Nasruddin o la sabiduría del idiota

Frans van den Broek

 

En tiempos antiguos –la figura es conocida en nuestra cultura sobre todo desde la Edad Media- las cortes reales solían adscribir a una persona la peculiar función de ser capaz de burlarse de todo en la cara de todo el mundo, sin temor a castigos o represalias (al menos, en principio). Conocemos a este personaje con el nombre de bufón, pero en ingles se le conoce como “jester”, nombre que puede ser significativo por sus orígenes, como veremos. El objetivo de la burla no era el puro entretenimiento, sino que el humor estaba al servicio de la verdad y de la prudencia, no pocas veces, como sabemos todos, la primera víctima de incontables situaciones políticas y personales. Las cortes, como ahora los séquitos gubernamentales, estaban llenas de personas cuya principal preocupación era congraciarse con el monarca o mantenerse como objeto de sus favores y simpatía, lo que afectaba la objetividad de sus consejos y precluía la sinceridad en las conversaciones de los que detentaban el poder. El bufón podia circumvenir estos impedimentos por la licencia de que gozaba en los ojos del Rey o Reina, a lo que el humor añadía la necesaria ligereza y aquel efecto disolvente de límites que se le conoce desde siempre.

 

Cómo y dónde se originó esta costumbre es todavía objeto de disputa entre los académicos y especialistas. Se discute incluso si la función del bufón era sobre todo política o sólo de entretenimiento, o tal vez meramente personal. Como fuera, lo cierto es que la llegada de la Edad Moderna significó también la desaparición del personaje, y hoy nuestros gobernantes no recurren a las bromas y pullas del bufón para hallar consejo en situaciones difíciles, sino a ejércitos de asesores y especialistas que les atiborrarán de reportes e informes de toda laya, llenos de estadísticas, que jamás o pocas veces leen, o al círculo íntimo de correligionarios con que han decidido rodearse, a menudo compinches de toda la vida con pocas ganas de incordiar al amigo venido a más. Es verdad, allí están la oposición y la prensa para cantarles la marimorena, pero éstos operan aún en el marco conceptual y situacional del gobernante de turno, aunque expresen opiniones contrarias dentro de dicho marco, mientras que una de las funciones del desvanecido bufón era precisamente la de tramontar dichas constricciones y hacer ver a sus patrones que era posible contemplar las cosas, o experimentarlas incluso, desde otros marcos de referencia, más amplios o más adecuados que el que es sustento del intríngulis del momento. Ejemplos de esta función abundan, y sólo con leer algunas obras literarias de aquellas épocas podemos hacernos una idea más o menos clara de lo antedicho. Cito a Shakespeare, por nombrar a alguien, pero si debemos creer las tesis del ruso M. Bakhtin, lo bufonesco se entronca con lo carnavalesco, y esto último se remonta hasta la antigüedad dionisíaca o al menos hasta las menopeas griegas, con su feroz ironía y su desdén por las convenciones.

 

Dado que no hay más bufones, recomendaría a nuestros gobernantes y al propio lector la lectura de las historias de Nasruddin, las cuales pueden estar involucradas, de alguna manera, en el nacimiento de la noble tradición del bufón. Nasruddin es un personaje de incontables historias de humor que circulan en general de boca en boca por todo el Medio Oriente. Pero el personaje se puede encontrar hasta en Rusia o la India, llevado, quizá, por los mercaderes de la ruta de la seda. Se le conoce por varios nombres, como Joha en Marruecos, o Hodja en Turquía, y hasta existen países que reclaman para sí el honor de haber sido el lugar de nacimiento de la persona real que supuestamente inspiró al personaje, como Turquía o Persia. En verdad, es dudoso que tal persona haya existido, al menos de la forma en que lo describen las biografías al uso. Lo más probable es que se trate de uno de aquellos personajes del folklore popular que asumen una función cada vez más compleja a medida que se va enriqueciendo con la sabiduría vital de las distintas naciones que lo han acogido, algo así como un repositorio de proverbios y anécdotas sapienciales de fácil repetición y de agradable memoria, por su mismo carácter humorístico. Mullah Nasruddin representa aquello que se llama en otras partes un tonto sabio o un sabio idiota y las historias lo muestran, alternativamente, en papeles de hombre devoto que hace parecer tontos a sus contrapartes o de tonto al que cualquiera puede engañar o del que todos se burlan, si bien sus tonterías siempre pueden servir de reflejos de comportamientos estúpidos por parte de cualquiera.

