¿No estáis un poco cansados?

Guridi

Salimos de unas europeas para meternos en unas andaluzas, de las andaluzas para meternos en unas municipales y autonómicas, de esas pasamos a las catalanas y cuando aún tenemos a Mas posando y poniendo morritos en las escaleras del juzgado, estamos en precampaña de las generales.

El equipo de Pedro Sánchez ya está exigiendo a la militancia que acuda a actos, reuniones y presentaciones en horario laboral, se multiplican los emails, arrecian los whatsapps y los SMS vuelven a martillear nuestros móviles.

Este fin de legislatura está siendo tan rápido, tan precipitado y con tantas cosas a la vez, que es posible que lleguemos a las elecciones sin poder pensar en serio acerca de las cosas que hacen votemos a unos a otros.

La economía nos hace olvidar la corrupción, las fallidas confluencias nos hacen olvidar la ausencia de programas electorales, la estafa conocida como “Prepuestos Generales del Estado 2016” nos hace olvidar la terrible reforma del Constitucional. La personificación de la Nación Catalana en Mas nos hace olvidar el caso de las ITV (aunque ambos tengan el mismo abogado defensor). La reforma laboral de Pedro Sánchez, que no quiere llamarse reforma laboral nos hace olvidar la difícil situación de las cuentas públicas. Carmena y sus bicicletas nos hacen olvidar los colegios que se caen a pedazos. El fútbol nos hace olvidarlo todo. Y las tertulias nos lían, confunden y enfadan, al acelerar más este ciclo que mezcla tonterías con cosas relevantes, información con opinión. Personajes que llevan a gala no tener ni idea de nada, se sientan con alegría en sus escaños, ante un micro o una cámara.

Yo tengo claro mi voto, por la mezcla entre disciplina y convicción que solemos tener los militantes, pero entiendo que la gente no lo tenga tan claro. Sobra ruido, falta tiempo y es fácil coger un voto del mismo modo en que se coge un rábano por las hojas.

De hecho, es todo tan acelerado, tan confuso, que hoy me cuesta producir mi parte del ruido ambiental.

La vida de la gente ya (por desgracia) lo suficientemente acelerada, confusa e incierta como para que se les bombardee con eslóganes idiotas, caras en papeletas, caras en carteles gigantes, nimiedades en 140 caracteres y litros de bilis en viales con forma de blog (reconozco mi parte de culpa, por cierto).

Echo de menos que alguien explique con calma, con tiempo y hasta con cariño, que de verdad la política puede ser una noble ocupación. Que más allá del circo en el que se ha convertido todo, subyace soñar con hacer las cosas mejor, con lograr grandes cosas entre todos, con ideas y proyectos que sean logros colectivos y duraderos.

La política (y esto ya lo he dicho muchas veces) no es un concurso de fotogenia, ni de oposiciones. Se trata de convencer a tus iguales de que tu visión ética de la vida, del Estado, del trabajo, de la educación, del reparto de los recursos, es buena. La buena política nos hace a todos un poco mejores, saca las virtudes de uno mismo. La mala política se basa en las bajas pasiones, en el mito del “listo”, del “pícaro”, del cuñao que se desgrava el Mercedes. La mala política nos hace peores personas. Más miedosos, más canallas, más desconfiados y más egoístas.

La buena política nos hace lograr grandes cosas juntos, nos hace sentirnos tan fuertes que reduce la influencia del miedo en nuestras vidas.

Me temo que en todo este barullo de medios, redes y marketing es muy difícil separar una cosa de la otra.

Pero me gustaría que tuviéramos una oportunidad de pensar en la buena política, de lo que votaríamos si nos sintiéramos buenas personas.