Náufragos

Barañain

Si yo me dedicara, desde algún lugar de la costa norteafricana  o desde el interior de Somalia, Malí  o Eritrea al negocio – mafioso o no-,  de la emigración ilegal  a Europa, es decir,  si  viviera de montar  una de esas redes de tráfico de personas que queriendo entrar a toda costa en Europa se instalan en embarcaciones no aptas para navegar, estaría encantado de escuchar las declaraciones que emiten algunos –muchos- representantes de la burocracia política europea con ocasión de los dramas provocados por mi negocio de “viajes de la muerte”. Y estaría mucho más feliz aún si comprobara que tales declaraciones se transforman en recomendaciones susceptibles de ser adoptadas por los gobiernos europeos. Entonces tendría la certeza de que mi negocio tenía el éxito garantizado y que sólo podría prosperar, nunca decaer.

La comisaria europea de interior, Cecilia Malmström, ya mostró su ansiedad ante el primero de los desastres que este mes se han sucedido frente a la isla de Lampedusa. No tenía palabras, dijo,  “para definir la magnitud de la tragedia y el horror de los casi 300 féretros”. Pronto encontró las palabras: lo de Lampedusa era quizá  “la llamada de atención que necesitábamos” para que los gobiernos europeos “reaccionen” y sus ministros de interior dediquen más recursos al control de fronteras. Bien. Con ocasión del segundo desastre (la muerte de al menos cincuenta inmigrantes sin papeles en un nuevo naufragio) la comisaria  Malmström –del Partido Popular Liberal de Suecia-, ha vuelto a mostrar su “tristeza y ansiedad” y ha instado a los países a actuar con urgencia para reforzar el control de fronteras (Frontex). ¿Para qué? ¿Para disuadir a los inmigrantes ilegales o a quienes les organizan el viaje suicida? No, es para que Frontex pueda gestionar mejor grandes operaciones de búsqueda y rescate en el Mediterráneo, desde Chipre a España, “para detectar mejor y asistir a las barcas en dificultades”.

Según un estudio de un Centro de Estudios e Inversiones Sociales italiano, en los primeros ocho meses de 2013 llegaron a las costas de Italia 21.241 indocumentados, frente a los 15.570 registrados en todo el 2012. Como se nos cuenta que el mediterráneo se está convirtiendo en “una fosa común”, hay que suponer que la cifra de los que quieren llegar y no lo consiguen será mucho mayor. Sin duda es necesario asistir a los que están en dificultades en medio del mar, pero si eso centra los esfuerzos de Frontex, si ese es el mensaje que la Unión Europea cree que debe lanzar (o sea, el que se va a escuchar en África) ¿no es obvio que así se  incentivará aún más el tráfico humano? 

Porque así es como se verá el asunto desde los garitos de los traficantes de personas: si lo que el inmigrante irregular tiene que  conseguir es meter el pie en Europa (sea en un peñasco de Lampedusa o en el muelle de Arguineguin) sabiendo que una vez logrado eso el sistema se preocupará de validar su acción, y podrá llegar finalmente a algún país del norte que es donde mayormente quiere instalarse, lo único seguro es que muchos miles más seguirán su camino. Y el negocio del traficante no dejará de engordar por mucha investigación policial que tenga que soportar.

Cuando la comisaria Malström volvió de Lampedusa a Estrasburgo, varios representantes de otros tantos grupos políticos de la eurocámara mostraron su decepción porque no hubiera podido convencer suficientemente a los gobiernos europeos. Unos se quejaban porque no se apoyara lo suficiente a los que asumen la carga mayor de la llegada de los indocumentados en las condiciones en que lo hacen. Otros –por ejemplo, uno del PP español -, clamaban  por “reformas legislativas para castigar a los mafiosos y proteger a las víctimas” aunque no llegaron a aclarar cómo serían posibles ambas cosas a la vez sin que además eso implicara una llegada aún muchísimo mayor de inmigrantes irregulares. Alguna –en concreto, una del PSOE-, lamentaba que los ministros de interior de la UE sólo hubieran acordado poner en marcha un grupo de trabajo tras lo sucedido y  no se hubieran creado ya “equipos de investigación conjuntos para luchar contra las redes de traficantes”. Como contagiados por  la comisaria europea, los europarlamentarios más moderados exhibían su ansiedad  sin conseguir transmitir con claridad, en ningún momento, qué es lo que debería hacerse, a su juicio, para evitar la repetición de tales dramas, más allá de vagas apelaciones a la cooperación norte-sur: ¿Tal vez promover una inmigración sin restricciones? ¿Mantener las restricciones pero volcarse en ayudar a quienes consiguen salvarlas?