 

Conocí al personaje a través de las obras de Idries Shah, a mi parecer el mejor divulgador del sufismo en el mundo occidental, título que algunos académicos deniegan y otros avalan, disensión que se basa sobre todo en su afirmación de que la esencia del mensaje sufí es de índole universal, y no dependiente de manera necesaria de la religión islámica, si bien el vehículo temporal de esta última religión le ha servido de modo de expresión y desarrollo desde su fundación. Idries Shah afirma, por tanto, que han existido y existen sufís de religión cristiana o judía, e insiste en que no se trata, al final, de una religión, sino de una filosofía práctica cuyo objetivo es la liberación de la conciencia de los condicionamientos y preconcepciones que le impiden una percepción objetiva de la realidad. Este autor ha compilado las historias de Nasruddin en varios libros ya famosos, que todavía se siguen editando (con los dibujos del creador de la Pantera Rosa, por cierto). Estas historias, postula Shah, no sólo sirven al obvio propósito de entretener al oyente o ejemplificar una moraleja, sino al ya mencionado de flexibilizar las operaciones de la mente para permitirle un mejor acceso a la verdad. Cómo tiene lugar dicha función es algo que depende del contexto en el que sus historias son usadas, y del método particular al que pertenece orgánicamente dicho uso y dicho contexto. Las historias, afirma el sufismo, tienen varios niveles de significación, que requieren del individuo que las oye y recuerda una gradual transformación cognitiva para poder ser experimentados. Esto implica, además, que muchas de estas historias han sido o bien creadas con objetivos precisos o modificadas para su uso en un programa de estudio o para ser diseminadas por la población debido a sus efectos benéficos. De hecho, desde muy temprano en su evolución, el sufismo dio lugar a la figura del derviche deambulante, que llegaba a los pueblos y contaba historias de todo tipo, entre las que se encontraban también historias humorísticas como las del Mullah Nasruddín. Una de las órdenes que se especializó en estos menesteres fue la orden Chishti, todavía activa, de cuyo nombre es probable que derive la palabra inglesa ‘jester’, a la que no se conoce etimología definitiva. Entre los rasgos predominantes de estos derviches se encontraba un atuendo de parches de colores, similar en diseño al que más tarde signaría a los bufones.

 

No es necesario, por supuesto, adherirse a ninguna de estas afirmaciones del sufismo para disfrutar del poder liberador del humor del Mullah Nasruddín. Sus historias suelen subvertir la lógica normal de nuestros procesos mentales y sugerirnos, tal vez, otros modos de apreciación de las cosas, algo que todo el mundo debería agradecer, bien sea gobernante o no. Muchos de sus cuentos se han incorporado al acerbo mundial de bromas y chistes, habiéndose olvidado su origen, y es posible encontrarlos en grandes obras literarias, como el Quijote o El Lazarillo de Tormes. Recontaré aquí uno de los cuentos de Nasruddín que más recuerdo, tal vez por su influencia correctora en determinados momentos de mi vida.

 

Se hallaba el Mullah Nasruddín trabajando de barquero en un río, cruzando pasajeros de una orilla a otra, cuando se le acercó un bien ataviado académico a su barca.

-Barquero, hazme el favor de pasarme a la otra orilla –pidió el insigne señor con acento atildado.

-Le pasar voy, no problema –respondió Nasruddin. Mientras se embarcaba, el pasajero le preguntó a Nasruddín:

-Dime, barquero, ¿no has estudiado nunca gramática?

-No –respondió Nasruddín.

-Entonces has perdido la mitad de tu vida –le espetó el letrado, acomodándose en la barca.

Nasruddín no dijo nada y siguieron su travesía. Cuando estaban hacia la mitad del vasto río, se desató una tormenta espantosa, que empezó a hacer bambolearse la barca. Nasruddín se volvió hacia su asustado pasajero y le preguntó:

-¿Ha aprendido a nadar, señor gramático?

-No –respondió el pálido pasajero.

-Entonces has perdido toda tu vida –le dijo Nasruddín-, porque nos estamos hundiendo.

 

Como mencioné, las historias de Nasruddín, como toda buena historia, admiten varias interpretaciones, y esta no es una excepción. He visto esta historia interpretada como un ejemplo de la pedantería y ulterior inutilidad de los intelectuales, quienes, llegado el momento de la verdad –de los asuntos de vida o muerte-, son incapaces de hacer el salto de la teoría a la práctica. Pero también he leído en alguna parte que la historia ha sido interpretada como una alegoría de la necesidad de entrenar distintos modos de operación mental, tanto el lingüístico o racional, como el práctico o intuitivo, lo que equivaldría, en términos neurológicos, a una armoniosa integración de ambos hemisferios del cerebro. Otra historia puede ilustrar la polivalencia de estas historias.

 

Nasruddín se encontraba cavando un hueco en su jardín.

-¿Qué estás haciendo? –le preguntó su esposa.

-Quiero deshacerme de este montón de tierra que me ha quedado de haber plantado unos nabos.

-¿Pero qué harás con la tierra que te quede de cavar el hueco para la tierra de los nabos?

-Si tu estuvieras a mi nivel de comprensión te darías cuenta que me encuentro muy por encima de dichas minucias.

