No habrá Desfile de la Victoria

Barañaín

Tras el éxito alcanzado en las elecciones municipales y las cotas de poder local y provincial conseguidas, los de Bildu están, si no exultantes, si lo suficientemente crecidos como para no mostrar ya ni rastro de aquellos signos de angustia existencial que han caracterizado a la izquierda abertzale durante su travesía del desierto, cuando estaba en juego su legalización y ponían velas para que ETA asumiera su necesario ostracismo. 

Lejos de mostrar su perfil más institucional y hacer gala de su capacidad de gestión, los representantes de Bildu –especialmente el alcalde de San Sebastián y el Diputado General de Guipúzcoa-,  siguen regodeándose en sus discursos habituales sobre los planes pendientes de ejecutar en sus territorios (en particular, sobre infraestructuras) y no escatiman gestos simbólicos en relación con los presos de ETA. Es verdad que reiteran también su distanciamiento respecto a la violencia y su respeto por las víctimas del terrorismo, pero esos pronunciamientos los hacen con sordina, sin la rotundidad y apariencia de sinceridad que muchos desearían. 

 Esto hace que muchos demócratas se muestren decepcionados, desilusionados incluso y hasta temerosos. En algunos casos se trata de una actitud comprensible. En otros, me parece pura impostación. Los más exagerados presentan esto como si confirmara sus puntos de vista críticos con la legalización. Y los hay que creen adivinar un posible triunfo póstumo de ETA, como si estuviera a punto de con seguir, una vez derrotada lo que no logró cuando mataba. Y es que la memoria es frágil y parece que ahora con la tranquilidad en nuestras calles se ha olvidado lo que ha sido el terrorismo y cuales los objetivos que perseguía. Por último, algunos –los habituales-, no dudan en seguir exprimiendo el  asunto como munición electoral: “Rubalcaba es el responsable de que ETA esté en las instituciones”.

 Ha escandalizado que Mª Dolores de Cospedal no haya dudado en manipular un sensato comentario del lehendakari para llamarlo sinvergüenza por “alegrarse” de la presencia abertzale en las instituciones. Desde luego, no es cierto que Patxi López -en la entrevista para El País que ha irritado a la dirigente del PP-, mostrara su “alegría” por la legalización de Bildu. Pero lo significativo del clima de intolerancia instaurado en nuestro país es que para defenderlo de la injusta crítica se  rechace esa posible alegría,  como si se tratara de un sentimiento del que avergonzarse. Desde luego la declaración del lehendakari fue muy matizada pero no tengo duda de que se alegró con la sentencia del Tribunal Constitucional como lo hicieron muchos demócratas y sin duda la gran mayoría de los ciudadanos vascos. Sin embargo, seguimos reculando ante los inquisidores.

 Instalados en una vieja rutina, los partidos democráticos vascos, mientras tanto, malgastan sus esfuerzos en provocar a Bildu con exigencias de pronunciamientos frente a ETA como si volvieran a pujar por mostrar la mayor “intransigencia” ante el electorado. Política para titulares de prensa.

 En realidad, lo importante es que el guión sigue desarrollándose y avanzando en la dirección adecuada, que no es otra que la del finiquito de ETA. Parte de la desazón apreciable ante la falta de humildad en la izquierda abertzale tal vez se deba a que el clima irrespirable que ha acompañado al debate sobre la violencia y la lucha antiterrorista no ha ido acompañado de la suficiente pedagogía preventiva. No se ha preparado a la ciudadanía para el único final previsible y razonable de la violencia. Ese final no va a ser –no lo es nunca -, un happy end, con los terroristas y sus amigos arrepintiéndose ante la víctimas y abjurando publica y colectivamente de sus errores y crímenes del pasado. No va a haber una exaltación pública de la victoria demócrata con los radicales avergonzados haciendo penitencia por las esquinas.

 Por el contrario, cabe esperar que los abertzales disimulen lo ocurrido a base de sacar pecho ante sus bases para hacerles más digerible la derrota. La apuesta decidida por el fin de la violencia y por la lucha exclusivamente política será compatible con el auto-homenaje a las etapas dejadas atrás. Se trata de una liturgia difícilmente evitable si se quiere que el proceso sea seguido por la totalidad (o casi) de ese mundo que necesita proclamar en voz alta, pero no mucho y aunque ni así se lo crean, que su lucha no ha sido una trágica y estúpida pérdida de tiempo.

 Algunos se quejan  de que el rechazo a la violencia explicitado por los representantes de Bildu suena a convicción estratégica y no a sincero juicio moral autocrítico. Así es y difícilmente puede ser de otra forma. No es una cuestión moral, ni un juicio histórico lo que nos jugamos colectivamente. Se trata de una decisión política, fruto de la victoria política de la democracia. Y eso es lo que importa. Aunque no haya desfile de la victoria.