Negociación o derrota

Ignacio Sánchez-Cuenca

La semana pasada inicié una serie de artículos sobre el proceso de paz, con la intención de aclarar ciertas confusiones que se han propagado con gran éxito durante los últimos tiempos. Hablé, por ejemplo, de que un proceso de paz no consiste en acudir a una reunión, preguntar a los terroristas si están dispuestos a entregar las armas, y si dicen no, marcharse con viento fresco. En realidad, puede que la organización terrorista esté dispuesta a abandonar la violencia, pero problemas de credibilidad entre las partes, o divisiones internas entre los terroristas, arruinen el proceso. O puede que las partes estén tan presionadas que no puedan apenas moverse y sea imposible alcanzar acuerdo alguno. El proceso de paz ha salido mal en este primer intento. No sabemos qué va a suceder en los meses inmediatos, ni si en la próxima legislatura habrá ocasión o no de relanzar este proceso, o de preparar uno nuevo. No sabemos tampoco si ETA tiene intención de realizar una ofensiva como la del año 2000, o va a adoptar una postura más blanda. Y no puede descartarse que en algún momento se produzca un golpe policial que deje a la banda en las últimas.

La incertidumbre es enorme. Sin embargo, desde la ruptura del alto el fuego se han escrito decenas de artículos y columnas llenos de certezas. No sólo con el “ya lo dije yo”, sino también con la muletilla “se ha perdido la oportunidad de derrotar a ETA”. El país parece haberse dividido en dos mitades: quienes creen que la negociación y el diálogo es la solución (los progresistas) y quienes creen que sólo cabe la derrota (los conservadores). Se trata de un dilema absurdo. Es como si los términos negociación / derrota se hubieran contagiado de las posiciones antagónicas que se asocian al PSOE y al PP.

Hay que decir que son sobre todo los partidarios de la “derrota” quienes se han encargado con afán digno de mejor causa de construir la figura absurda de un partidario del diálogo que no tiene convicciones propias, que está dispuesto a rendirse ante los terroristas y que conoce el terrorismo sólo de oídas. Los que creen en la derrota gustan presentarse como la contrafigura de la anterior: los que saben lo que de verdad es ETA (muchos de ellos, por cierto, porque han militado en ella, o la han apoyado en el pasado), los que resisten el chantaje terrorista, los que tienen convicciones claras y rocosas contra los terroristas.

Todo esto, francamente, es un disparate. No tiene mucho sentido decidir con criterios morales si negociación o derrota. En teoría, son dos medios para conseguir un mismo fin, la desaparición del terrorismo. Su uso debe venir dictado por las circunstancias. Me explicaré: aunque no puedo extenderme mucho, creo (y así lo he escrito con cierto detalle en otros lugares) que los intentos de negociación de los gobiernos de Felipe González fueron contraproducentes, que Aznar acertó al cerrar cualquier posibilidad de diálogo con ETA, y que Zapatero, por su parte, hizo bien al lanzar el proceso de paz. Las razones son sencillas de entender: en los ochenta, los intentos de diálogo crearon la expectativa en ETA de que con más violencia podían alcanzar sus objetivos; en los noventa, era necesario que ETA se convenciera de que no podía negociar con el Estado, lo que le forzó, como medida desesperada, a ensayar la estrategia de aliarse con el PNV; y más recientemente ETA se encontraba tan debilitada y desorientada que el intento de acordar un final dialogado de la violencia no corría demasiados riesgos.

En realidad, ni siquiera es correcto hablar de negociación frente a derrota. Los partidarios de la derrota nunca explican cómo se producirá ésta, en qué consistirá la derrota. ¿Que ETA saque una bandera blanca? ¿Que ETA no mate más de cinco personas al año durante el próximo siglo? ¿Que no quede un solo votante de Batasuna sobre al faz de la Tierra? Sería más correcto oponer negociación a firmeza y elegir entre ambas en función de las circunstancias.

Bastaría con reconocer una verdad tan elemental para que se desinflara la burbuja de matonismo verbal que se ha generado en nuestro país a propósito del debate sobre terrorismo.

Quienes se oponen categóricamente a cualquier intento de negociación con ETA, añaden con frecuencia que ETA estaba moribunda, al borde de la derrota, y que el proceso de paz ha dejado pasar la oportunidad de acabar con esta organización para siempre.

Esta tesis no se sostiene. Si ETA no ha asesinado entre junio de 2003 y diciembre de 2006 es porque no le convenía, es decir, porque aun teniendo capacidad para realizar algún atentado mortal, entendió que era preferible intentar la vía del diálogo con el Gobierno. Es la expectativa de que ese diálogo fructificase lo que ha permitido que hayamos disfrutado del mayor periodo sin muertos de la democracia. Baste recordar que en los seis meses anteriores a la declaración del alto el fuego ETA hizo explotar más de cuarenta bombas. Si hubiese querido matar, habría bastado con no avisar de la colocación de los explosivos. Pero el hecho es que ETA prefirió no asesinar. Porque entendía que la violencia no le llevaba a ninguna parte y porque el Gobierno se mostró receptivo a su demanda de diálogo.

Hubiese sido absurdo que el Gobierno no atendiese la llamada de ETA dados los síntomas evidentes de debilidad. Ahora, no obstante, el proceso ha quedado roto y ETA anuncia que vuelve a la violencia. Cualquier organización terrorista que permanezca inactiva tiene la oportunidad de reconstruir su infraestructura. Los policías detienen terroristas cuando éstos actúan, no cuando se quedan en sus escondrijos. Aunque no hubiera declarado el alto el fuego permanente en marzo de 2006, ETA tuvo tiempo entre junio de 2003 y marzo de 2006 de evitar la caída continua de comandos, a costa de hacer patente su debilidad no atentando apenas. Con menos rodeos, si ETA ha conseguido reforzarse algo en estos últimos años no ha sido por el proceso de paz, que formalmente ha durado menos de un año, sino por haber estado inactiva. Y podía haber estado inactiva con o sin proceso de paz.

Como he dicho antes, es demasiado pronto para determinar si el saldo del proceso ha sido positivo o negativo. El tiempo lo dirá. En la próxima ocasión trataré de explicar las razones por las que, a mi juicio, el proceso de paz no ha salido como muchos esperaban.