No lo hagas, Pedro

 Guridi

 Resulta que Pedro Sánchez, el jugador, no se resigna a haberse quedado sin cartas y está explorando con Podemos la posibilidad formar un gobierno alternativo al de Mariano Rajoy. Ángeles Álvarez, diputada especializada en hacer cosas de tapadillo, hace de contacto informal con Podemos, que a su vez envía a Irene Montero. Errejón, por supuesto, está descartado, tras la cara de tonto que se le quedó al saber que Pablo Iglesias negocia lo contrario de lo que mandan negociar a él.

 Montero y Álvarez se reúnen en las cercanías del domicilio de Ángeles Álvarez y exploran las posibilidades de que “las cuentas salgan”, algo que repite en público Iglesias -sin creerlo- y que Pedro Sánchez piensa -pero no exterioriza-.  

La idea es que, si Rajoy fracasase en su investidura, pese a su torpe intento de entrar en el río sin mojarse y aceptar el encargo del Rey, sin decidirse a presentarse a la investidura -algo que no está contemplado por las leyes de ninguna manera-. Si Rajoy, repetimos, fracasase, Pedro Sánchez no descarta presentarse por sorpresa, a hechos consumados, pillando a nuestros barones con la guardia baja. Para que de nuevo se imponga la “responsabilidad” y nadie se mueva para que Pedro salve su cargo un poco más. De hecho, ayer mismo no descartó explorar esa posibilidad al constatarrse que a Rajoy tampoco le salen las cuentas. Y alabó la “valentía” de los intelectuales y activistas que piden gobierno PSOE+Ciudadanos+Podemos. Una fórmula ideal. Por imposible.

 Es cierto que los años del gobierno de Rajoy han sido un desastre y que su tacticismo y su táctica de quedarse sentado hacen más mal que bien al país. Pero precisamente por eso, es Rajoy quien debe de resolverlo. Preferiblemente quitándose de en medio. 

Y si el tacticismo de Rajoy es malo, no es peor que el de Pablo Manuel Iglesias Turrión. Podemos jugó a marear al PSOE en la pasada legislatura para forzar una repetición electoral, agravar la crisis institucional y forzar el “sorpasso”. Al final, ha perdido más de un millón de votos por el camino y ha necesitado el salvavidas de absorber a IU para mantenerse a flote. No contento con eso, ha seguido con sus políticas de engañar, como con la presidencia del Congreso y de dar golpes de efecto para causar división. Los nacionalistas, cuyos votos serían necesarios en la configuración de Gobierno que quiere, no se fían de él. Salvo ERC, que hablan de lo “bien que nos hemos llevado siempre con los compañeros de Izquierda Unida, que nunca han ganado unas elecciones”. Pablo Iglesias, además, negocia con lo que no es suyo, promete lo que no tiene y no va a ceder un ápice en su política de disputar al PSOE el liderazgo de la izquierda en España. Puede que su empecinamiento le lleve a jugar de nuevo la baza de forzar la repetición de las elecciones (porque de verdad que no quiere gobernar con el PSOE) y esta vez sí que se iba a estrellar al repetir de candidato.  

Pero es que la idea de Pedro Sánchez de optar al gobierno no está inspirada por los ideales de lograr un gobierno de progreso, que ponga fin a este periodo de rancio oscurantismo de la derecha. Responde también al propio tacticismo personalista de Sánchez y, como todas sus jugadas más personales, se hace de espaldas a todo el mundo y usando “fontaneros”, como Ángeles Álvarez. 

Y la fontanería llega al punto de que hay personal de Ferraz que se dedica única y exclusivamente a insultar a sus propios compañeros y compañeras de partido, protegiendo a Sánchez, en lugar de a dedicarse a trabajar para ese concepto tan anticuado del bien común. No deja de ser irónico que el dinero de las cuotas de los militantes esté dedicado a pagar ataques contra ellos mismos. La gestión de Sánchez es tan divisiva y estéril como la de sus adversarios en el Congreso. Y esa es otra razón para desear que su etapa al frente del PSOE termine lo antes posible.

Sánchez tiene una virtud: que es valiente. Pero un grave defecto: que sólo lo es para sí mismo.