Náufragos en Yucatán: encuentro frente a conquista

Alberto Penadés

Que sepamos, el primer encuentro entre españoles y los pueblos del Yucatán fue tan brutal como se podía esperar. Para la historia nacional, vale como decir encuentro con México. Del lado castellano, los actores no fueron ni Hernández de Córdoba, ni Grijalva, ni por supuesto Cortés, sino unos náufragos. Fueron también las primeras víctimas. Posiblemente veinte, incluyendo a dos mujeres, perdidos en un viaje entre el Darién y Cuba. Importan mucho los dos sobrevivientes.  El uno,  Jerónimo de Aguilar, fue más tarde lengua de Cortés. Fraile al parecer, y de Écija. Por él hablaba Cortés a la Malinche, y mediante ella a los méxicas. El otro fue el renegado  Gonzalo Guerrero, hombre de armas y de mar, de Palos de Moguer.  Luchó junto a los mayas y contra los españoles, por muchos años, hasta que lo mataron. Sus historias las dejo para una próxima entrada.

La primera parte de esta historia, que podemos imaginar llena de aventura, se resume así. Varios de aquellos náufragos murieron de sed y penalidades antes de desembarcar. Los que llegaron a la playa, con un cierto Valdivia como capitán, fueron apresados por los Cocomes.  Según el único que lo ha contado, de los dos que pudieron hacerlo, el capitán y algunos otros fueron sacrificados y comidos; al menos otro perdonado, merced de su milagrosa supervivencia a un mazazo que le hundió el cráneo, quedando como mascota inocente; y los demás guardados para engorde y posterior festejo (en “caponera”).   Estos últimos, tal vez nueve, huyeron y fueron hechos esclavos por los Tutul Xiúes, enemigos de sus primeros captores, cerca de lo que hoy es Playa del Carmen. Allí fueron muriendo de fatiga y trabajos,  también las mujeres, que sufrieron su carga añadida, quedando solamente Aguilar y Guerrero.

Sugiero una visita, optativa,  a una de las versiones de cómo Aguilar contaba esta parte de la historia ocho años más tarde:

“Prosiguiendo Aguilar su plática dixo: «E desta manera anduvimos catorce días al cabo de los cuales nos echó la corriente que es allí muy grande y va siempre tras del sol a esta tierra a una provincia que se dice Maya. En el camino murieron de hambre siete de los nuestros y viniendo los demás en poder de un cruel señor, sacrificó a Valdivia y a otros cuatro; y ofresciéndolos a sus ídolos después se los comió haciendo fiesta según el uso de la tierra e yo con otros seis quedamos en caponera para que estando más gordos para otra fiesta que venía solemnizásemos con nuestras carnes su banquete. Entendiendo nosotros que ya se acercaba el fin de nuestros días determinamos de aventurar la vida de otra manera; así que quebramos la jaula donde estábamos metidos e huyendo por unos montes sin ser vistos de persona viva quiso Dios que aunque íbamos muy cansados topásemos con otro cacique enemigo de aquel de quien huíamos. Era este hombre humano afable e amigo de hacer bien (…); diónos la vida aunque a trueco de gran servidumbre en que nos puso” (Francisco Cervantes de Salazar, Crónica de la Nueva España, cap.22)  http://tinyurl.com/a8d8nc9

Es inevitable pensar sobre la categoría ideológica del  Encuentro, que se propagó desde los complacientes medios académicos a los propicios medios institucionales en torno al quinto centenario del descubrimiento de América por Colón.  Con ello me parece que se pretendía limpiar de categorías jerárquicas la desigualdad tecnológica e institucional entre europeos e indígenas americanos, a la vez que poner el foco sobre los aspectos humanos y culturales de la conquista, frente a los militares. A este propósito loable se aplicaba un término que sugería que lo mismo podían unos y otros haberse encontrado en las costas de América, como en las de Europa, como a mitad de camino.

A diferencia de la conquista cortesiana, que fue un hecho institucional, con notarios, cartas, mandatos, elecciones, procuradores y frailes, además de fuerza militar, y una ruta precisa este-oeste,  lo de los náufragos sí fue un encuentro, una aventura, cruel desventura en este caso. Equipararlo es un disparate, y muestra la pobreza de nuestras categorías, la incapacidad de superar el solemne nacionalismo con algo menos burdo. En pocas cosas queda tan clara la debilidad de la ciencia social como cuando, no gustándonos cómo encajan las cosas que vemos, las hacemos encajar en nuestro lenguaje. A eso a veces se llama compromiso  (y, con dos chupitos, transformar la realidad a fuerza de comprenderla de modo alternativo).

Lo que sí tuvieron en común el encuentro azaroso y la conquista deliberada fue la bestialidad. Encontrarse y conquistar parecen ser más iguales donde más se querría subrayar diferencias. También se diría que muchos convierten el hecho tecnológico y organizativo de que los indígenas no esclavizaran (en general) a los europeos, sino al contrario, en una categoría moral. Pero esta historia ilustra que no hay necesidad de decir que eran mejores para condenar sus sufrimientos. Tampoco es necesario, para repudiar la brutalidad, cegarse ante las diferencias entre fuerza bruta e institucional, por mucho que puedan, en potencia, ser igualmente repugnantes.

Tal vez me falta a mí, pero yo creo que falta un modo de pensar que sea universalista sin ser anacrónico, que sea igualitario sin obligarse a negar la existencia de formas sociales mejores y peores, que entienda que aunque el progreso moral y el material no van acompasados, tampoco parecen del todo independientes.

Esta aventura entró en la trenza de la historia de forma sorprendente, después de todo, con la inesperada contribución de Aguilar a la organización de la conquista, y la insólita resistencia de Guerrero contra ella. La cuento otro día.