No seáis malos. No seáis tontos

Econcon

Desde hace ya unos años, que no desde siempre, ha triunfado en todo el mundo y especialmente en la economía española, un sector empresarial dedicado a ofrecer servicios a empresas, concretamente a ofrecer capital y trabajo especializado a otras compañías.Este es uno de los principales hábitat de ese espécimen que muy poco ingeniosamente hemos dado en llamar como “mileurista”. Suelen tratarse de personas con poca experiencia laboral, de cualificación media y alta, que se encuentran trabajando en grandes empresas cuyos servicios son cobrados a precio de oro mientras ellos perciben un sueldo de m… bueno, digamos que de una materia bastante menos noble. ¿Quiere esto decir que las compañías de servicios son malas malísimas? No. A nadie le extraña que la Compañía A o B subcontraten el catering para una recepción en lugar de tener cocineros en plantilla, o que alquilen los servicios de un equipo de informáticos para instalar un nuevo programa de gestión en lugar de tenerlos eternamente en nómina para usarlos de vez en cuando.

Aunque es menos inmediato, sigue habiendo explicaciones razonables en términos de eficiencia, cuando se usan estos servicios en casos de necesidades permanentes, aunque sólo lo sean en fracciones pequeñas de la jornada o ligadas con funciones que no tengan que ver con la actividad principal del negocio. Si la Compañía A se dedica a los servicios financieros, puede preferir contratar los servicios de una empresa especializada para limpieza o seguridad (tareas que necesitan un número de horas muy limitado al día y que no le reportan ningún beneficio directo) en lugar de tener a algunas personas directamente en plantilla. Lo mismo puede ocurrir en negocios muy pequeños o nacientes con los servicios de administración o contabilidad. Aunque la necesidad es permanente y fundamental para el desarrollo del negocio, sería ineficaz la contratación de un contable que trabajase pocas horas al mes. Ni le interesa a la empresa ni al contable.

Lo que ya no es tan transparente a la lógica, e incluso es muy complicado explicar desde la micro clásica, son casos como éste:

Supongamos que la Compañía A, que se dedica a las telecomunicaciones, no contrata directamente prácticamente ni a un “teleco” y que, además, mantiene de forma permanente a un alto porcentaje de su plantilla “alquilada” a otra compañía para hacer labores que le son fundamentales para el desarrollo de su propia actividad. Esta situación lleva produciéndose desde hace bastante tiempo y no está ligada a ningún pico o circunstancia especial de la producción. La Compañía A no ignora que está pagando por los trabajadores unas cantidades altísimas y que, en realidad, esos trabajadores perciben salarios mucho más bajos que los que percibirían de estar en plantilla.

No es un caso irreal, podrían ponerse varios nombres a “A”.

La canónica y directa teoría microeconomía nos dice (grosso modo) que el precio que la Compañía A estará dispuesta a pagar por estos trabajadores sería, como mucho, igual al ingreso que le reportasen. Como puede haber necesidad de prescindir rápido de algunos trabajadores y A quiere ahorrarse el coste de despido, estaría incluso dispuesta a pagar, a la compañía que se los aporta, los salarios equivalentes más una cantidad de dinero que relacionase el coste de despido con la probabilidad de que éste se produzca realmente; esta cantidad adicional tendría que ser más baja que lo que le costase el despido de los trabajadores afectados si tuviese que hacerlo ella, si no, no compensaría.
Para que el mecanismo no se nos caiga por el lado de los trabjadores alquilados, debemos asumir que éstos están percibiendo un sueldo acorde con su productividad, porque si no, se la estarían vendiendo a otro empleador que si la pagase. (Mercados competitivos, que se llama)
No obstante, como se decía al principio, A está pagando por cada trabajador alquilado una cantidad que multiplica varias veces el coste de tenerlo directamente dentro de la Compañía. Esta cantidad es muy superior a la suma del salario más la prima de ahorrarme el despido, además suele superar con mucho lo que cuesta un trabajador contratado. Se nos fastidia la explicación. Tenemos que sumar entonces más argumentos. Quizás si A piensa que estos trabajadores alquilados, aparte de la flexibilidad, le están aportando una “superproductividad” mayor que la del trabajador normal, le merezca la pena pagar tanto por ellos. Por lo visto, la compañía de servicios le provee unos trabajadores de una calidad asombrosa, por los que merece la pena pagar grandes cantidades, recordemos, de forma cuasi permanente.

Estos “supercurritos”, por su parte, están aceptando unos salarios misérrimos comparados con lo que “A” paga por ellos. Ello podría explicarse desde la teoría si la compañía que los reclutó hubiera asumido unos largos y costosos procesos de formación que los hubiera transformado de entes poco empleables en “supercurrelas”, y que una vez fuera de esta compañía, volvieran a su primitiva condición de trabajadores de baja productividad. Tal situación explicaría un reparto como el observado.

Vaya por dios, resulta que el fenómeno mileurista es hijo de la falta de flexibilidad y de la insuficiente formación del trabajador nacional. Menos mal que se dispone de las eficientes compañias de servicios que asumen riesgos y forman a nuestros trabjadores, percibiendo por ello sus bien ganados beneficios.

Sin embargo, hay dos realidades incómodas que ponen en cuestión este esquema.

