Necesidades y valores

Ricardo Parellada 

 

La noción de progreso social remite a alguna forma de evaluar el bienestar. El desarrollo, el progreso y sus contrarios sólo tienen sentido por el aumento o la disminución del bienestar de los seres humanos. En el pensamiento social de los últimos veinte años ha cobrado gran importancia la noción de necesidades humanas para la conceptualización y la evaluación del bienestar. En este artículo pretendo mostrar que la idea de necesidades humanas remite a la noción de valor de una forma no contemplada habitualmente.

 

Al examinar la noción de necesidades humanas, me remitiré a las propuestas de dos autores británicos, Len Doyal e Ian Gough, que han señalado que el proyecto de fondo de la teoría de las necesidades humanas es clarificar y defender aquellos intereses humanos universales que sustentan un programa político emancipatorio y efectivo para todas las mujeres y todos los hombres. Al introducir la noción de valor, aludiré al objetivismo axiológico, tal y como fue presentado a principios del siglo XX por Max Scheler en el seno del pensamiento fenomenológico y asumido más tarde entre nosotros por Ortega.

 

Lo primero que tiene que mostrar la teorí­a de las necesidades humanas es que se debe distinguir entre deseos y necesidades. En el tratamiento de la acción individual y colectiva, las ciencias sociales y la economía suelen considerar los intereses y las aspiraciones de los individuos sin someterlos a valoraciones. Estos intereses son subjetivos y conmensurables. Son subjetivos en el sentido de que el individuo es su instancia legitimadora. Y son conmensurables porque tienen distinto peso o fuerza, pero el individuo establece comparaciones y compensaciones entre ellos al elegir y al actuar. Los intereses de los individuos son también llamados preferencias o deseos en sentido amplio.

 

La teorí­a de las necesidades sostiene que hay intereses o aspiraciones humanas (incluso cuando no son conscientes o permanecen veladas al sujeto) que reclaman su satisfacción con mayor urgencia moral y normativa. Y sostiene que no todos los deseos de los individuos se deben considerar necesidades, por muy fuerte que sea el reclamo del deseo o por muy intensa que sea la frustración experimentada por el individuo cuando no se satisface. La teorí­a de las necesidades afirma que hay aspiraciones humanas propiamente universales, en tanto que son condición de una vida propiamente humana, y conlleva una crí­tica explí­cita al relativismo cultural. La idea de necesidades humanas es ví­ctima de una paradoja: es rechazada muchas veces en planteamientos abstractos, pero conserva un amplio uso y utilidad en la polí­tica social. Las crí­ticas a la noción de necesidades suelen apelar, de una forma u otra, a la noción que pretenden combatir. 

 

La teorí­a de las necesidades ofrece dos distinciones fundamentales: la distinción entre necesidades básicas e intermedias y la distinción entre necesidades y satisfactores de las necesidades. Las necesidades básicas son propiamente universales y objetivas y condición para toda vida propiamente humana. De acuerdo con los autores que estoy siguiendo, las necesidades humanas básicas objetivas son la salud fí­sica y la autonomí­a personal. Por su parte, las necesidades intermedias son especificaciones y condiciones de las necesidades básicas, que se realizan de formas distintas en distintos contextos sociales y polí­ticos. Doyal y Gough enumeran diez necesidades intermedias, unas referidas a la salud y otras a la autonomí­a, y añaden una referida especí­ficamente a la maternidad: alimentos y agua potable, vivienda, entorno laboral sin riesgos, entorno fí­sico sin riesgos, atención sanitaria, seguridad en la infancia, relaciones primarias significativas, seguridad económica, seguridad fí­sica, educación adecuada y seguridad en el embarazo y el parto. 

 

Por su parte, la distinción entre necesidades y satisfactores permite respetar la diversidad cultural y contextual. La noción de necesidades es irrenunciable para poder evaluar de alguna forma el bienestar y el progreso social, criticar el status quo y poner de manifiesto la frecuente adaptación de las preferencias a la injusticia y la opresión. Y la noción de satisfactores permite dar cuenta del hecho de que las necesidades de salud (alimentación, vivienda, seguridad) y autonomí­a personal (relaciones primarias, educación) se pueden satisfacer de maneras muy diferentes en distintas épocas y contextos culturales y sociales. 

