realizan en el laboratorio de química, afloran cuando se alejan las distracciones y permiten conocer lo más íntimo e insospechado, que esperaba agazapado bajo el umbral de la conciencia. ¿Por qué se llama libre a la asociación libre si no tiene nada de libre? Porque es libre en un sentido superficial, aunque no lo sea en un sentido profundo. La penumbra y el olor liberan a la mente de las servidumbres de lo presente e inmediato y permiten que afloren las causas escondidas.

La asociación libre no significa que la mente escape a las leyes deterministas que según Freud rigen siempre la mente humana. Eso es lo que dice, aunque lo que hace presupone lo contrario, pero eso es otra historia. De igual manera, que un grave esté en caída libre no significa que escape a las leyes de la física, como todo el mundo entiende. Significa que no hay ningún obstáculo para que siga las leyes físicas de la gravedad de forma tan determinista como las ideas siguen las leyes psicológicas. El grave seguirá las leyes de la gravedad del astro más cercano, la Tierra, la luna o cualquier otro. Y si están lejos, flotará libremente, quiero decir, seguirá indefectiblemente las geodésicas que marcan las rutas del espacio de forma tan imperceptible y determinada como las experiencias y las pulsiones marcan las geodésicas de la mente de los freudianos.

Pasando a otro orden de cosas, a la hora de llamar libre a la improvisación musical también conviene afinar un poco. En un sentido muy de andar por casa, los principiantes podemos llamar libre a la liberación de la partitura, a tocar una nota que no esté fijada en un pentagrama. Y sentimos un gozo absolutamente inefable cuando damos cuatro notas de una escala siguiendo nuestra real gana y nuestra libérrima voluntad. Y el gozo se vuelve lo que viene después de inefable cuando una escala vale para más de un acorde o un acorde admite más de una escala o ¡introducimos una tensión!  

Quizá no se pueda decir, como en el caso de las entendederas de Freud, que la improvisación libre no tiene nada de libre, pero lo que parece claro es que toda ella se despliega respecto de determinadas reglas, en este caso armónicas, siguiéndolas y sin seguirlas, y jugando con ellas, cosa que solo puede hacer realmente el que sabe. Por eso las improvisaciones libres del principiante son bastante ñoñas, claro.

Pero en la música no solo hay principiantes, y se emprende también la liberación heroica de toda armonía. Yo no sé si en la liberación de la armonía, o de las armonías, suele haber ecos lejanos de sus reglas, o cuando se pierden los reemplazan los ecos de las reglas melódicas y rítmicas que tampoco se están siguiendo… En cualquier caso, la libertad parece incompatible con el caos y la ausencia de toda forma. Y prueba de ello es que solo está al alcance de los que más saben. Pero doctores tiene la iglesia.

Por otro lado, cuando se relajan las sanas reglas de la aproximación respetuosa, la conversación, el noviazgo y el matrimonio, hay quien llama amor libre simplemente a las relaciones prematrimoniales. Pero quienes hemos cursado nuestra educación sentimental en una sociedad en la que esas reglas no solo se relajaron, sino que se pusieron patas arriba, hemos experimentado ampliamente con ridículo y torpeza que el amor libre no tiene nada de libre. Quiero decir, sí tiene algo de libre, pero eso no quiere decir que uno pueda hacer lo que le venga en gana, eso es en las canciones y las películas. Cuando se relajan las normas venerables del noviazgo y el matrimonio, florecen multitud de sutilezas, ternuras y libertades que, ciertamente, no seré yo quien llame reglas.

En fin, intentaré proseguir este viaje sobre las relaciones entre norma y libertad hasta donde pueda. De momento, no sé si se me permitirá una humilde sugerencia. No se olviden de estar siempre alerta y en guardia para no confundir la libertad con el libertinaje.