Norma y libertad (II)

Ricardo Parellada 

 Hace unas semanas escribí aquí una reflexión sobre la relación entre norma y libertad. Venía a decir que libertad no es independencia de todo sino independencia de unas cosas y dependencia de otras. Y que la calificación de libre suele referirse a restricciones esperadas en el contexto de que se trate, aunque esto dista mucho de ser obvio e inmediato en todos los casos.

 Me fijé en algunos terrenos variopintos (psicoanálisis, jazz, gravitación) y Magallanes tuvo la amabilidad de poner un ejemplo histórico y político que venía muy al pelo, la presunta libertad de Cataluña. Ahora voy a aplicar la misma idea en otro par de ámbitos igual de variopintos. Las conclusiones filosóficas tendrán que quedar para otro día.

 Empecemos por un caso muy accesible y conocido para los amigos de este blog. Los fines de semana aquí se escriben comentarios variados sobre la actualidad bajo el encabezamiento “Barra libre”. Alguien podría pensar que barra libre quiere decir que cada uno puede escribir lo que quiera, pero prueben ustedes a meterse con José Luis Rodríguez Zapatero…

 Otro ejemplo cercano. En las manifestaciones contra la nueva la ley del aborto propuesta por el ministro Gallardón vemos repetidamente pancartas con el eslogan “aborto libre”. Naturalmente, el eslogan no reivindica una libertad irrestricta, como practicar un aborto a quien nos venga en gana sin su consentimiento u otras burradas que se nos puedan ocurrir. Me parece que también quiere decir independencia de una cosa y dependencia de otras. En nuestro contexto, ese eslogan parece reivindicar libertad y restricción: libertad respecto de supuestos y sometimiento a plazos.

 Si nos vamos poniendo filosóficos, acabaremos llegando necesariamente al reducto más íntimo de nuestra personalidad, nuestra voluntad. No se engañen, definirnos como animales racionales es un error histórico heredado desde antiguo, que por repetido no deja de ser un error. Como todo el mundo puede comprender, la esencia del ser humano no es animal rationale, sino animal volens. Otra cosa es, naturalmente, que, frente al arbitrium brutum, el arbitrium liberum presuponga la racionalidad. Pero pensar que somos racionales y a partir de ahí discutir eternamente si también somos libres o no, pinto pinto gorgorito, es un disparate. Pero eso es otra historia.

 Con ello hemos llegado a la madre de todas las libertades y entiéndase de forma literal. La voluntad es libre porque en cualquier momento puedo hacer lo que me venga en gana. Pero, dicho así, el que es libre soy yo, no mi voluntad ¿no? Bueno, muevo la cabeza para un lado y para otro como una gallina, sin que nadie me diga lo que tengo que hacer. Todo el tiempo hago lo contrario de lo que piden. You say yes, I say no; you say good bye, I say hello.

 La libertad de la voluntad pensada así tampoco funciona. Seré libre no por mover la cabeza como una gallina, sino por moverla como una gallina queriendo moverla como una gallina. Si muevo la cabeza como una gallina pero lo que quiero es moverla como un pato, o tomarme un chocolate con churros, no parezco muy libre sino todo lo contrario. Resulta que para concebirme como libre también estoy sometido a una restricción, aunque la ponga yo: soy libre si hago lo que quiero hacer. Ya, pero cómo saber si lo que quiero hacer lo quiero libremente o quiero lo que me dice el sistema, el medio, la televisión, mis pulsiones o mi complejo de Edipo. 

 Necesariamente llegamos a la conclusión de que soy libre si hago lo que quiero y quiero lo que quiero, es decir, si actúo siguiendo una pauta de acción que reconozco como válida para todos los seres racionales. Pero entonces solo soy libre cuando actúo racional y moralmente. Así pues, no hay libertad para el mal.

 Mas no se preocupen, hay cosas peores. Hay quien dice que la libertad es el conocimiento de que no somos libres y la gente se lo toma en serio. En fin, este lío, formulado despacio, no es tan fácil de deshacer, de verdad. Menos mal que somos libres de no ser consecuentes con las conclusiones de nuestras reflexiones y no tenemos que reformar todas nuestras intuiciones y todas nuestras instituciones para adecuarlas a ellas.

 Más vale que cambiemos de ejemplo y volvamos a cosas más asequibles. Supongo que en la lucha libre uno no puede sacarle un ojo al otro con un cuchillo, sino que estará sometido a un buen catálogo de normas…