No Irán…

LBNL

Ni Israel ni Estados Unidos bombardearán las instalaciones nucleares de Irán, al menos hasta el próximo año. Semejante pronóstico suena cuando menos aventurado después de que el último informe de la Organización Internacional de la Energía Atómica (OEIA) haya denunciado los indicios de que Irán puede haber instalado en una base militar una cámara que podría servir para ensayos nucleares y, más todavía, atendiendo al salto cualitativo del Presidente Obama al respecto al declarar la perspectiva de que Irán alcance la bomba como una línea roja para EEUU, advertir a Irán de que no va de farol, y proclamar delante del Primer Ministro israelí, Benyamin Netanyahu,  máximo defensor de la necesidad de atajar el peligro nuclear iraní por cualquier medio, , que EEUU no dejará sólo a Israel.

Ahora bien, lo bueno de tener amigos inteligentes es que de vez en cuando te ayudan a ver la luz. Esto es lo que me pasó ayer cuando leí lo último de mi amigo Daniel Levy sobre el particular (http://www.foreignpolicy.com/articles/2012/03/02/netanyahu_won_t_attack_iran). Anglo-israelí loco por el Arsenal, llevamos unos meses algo distanciados a cuenta de que Cesc se viniera al Barça, pero ello no es óbice para que le siga reconociendo como uno de los tipos de los que yo tenga noticia, que más sabe y mejor escribe sobre Oriente Medio .

En su artículo, Levy repasa todas las claves de la cuestión. Las negociaciones internacionales sobre el programa nuclear iraní llevan estancadas meses y se prolongan desde hace años sin demasiados resultados, por lo que no cabe esperar demasiado de la nueva ronda de negociaciones que anunció ayer la Alta Representante Europea Catherine Ashton en respuesta al último ofrecimiento iraní. Cada cierto tiempo la OIEA envía una misión de inspección a Irán que, invariablemente, retorna con resultados insuficientes: Irán no permite el acceso a una instalación concreta, no ofrece explicaciones convincentes sobre algunos indicios poderosos de que algunos componentes de su programa no tienen otra explicación plausible que su utilización militar, etc. Y por tanto, cada cierto tiempo la OEIA recuerda que sigue sin poder despejar sus dudas sobre la naturaleza exclusivamente civil, que sería conforme al derecho internacional (Tratado de No Proliferación), del programa nuclear iraní. Y en consecuencia, tanto la ONU como, en mayor medida y con más intensidad, EEUU y también la UE, endurecen sus sanciones militares, financieras y últimamente económicas (embargo de petróleo) contra la teocracia iraní.

Como si no fuera con ellos, el ínclito Presidente iraní, Ahmadineyad, suele responder con anuncios provocadores sobre la instalación de nuevas cascadas de centrifugadoras y los más altos niveles de enriquecimiento conseguidos para el uranio que se procesa en ellas (ahora ya del 20%), aderezados de vez en cuando con alguna diatriba anti-sionista llegando, incluso, a poner en duda el Holocausto. Sin embargo, es el Líder Supremo, Jamenei, reforzado en su pulso con Ahmadineyad en las recientes elecciones legislativas, quien controla el programa nuclear y, como recuerdan siempre que tienen ocasión los embajadores de Irán, una fatwa suya declaró que la bomba atómica contraviene el Islam.

A Israel le da igual la fatwa, como también que hasta la fecha Irán no sólo no tenga bombas nucleares sino que ni siquiera haya empezado a construirlas. Israel lleva observando con preocupación los progresos iraníes desde hace al menos dos décadas (cuando consiguió que EEUU accediera a establecer el llamado comité Gore-Chernomirdin) y quiere impedir a toda costa que Irán llegue a alcanzar el grado de conocimiento y control del proceso nuclear necesario para poder fabricar una bomba atómica. Para que se entienda: muchos países, especialmente los que tienen centrales nucleares, como España, podrían fabricar bombas atómicas con relativa facilidad, pero no lo hacen porque no sienten necesidad y porque, bastante importante, está prohibido por el TNP, sólo desafiado hasta la fecha por India, Pakistán, Corea del Norte y, sorpresa, sorpresa, Israel.

