No basta con “ser pobre”, hay que parecerlo

Albert Sales

Noviembre de 2010, Tánger, Marruecos. Una persona responsable de un programa de cooperación de una gran ONG española me lleva en su coche hacia uno de los vecindarios más empobrecidos de la ciudad. Las azoteas y las ventanas de un edificio  cercano a la carretera estaban llenas de parabólicas. La imagen del bloque atestado de antenas provocó que mi chófer circunstancial comentara: “ya ves que tampoco hay tanta pobreza como parece en esta ciudad”. A partir de aquel momento se desarrolló una conversación curiosa en la que mi acompañante, profesional de la cooperación a la que había conocido unas horas antes, defendía que la pobreza de verdad era la que ella había “visto” en Sudán y en Somalia.

Hace unos días recordaba esta experiencia tras conversar con unos vecinos convencidos de que las dos personas que piden habitualmente caridad en la puerta de unos de los supermercados de mi barrio viven “a cuerpo de rey” gracias a las limosnas del vecindario. Según ellos, estas personas no deben ser tan pobres cuando las han visto utilizando teléfonos móviles.

Las dos situaciones tienen en común que las personas que se aproximan a la pobreza desde su posición de observadoras asumen que “ser pobre” consiste en carecer de recursos para cubrir las necesidades fisiológicas. Sin duda, no poder alimentarse, no acceder al agua potable, o a la atención sanitaria, o no disponer de un hogar, son expresiones muy duras de la pobreza, pero si la reducimos a sus versiones más extremas olvidamos todo el sufrimiento que generan situaciones en las que el problema no es tener alimentos que echarse a la boca, sino disponer de recursos materiales, emocionales y afectivos para construir un proyecto de vida digno.

En los barrios más deprimidos de Tánger, la parabólica no es un lujo. El dinero que las familias destinan a comprarla no serviría para comer durante meses, ni se podría utilizar para cambiar de vivienda o para reformar el baño…  por el contrario, supone una mejora subjetiva sustancial para sus hogares y una ventana al mundo. Del mismo modo, el coste de un teléfono móvil y de una tarjeta de recarga no marca la diferencia entre tener que pedir limosna o no. Prescindir del teléfono no permitirá a las personas que piden limosna encontrar una fuente de ingresos alternativa. Sin embargo, una línea telefónica supone la diferencia entre mantener la conexión con una mínima red de contactos o vivir aislado.

Las imágenes extremas y estereotipadas de la pobreza lleva a relativizar el sufrimiento ajeno y a juzgar las decisiones de consumo de personas y familias en base a prejuicios. Y lo más peligroso, a juzgar programas y políticas públicas según estos prejuicios y a convertir cualquier ayuda en un pretexto para ejercer el control institucional sobre la vida cotidiana.

3 pensamientos en “No basta con “ser pobre”, hay que parecerlo

  1. Sí, las imágenes extremas y estereotipadas de la pobreza lleva a relativizar el sufrimiento ajeno y a juzgar las decisiones de consumo de personas y familias en base a prejuicios.
    Además, cualquier ayuda , programa y política pública debe ejercer un control institucional sobre su finalidad, forme o no parte de la vida cotidiana del receptor , que en general , sí.
    Respecto a la dignidad de un proyecto de vida dependerá del proyecto.

  2. Muy acertado. Los caminos para ganar calidad de vida sin disponer de cantidad de recursos son mucho más delicados de lo que parece.

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