No sigan tensando la cuerda que es muy peligroso

LBNL

La cosa se está poniendo fea, así que hablemos claro: Cataluña no va a independizarse de España en los próximos meses o años. La independencia no tiene un apoyo suficiente y, si llegara a tenerlo, que está por ver, se enfrentaría a fuerzas muy poderosas que no la consentirían. Queda por ver qué precio adicional tendremos que pagar en términos de energía y tiempo perdidos, deterioro democrático, daños económicos, encarcelamientos y, a lo peor, sangre. Porque en ocasiones, estas tensiones degeneran en un conflicto civil. Y no olvidemos que no hablamos de Suecia o Suiza sino de España, donde tenemos una lamentable experiencia en matarnos unos a otros. No pretendo dramatizar ni mucho menos amenazar, pero si abrir los ojos a todos los que alegremente se han subido al carro de la independencia en los últimos tiempos, en parte convencidos de que es posible. Tienen que tener claro que Cataluña no va a ser independiente. Y que puede haber muertos si persiste el desafío independentista. Esperemos que no sea así y que estemos padeciendo un episodio de borrachera colectiva cuyos detalles nos cueste recordar después tanto como que Ibarretxe convenciera a tantos de que la independencia del País Vasco era inevitable e inminente.

Los independentistas hacen mucho ruido en la calle pero no son mayoría en el Parlament. Si llegaran a serlo tras unas elecciones autonómicas anticipadas convocadas el 2-O en respuesta a la frustración del tan ansiado referéndum, su mayoría será insuficiente para legitimar una decisión tan fundamental. Pero incluso si una mayoría apabullante de catalanes acabara pidiendo la independencia pura y dura, seguirá siendo el conjunto de la ciudadanía española el único sujeto de la soberanía capaz de validar una reforma del artículo 2 de la Constitución que establece la indisolubilidad e indivisibilidad del Estado. Precepto que, por cierto, es común a la inmensa mayoría de los Estados de la Unión Europea, que tampoco contemplan la posibilidad de su desmembramiento y que verían con muy malos ojos el establecimiento de semejante precedente en un país vecino y homologable. Una cosa son los desmembramientos de las opresoras URSS y Yugoslavia, que además contemplaban el derecho de autodeterminación para las repúblicas que las formaban, y otra bien distinta la independencia unilateral de una parte de un Estado democrático miembro de la Unión Europea y el Consejo de Europa.

De todo lo anterior se ha hablado y escrito largo y tendido en las últimas semanas y meses. Sin demasiado éxito porque los independentistas siguen pregonando que la UE mantendría en su seno a una Cataluña independiente y que votar es lo más democrático que hay, por lo que impedir el referéndum, con independencia de que sea completamente ilegal y se haya convocado en violación de los más elementales principios democráticos, es una muestra de la falta de verdadera democracia en España.

De lo que no se ha hablado tanto es de la cantidad creciente de españoles que empieza a soliviantarse y movilizarse en defensa de la Policía Nacional y la Guardia Civil mientras recuerda que España es uno de los Estados-Nación más antiguos del mundo, que el nacionalismo catalán es históricamente artificioso y que el problema viene por haber permitido la manipulación nacionalista de la educación y los medios de comunicación durante décadas. Hasta ahora el hartazgo que provocaba el independentismo catalán se manifestaba en expresiones a favor de que se fueran de España de una vez. Ya no. Esas voces van quedando arrumbadas por las que propugnan mano dura contra los sediciosos, sabedoras de que el Estado tiene fuerza suficiente para someter la rebelión en menos que canta un gallo y sin ninguna baja.

Somos muchos los “constitucionalistas” que nos oponemos firmemente al desafío independentista pero que, de tener que elegir, optaríamos por dejar marchar a una Cataluña suficientemente independentista para que España siguiera siendo plenamente democrática. Pero son también legión los que anteponen la unidad de España a cualquier otra consideración. España, Cataluña incluida, nos pertenece a todos, vienen a decir, por lo que lo que opine al respecto la mayoría de los que viven en Cataluña es irrelevante. Y están dispuestos a actuar en consecuencia. Con la Constitución democrática de su parte.

Los independentistas nadan contra la corriente integradora de la Historia, tienen la legalidad en contra, su apoyo social en Cataluña es insuficiente y, muy importante, olvidan nuestros antecedentes históricos de enfrentamientos fraticidas por cuestiones parecidas. Y deberían tener claro que por muy justificada que les pueda parecer, la independencia de Cataluña solo podría llegar tras el derramamiento de mucha sangre, principalmente catalana. No es alarmismo sino realismo.

Si desafortunadamente llegáramos a una situación semejante, no me encontrarán en ninguno. de los bandos sino exiliado en algún lugar de los muchos – la mayoría – en los que prima la sensatez y el compromiso pragmático frente al amor mitológico al terruño. Cuando mis amigos extranjeros me preguntaban extrañadísimos cómo era posible que nos estuviéramos planteando unas terceras elecciones en lugar de asumir los resultados y formar un Gobierno de coalición como se hace en cualquier país civilizado, les respondía jocosamente que era lamentable pero mucho menos grave de lo que solíamos hacer en el pasado: montar una guerra civil, contando también las carlistas.

Estamos en el Siglo XXI y la mayoría de los españoles vive bastante bien pese a la crisis y las apreturas económicas resultantes. Como también la mayoría de los catalanes. Que tanta gente tenga tanto que perder es un poderoso incentivo para evitar una tragedia. Pero conviene recordar que por cada independentista catalán irredentamente mesiánico, hay todavía hoy varios españoles dispuestos a todo para preservar la unidad de España. Amparados por la Constitución democráticamente aprobada por todos. Y por la Unión Europea.

La Constitución británica permitía al Parlamento consensuar un referéndum de independencia con Escocia. A esas voces que dicen ahora que la única solución es un referéndum pactado bilateralmente, conviene recordarles que solo podría celebrarse con una reforma previa de la Constitución que tendría que ser aprobada por una amplísima mayoría de las Cortes y en referéndum por el pueblo español en su conjunto. El PP jamás aceptará semejante reforma y, aunque lo hiciera, sería derrotada en el referéndum ulterior.

En 2005 parecía que la independencia del País Vasco era imparable. Zapatero gestionó el desafío del Plan Ibarretxe con legalidad, contención, mucha política y cero concesiones. Y el derecho a decidir se disolvió como un azucarillo, ETA se extinguió y el País Vasco vive uno de sus mejores momentos históricos. De momento Rajoy está gestionando el desafío independentista con contención, tiento, firmeza y llamadas al diálogo responsable. Pero no sé por cuanto más tiempo será capaz de reprimir la tentación de ceder a las pulsiones españolistas de gran parte de su electorado.

Puigdemont, Jonqueras y los demás están advertidos. Están poniendo en riesgo el bienestar de Cataluña entera por una quimera. La animosidad del PP durante la última legislatura de Zapatero y la inacción de Rajoy desde el Gobierno son argumentos muy válidos para la queja. Y el que no llora, no mama. De acuerdo. Pero tengan cuidado de no resucitar algunos de nuestros peores demonios, que nos ha costado mucho domeñar. Y tengan claro que siguen ahí, latentes. Valga de advertencia la tercera posición de los filo-fascistas xenófobos de AfD en las elecciones alemanas de ayer.