La líder del Frente Nacional francés, Marine Le Pen, lo tenía más claro: “si se modifican las leyes de inmigración haciendo creer que todo el mundo tiene abiertas las puertas de Europa, ustedes serán cómplices de cada uno que muera en el mar tras aventurarse a coger una barcaza”.  No se iba a quedar a la zaga en tremendismo. Pero su mensaje era bastante más lógico o coherente que el de sus ansiosos compañeros –y rivales-, de eurocámara: “En vez de eso hay que lanzar el mensaje a los inmigrantes de que no servirá de nada que se lancen a la aventura probando suerte porque actuaremos con contundencia y les devolveremos a sus lugares de origen”.

Llevamos días oyendo cómo “el drama de la inmigración sacude a la Unión Europea” o  “avergüenza a Europa” y cosas así. Los relatos sobre náufragos, – que básicamente se hunden porque acometen viajes imposibles, por más que algunos estén empeñados en que los ciudadanos europeos se sientan culpables de ello-, se mezclan convenientemente  con versiones tremendistas –o demagógicas, o simplemente falsas-, sobre leyes de inmigración que penalizan la promoción o el favorecimiento de la inmigración ilegal. Entre tales estímulos emocionales cierto progresismo insiste en  su visión de una Europa carcomida por la xenofobia y el racismo, en la que los partidos tradicionales habrían sucumbido ante la estrategia de la extrema derecha, siguiendo su juego o “su agenda”,  actitud suicida, dicen, cuyos efectos se manifestarán, por ejemplo, en las próximas elecciones al parlamento europeo. Es posible que así sea. Lo que a mí me asombra  es que aún se extrañen algunos  angustiados progresistas porque formaciones como el FN francés puedan sintonizar mejor que ellos con el electorado. 

 Al drama humano de la inmigración ilegal se suma el drama político de que la lucha  contra ese fenómeno nocivo se haya abandonado dejando que se convierta en una bandera de la ultraderecha –cuya gestión del asunto sería, por supuesto, calamitosa-, bajo la absurda  creencia de que se trata de un postulado intrínsecamente ajeno a los “valores de Europa” o a los “valores progresistas” (valores de los que algunos deben creer que son sus albaceas o interpretes únicos).  La ceguera llega al extremo de preguntarse “por qué aceptamos que el debate sobre inmigración ocupe un lugar predominante en el contexto de la crisis actual”, como si ese debate sólo interesase a la “agenda de la ultraderecha” o de la “anti-Europa”. Y eso, después de martillear, un día sí y otro también, con el supuesto bochorno de los europeos por los naufragios frente a Lampedusa (http://elpais.com/elpais/2013/10/11/opinion/1381501911_483870.html).

 Incapaces de asumir que su propia base social no entienda ni comparta su discurso políticamente correcto, creen que rechazar la inmigración masiva es de extrema derecha… porque lo defiende la extrema derecha. Y da la impresión de ni siquiera se plantean la posibilidad de que tal vez -y digo sólo tal vez -, sea justo al revés, que esa extrema derecha abandere ese combate únicamente  porque nos hemos empeñado en que sea suyo, dejándole el campo libre  y que al hacerlo  interpreta mejor que ellos qué es lo que realmente siente o piensa al respecto el común de los europeos, incluidas las bases sociales liberal y progresista. La suya es una deriva de otro tipo pero también naufragan.