En alguno de los peores momentos del apartheid, Sudáfrica violó algunas disposiciones del TNP y hasta Brasil e incluso Argentina han flirteado con la idea de nuclearizarse, pero no lo han hecho; sin embiargo, ninguno de ellos llegó a unirse al club nuclear formado por los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU: EEUU, Rusia, China, Gran Bretaña y Francia.

Rusia y China tienen sentimientos encontrados sobre la cuestión. Rusia no quiere más armas nucleares en su vecindario, pero tampoco renunciar al contrato para la construcción de la central nuclear iraní de Buscher. China no está tampoco a favor, pero Irán es uno de sus principales aprovisionadores de crudo, especialmente ahora que la UE ha decidido dejar de comprarlo.

Gran Bretaña y Francia, por el contrario, llevan años encabezando, junto a Alemania, las negociaciones internacionales con Irán para que éste acepte las limitaciones suficientes para garantizar el uso exclusivamente civil de su tecnología nuclear. Y EEUU, tanto por su enemistad con el régimen de los mullahs como por su alianza con Israel, apoya más o menos explícitamente a los que amenazan con intervenir manu militari si las negociaciones, presiones y sanciones no dan resultado pronto, consintiendo o impulsando todo tipo de operaciones, sabotajes y asesinatos selectivos destinados a retrasar los progresos iraníes.

Desde finales del año pasado la tensión ha venido aumentando sensiblemente con declaraciones cada vez más apremiantes de Israel sobre la urgencia de lanzar un ataque militar, aunque sea en solitario, y amenazas iraníes sobre su capacidad de responder con el bloqueo del Estrecho de Ormuz, lo que afectaría a más de un tercio de los cargamentos de petróleo mundiales, con la consiguiente subida de su precio. El reciente endurecimiento de las sanciones internacionales contra Irán pretende precisamente, a instancias de EEUU, redoblar la presión para que Irán acepte finalmente las exigencias internacionales y poder resolver así la crisis de forma pacífica.

Un Irán nuclear sería un peligro evidente para Israel, especialmente dadas las reiteradas invectivas iraníes sobre la necesidad de que desaparezca el Estado sionista, pero también para las monarquías árabes sunitas del Golfo, tradicionalmente rivales de la teocracia chiita heredera del imperio persa por lo que, como reveló wikileaks, se oponen sólo públicamente mientras en privado animan a que Israel ataque cuanto antes.

Aunque persisten las dudas de que Israel posea la capacidad aérea suficiente para lanzar un ataque que pudiera tener un mínimo de probabilidades de éxito medido en términos de destrucción suficiente de las instalaciones nucleares iraníes, parte de las cuales son subterráneas, la retirada del ejército norteamericano de Irak facilita la operación puesto que ya no resulta imprescindible contar con su aprobación para poder volar hasta Irán. Además, como vienen señalando los analistas, el calendario electoral norteamericano impediría a Obama oponerse a tal ataque de Israel por necesitar el voto judío americano para renovar su mandato en noviembre.

Parece evidente que hay suficientes elementos para la preocupación: una nueva guerra en Oriente Medio sería mala en sí y además tendría consecuencias desastrosas sobre la grave situación económica. De ahí el interés del análisis de Daniel Levy, que se centra en la política interna israelí. Su conclusión es que Netanyahu no va a atacar Irán, sino que su ofensiva está dirigida a conseguir un compromiso claro de EEUU para liderar la operación en el futuro si los nuevos esfuerzos internacionales en curso (sanciones y negociaciones) vuelven a fracasar. A cambio de comprometerse a no atacar en solitario antes de las elecciones norteamericanas de noviembre, EEUU se comprometería a liderar o facilitar activamente el ataque, quizás el año que viene, si Irán sigue sin dar su brazo a torcer. Lo más brillante del artículo es que fue publicado el pasado día 2, esto es, un par de días antes de las comparecencias de Obama y de Netanyahu ante la reunión anual del lobby americano-israelí AIPAC y de su reunión bilateral.