 

Doyal y Gough ofrecen dos formas diferentes de justificar la universalidad de las necesidades humanas: por un lado, afirman que las necesidades son condiciones para perseguir lo valioso. Por otro lado, sostienen que sin la satisfaccion de sus necesidades el ser humano sufre daños y perjuicios graves. En mi opinión, estas dos justificaciones son muy heterogéneas. La primera justificación de las necesidades es instrumental. En este caso, no hay ninguna consideración acerca del florecimiento humano o el desarrollo de dimensiones valiosas de la vida humana. Las necesidades serí­an simplemente condiciones para que cada uno pueda concebir y perseguir lo valioso a su manera. Sin embargo, la segunda justificación introduce la idea de perjuicio grave y objetivo, y esta forma de objetividad presupone un acuerdo sobre la condición humana en un estado normal, próspero y libre de dañosâ, es decir, respecto de dimensiones o aspectos valiosos de la vida. A mi modo de ver, la ví­a negativa de los perjuicios graves y objetivos brinda únicamente una apariencia de neutralidad en la conceptualización de estos perjuicios. Pero a la hora de indicar en qué consisten, es inevitable introducir consideraciones evaluativas y no sólo instrumentales.

 

Así­, por ejemplo, la educación se encuentra entre las necesidades intermedias. De la misma forma que la vivienda ha de ser adecuada y que este requisito se puede cumplir con satisfactores que varí­an según las culturas, estos autores también indican que la educación ha de ser adecuada. Ahora bien, no es posible concebir la educación como necesidad intermedia al servicio de la necesidad básica de la autonomí­a personal desde una concepción puramente instrumental de las necesidades. La educación adecuada ha de incluir determinados componentes que escapan a una presunta neutralidad y demandan opciones axiológicas. ¿La educación adecuada termina en destrezas manuales o es imprescindible incluir el sentido de la justicia y el aprecio por el conocimiento?

 

Pues bien, el aspecto más relevante del objetivismo axiológico para el tema de las necesidades es la idea de rangos de valores. En esta propuesta, los valores tienen tres caracterí­sticas principales: polaridad, materia y rango. La polaridad es la propiedad de todos los valores de ser positivos o negativos; la materia es el sentido, el tipo de valor (aspecto que permitirá distinguir consideraciones materiales y formales sobre los valores); y el rango u orden es la ordenación jerárquica que se puede reconocer entre las grandes clases de valores. Hay clases de valores más altas o, lo que es lo mismo, valores más importantes que otros. A mi juicio, la idea de rango, orden o jerarquí­a de valores propia del objetivismo axiológico está presupuesta, de una forma u otra, en las teorí­as de las necesidades humanas, aunque los campeones de estas teorí­as dediquen grandes esfuerzos a negarlo.

 

Scheler y Ortega proponen distinguir cinco grandes clases de valores, en orden decreciente de importancia: valores religiosos, valores espirituales o intelectuales (morales, cognoscitivos y estéticos), valores vitales, placeres sensibles y valores instrumentales o de utilidad. Esta concepción axiológica es objetivista porque sostiene que este orden es objetivo, es decir, no depende de sujetos individuales o colectivos. Es intuicionista porque sostiene que la diferencia de rango no se puede demostrar, pero sí llegar a reconocer mediante una aproximación y una apertura adecuadas del espíritu. Y este intuicionismo es emocional porque sostiene que la percepción de los valores y su jerarquía es obra de actos sentimentales, más que intelectuales. El intuicionismo último en la captación del valor no impide que la filosofía de los valores sea una empresa discursivamente muy exigente en muchos otros puntos.