Un mileurista no aporta “superproductividad” a la Compañía A. Un trabajador no puede ser a la vez un bulto sospechoso que no vale dos duros (según le paga la empresa de servicios) y un premio Nóbel en ciernes (según lo que la Compañia A paga por él). Si es lo primero, no vale lo que cuesta, si es lo segundo , alguien vendria a llevarselo tarde o temprano. A mismo, mejoraria contratando directamente al trabajador, en cambio, no lo hace.
Las compañías de servicios, a su vez, no obtienen su personal entre gente poco formada o difícilmente empleable y no asumen largos y costosos periodos de formación que los transforman en superhombres. La realidad es que reclutan el personal entre personas jóvenes con buena formación inicial y, que tras darles poco menos que una corbata y una etiqueta con un par de apellidos anglosajones detrás, los venden a alto precio.Los rendimientos percibidos no se corresponden con los gastos en formación asumidos por una y otra parte, y esta situación persiste.
Entonces… ¿Que está pasando?. ¿Son “malas” las compañías de servicios?¿ “Tontos” los mileuristas? ¿Es parva e ineficiente la Compañía A?. No es muy razonable suponer esto, hay más que decir.Digamos.

Las compañías de servicios se han encontrado con una abundante oferta de jóvenes bien formados y titulados, que vienen de un contexto socioeconómico donde el paro es el fantasma que mas asusta. Ellas, a su vez, poseen una no desdeñable red de contactos y una cierta capacidad de “rating” de la mano de obra que venden. Usan este poder para apropiarse de rentas que no les corresponden . Aunque decir “Malas” es mucho, “buenas” tampoco las describe bien.
Los jóvenes en cuestión desconocen su verdadero valor en el mercado, forman parte de un colectivo relativamente abundante y no tienen mucha capacidad de hacerse percibir como “distintos” dentro de esa abundancia. Piensan que si aceptan percibir menores rentas durante un cierto tiempo, al final les reconocerán como estupendos y maravillosos.Además el coste de esperar sin trabajar contra ir ganado un dinerillo…en fin.  Tontos, no son, un poco cándidos a veces sí. Para creer en una vida mejor después del sufrimiento constante ya están las religiones, creo yo. También se percibe una enorme reticencia a la sindicación, a los que consideran entes antediluvianos, y si me apuras, dependiendo de con quien hables, antediluvianos y corruptos. Sin embargo parecen confiar más en las empresas capitalistas, que, no olvidemos, tienen como propósito ganar la mayor “pasta” posible, cada uno es cada cual, y a la vez, hijo de su época.

La Compañía A, por su parte, conoce perfectamente la situación. Sabe que el tipo en cuestión ni vale la millonada que paga por él ni merece la miseria que le pagan, pero le da un poco igual. Acepta pagar esa renta no sólo por la ganancia en flexibilidad (que obviamente existe, pero no explica la enorme diferencia entre el salario de los contratados y el coste del servicio), sino porque lógicamente, debe compensarle de alguna otra manera. Ahí van dos sugerencias (el que se le ocurran más, que las diga).
a) Es mucho más fácil “vender” internamente a tus cuadros directivos la adquisición de un servicio que un engorde de las plantillas. A ver quien es el guapo que asume la responsabilidad de contratar a X trabajadores para que luego la cosa no salga bien. Los costes de la operación son ciertos desde la hora uno, los beneficios futuros….son eso..futuros.
b) “El reverso tenebroso de la fuerza” me dice que puedo obtener más productividad de mi plantilla haciéndoles trabajar más horas sin pagarles y manteniendo unos amenazadores niveles de precariedad. Llamemoslo blanco o negro, pero entre incentivar y acojonar, sale mucho mas barato acojonar. (Disculpen mi francés)

No me puedo mojar aventurando cuánto porcentaje del sobreprecio del trabajador alquilado obedece a estas dos razones, pero el hecho es que ambas existen. Cuando, por ejemplo, se llega a jarrar públicamente el pellejo de una empleada por quedarse embarazada sin que a nadie se le mueva ni un músculo de la cara, significa que en la cultura empresarial patria ser “un reverendísimo hijo de..” en lugar de adoptar otros caminos honestos, es una estrategia de gestión de recursos humanos aceptable.

No pretendo con las anteriores líneas abjurar de que retocar la norma del mercado laboral pueda llevar a una asignación más justa. Quizás sea el momento de plantearse si el coste de despido debe ser generalizadamente igual para todos los trabajadores, e incluso, si éste debe existir cuando hay unas buenas redes de protección al desempleo. Es cierto tambien que la existencia de varios tipos de contratos con diversos costes de despido,produce necesariamente comportamientos estratégicos. Lo que pretendo es poner de relieve el hecho de que, aunque con la teoría económica se puede explicar casi cualquier cosa, ciertas situaciones dejan una sospechosa sensación de que se está usando un vocabuario tecnico como eufemismo.No deben asumirse como “naturales”,”justificables” o “virtuosas” muchas situaciones que provienen directamente de las partes menos buenas de la condición humana.

Hago mía la frase que los empleados de Google escribieron en la pizarra a los primeros managers externos que contrataron justo antes de su primera reunión. “Don´t be evil” –No seáis malos-. A la que añado, “Don´t be foolish” -No seáis tontos-. Posiblemente sólo con esto nos ahorremos muchos quebraderos de cabeza y palabrería en el futuro.