Levy parece haber dado plenamente en el clavo. Obama ha endurecido su mensaje y, pese a reiterar la necesidad de darle más tiempo a la diplomacia, ha declarado explícitamente que la mera perspectiva de un Irán nuclear es una línea roja para EEUU. Es decir, que EEUU intervendrá como mejor le parezca en cuanto tenga la noción de que Irán podría llegar a desarrollar la bomba. Obama gana tiempo y fortalece su posición frente a los previsibles ataques de su oponente republicano por ser demasiado blando.

Para Bibi Netanyahu el trato es todavía mejor. Si Israel ataca en solitario, los riesgos militares son mayúsculos. En el mejor de los escenarios militares, muchos de los aviones israelíes no volverían a casa y el sacrificio sólo conseguiría retrasar, por un plazo incierto, el programa nuclear iraní. Aunque en general la opinión pública apoyaría la operación, no hay una gran demanda y sí muchas personalidades del establishment securitario que se oponen a la misma  por lo que, si saliera mal, Netanyahu pagaría un fuerte precio político que podría costarle la reelección en las elecciones anticipadas que se prevé tengan lugar en otoño y que, en principio, tiene prácticamente asegurada.

Además, la amenaza nuclear iraní le resulta muy útil a Netanyahu para desviar la atención de las eternamente estancadas negociaciones con los palestinos. En cambio, si Israel lanza un ataque, la condena internacional sería prácticamente unánime, al menos en público, y Netanyahu se vería compelido a hacer concesiones a los palestinos para mitigar la presión internacional, factor que incluso ha llevado a parte de la izquierda israelí a considerar la posibilidad de apoyar dicho ataque.

En fin, todos ganamos cuanto más se posterguen los tambores de guerra y es posible que, finalmente, Irán se avenga a hacer las concesiones necesarias para que la comunidad internacional pueda tener garantías de que su programa nuclear no evolucionará en la dirección equivocada. Dichas garantías existen. Hay medios técnicos para “capar” la capacidad de las centrifugadoras de manera que no puedan enriquecer el uranio más allá de un porcentaje prefijado. Cabe también recurrir al aprovisionamiento foráneo de combustible para las centrales nucleares, como ofrecieron Brasil y Turquía hace no tanto, recuperando los deshechos de forma que no puedan servir para la fabricación de bombas. Irán podría ratificar el protocolo del TNP que llegó a firmar a primeros de siglo y aceptar un régimen de inspecciones lo suficientemente abierto y flexible como para que sea imposible mantener instalaciones secretas.

Es difícil. Los mullahs no se fían de las intenciones últimas Occidente y en particular de EEUU, que hasta hace muy poco seguía pidiendo un cambio de régimen mientras mantenía decenas de miles de soldados en Irak y también en Afganistán. Pero con las revoluciones árabes en pleno apogeo y su aliado sirio con las horas contadas, un ataque contra el que sólo podría aspirar esquivar daños mayores y devolver algún golpe, podría resultar también fatal para Jamenei y Ahmadineyad. Así que no desesperemos, podría resultar que también ellos ganen cediendo y se pueda llegar a un acuerdo de mínimos.

De hecho, la mayoría de los análisis dejan de lado que ya en otoño (octubre y noviembre) de 2003, los negociadores europeos e iraníes llegaron al acuerdo de París por el que Irán renunció voluntariamente a proseguir con el enriquecimiento de uranio. Quizás sea porque la parte europea fue la que, en represalia por las limitaciones impuestas a los candidatos reformistas en las elecciones legislativas siguientes, incumplió su compromiso de cerrar un acuerdo comercial y de cooperación con Irán en los seis meses siguientes.

De cualquier forma, lo urgente es que la escalada no desemboque en una nueva guerra en los próximos meses y gracias a Daniel Levy tengo claro que no será el caso.