 

El lugar de los valores religiosos o valores de lo sagrado en lo más alto de la jerarquí­a es lo que más puede llamar la atención. Scheler afirma que este lugar es independiente del juicio acerca de la existencia de Dios. De acuerdo con ello, se podrí­a reconocer los valores de lo sagrado como los más altos incluso desde posturas y cosmovisiones no religiosas. Ortega no parecí­a poner en cuestión esta observación. Sea como fuere, la ordenación jerárquica de los valores intelectuales, vitales y sensibles me parece esencial para el tema que nos ocupa.

 

De acuerdo con esta propuesta, por ejemplo, el placer sensible es un valor positivo. El placer es bueno. Pero es un valor inferior a otros, como los valores vitales. La salud fí­sica y mental son valores vitales, superiores a los placeres sensibles. De ahí­ que el adulto aguante el dolor fí­sico puntual que le provoca el dentista en aras de su salud bucodental, cosa que no entiende el niño pequeño. Por otro lado, los valores intelectuales también están ordenados jerárquicamente y la belleza es un valor de menor rango que la justicia. El intuicionismo axiológico sostiene que la afirmación de que la justicia es un valor más alto que la belleza no se puede demostrar. Y sostiene también que mediante la reflexión y la experiencia de estos valores podemos llegar a reconocer estas diferencias jerárquicas… a pesar de que la realidad empí­rica nos invite muchas veces a pensar lo contrario.

 

Las necesidades humanas no se agotan en la salud fí­sica, sino que incluyen la autonomí­a personal o razón práctica, relaciones primarias significativas y una educación adecuada de la afectividad, los sentidos, la imaginación y el pensamiento. A mi juicio, estas necesidades y capacidades cobran un sentido mucho más pleno cuando se conciben no de modo neutro e instrumental, sino desde la apertura al valor y al orden general de los valores proclamado por el objetivismo axiológico. La autonomí­a personal y la razón práctica merecen estar alentadas por el sentido moral y la voluntad de justicia. La educación de los sentidos, la imaginación y el pensamiento no parece adecuada sin el gusto por lo bello y el respeto por lo sagrado. La satisfacción de las necesidades y el cultivo de las capacidades más propiamente humanas demanda la apertura del espíritu a los valores intelectuales o espirituales. La educación y la salud fí­sica son necesarias, pero sin apertura a valores superiores la educación habrá fracasado. O quizá habrá tenido éxito, si lo que perseguí­a era la producción de individuos embrutecidos y sin conciencia crí­tica. La autonomí­a personal y la razón práctica no pueden ser puramente instrumentales, ni completamente neutras axiológicamente. 

 

La propuesta de rangos generales y jerarquí­a de valores no resuelve todos los conflictos de valores. Pero nos puede ayudar a utilizar con más precisión la noción de valor. Por ejemplo, decimos que el medio ambiente es un valor. A mi juicio, el medio ambiente no es un valor, sino un portador de valores. Los portadores de valores positivos son bienes y los portadores de valores negativos son males. El medio ambiente es un mal cuando, en una situación de gran precariedad humana, genera muerte y destrucción. Es un mal porque produce males fí­sicos, es decir, porque atenta contra el valor de la vida, que es mayor si es vida inteligente. Por el contrario, el medio ambiente es un bien cuando en una situación de desarrollo industrial, contaminación generalizada y escasez de recursos naturales, el medio es un remanso de paz y vida, es decir, un portador de grandes valores vitales y estáticos.

 

En realidad, este tratamiento de los valores no es el invento exclusivo de un autor o una época y está presupuesto, de una forma u otra, en muchos lugares antiguos y modernos. Por ejemplo, Aristóteles habla de tres grandes tipos de bienes: lo útil, placentero y lo noble. Y Marx distingue entre necesidades inferiores o materiales y necesidades superiores o espirituales. Una observación fina y penetrante del objetivismo axiológico es que los sentimientos que acompañan a la percepción de los distintos valores son cualitativamente diferentes. El gusto por conocer, el complacerse ante lo justo y el deleite estético son de géneros distintos al gozo por la vitalidad del cuerpo o a la satisfacción de los sentidos.