 

¿No es tentador ver en esta historia un reflejo de lo que ha hecho el sistema bancario y financiero durante décadas, cavando un hueco para tapar otro, creyéndose por encima del nivel medio de comprensión del ciudadano de a pié? ¿Y no es lo que están haciendo muchos gobiernos ahora mismo, con la esperanza de que el montón de tierra que quede no lo note nadie? Quizá le vendría bien a muchos de nuestros padres de la patria el recordar esta otra historia de Nasruddín, ya famosa en muchas versiones.

 

Se encontraba Nasruddín buscando algo animosamente en su jardín. Un vecino pasa por allí, y le pregunta qué estaba haciendo.

-Buscando mi llave, que he perdido –responde Nasruddín.

-Déjame que te ayude –le responde el vecino, y se pone a buscar con él.

Después de un buen rato, y no habiendo encontrado nada, el vecino, ya algo impaciente, le pregunta de nuevo a Nasruddín:

-¿Pero dónde has perdido tu llave, Nasruddín, que ya hemos buscado en todas partes?

-En la casa –le responde Nasruddín.

-¿Y por qué te has puesto a buscarla en el jardín, hombre insensato?

-Porque aquí hay más luz –le dice Nasruddín.

 

¿Cuántas veces no hacemos exactamente lo mismo, buscar en el lugar menos adecuado, simplemente porque es más fácil, o porque se acomoda mejor a nuestras preconcepciones de lo que debe ser una búsqueda? La siguiente historia me parece ejemplificar un comportamiento común a políticos y arribistas, con más razón en un mundo en donde lo apariencial ha alcanzado dimensiones globalizadas.

 

-¿Cómo es que has aprendido tanto, Mullah?

-Hablando mucho. Pongo una junta a otra todas las palabras que se me ocurren. Cuando empiezo a ponerme interesante, puedo ver el respeto en el rostro de las otras personas. Cuando aquello ocurre, empiezo a tomar nota mental de lo que acabo de decir.

 

Estas interpretaciones, repito, pueden ser arbitrarias, y conformes al gusto personal del intérprete, pero esto no les quita su riqueza, ni su gracia. Habiendo desaparecido los bufones, es bueno utilizarlas como espejos de nuestro comportamiento o como puertas a modos alternativos de comprensión. Quizá la actitud más correcta ante estas historias sea la del propio Nasruddín en la siguiente historia.

 

Nasruddín llegó a un pueblo lejano en uno de sus viajes, y como le precedía una reputación de gran sabio, la población local decidió mandar una delegación de notables a pedirle que les diera una conferencia sobre los puntos esenciales de su filosofía.

-Muy bien –respondió Nasruddín- mañana vendré a veros a la plaza principal.

Al día siguiente y a la hora concertada, Nasruddín se presentó, subió al estrado y les preguntó a los presentes, que eran todo el pueblo:

-¿Saben ustedes de qué voy a hablarles?

-Nooo –respondieron al unísono todos los pueblerinos.

-Entonces no puedo decirles nada –respondió Nasruddín, se dio media vuelta y se marchó.

Los del pueblo se quedaron boquiabiertos y decidieron al punto ir a buscar a Nasruddín para que les diera otra oportunidad, a lo cual accedió para el próximo día. Entre ellos se pusieron de acuerdo en que si Nasruddín les hacía la misma pregunta, esta vez le responderían afirmativamente. Nasruddín se presentó de nuevo, y les preguntó con firmeza:

-¿Saben ustedes de qué voy a hablarles?

-Síííí –respondieron todos ahora, confiados en que entonces recibirían su conferencia.

-Entonces no tengo nada que añadir –dijo Nasruddín, y se marchó igual que la vez anterior.

Los del pueblo se quedaron aún más confusos y no perdieron tiempo en ir a pedirle a Nasruddín otra oportunidad de escuchar su sabiduría antes que marchase de viaje. Nasruddín accedió de nuevo, y al día siguiente se dirigió a la plaza del pueblo. Los habitantes habían decidido esta vez que la mitad, en caso de escuchar la misma pregunta, respondería que sí, y la otra mitad que no, seguros esta vez de tener la táctica correcta.

-¿Saben ustedes de qué voy a hablarles?

-Sííí –respondió una mitad del pueblo.

-Nooo – respondió la otra.

-Entonces aquellos que han dicho que sí que se lo cuenten a las que han dicho que no –dijo Nasruddín por fin, y se marchó de la plaza para seguir su viaje.

 

No está demás recordar aquí que el sufismo, por su peculiar comprensión del camino religioso, ha sido en muchas ocasiones objeto de opresión y hasta de castigo por parte del fundamentalismo islámico, si bien es práctica corriente entre ellos el tratar de evitar estas colisiones y trabajar para evitar estas cerrazones cognitivas de modos indirectos. Los fundamentalismos no ven con buenos ojos el humor, porque su apego a las exterioridades les impide apreciar el espíritu de la letra. Como se suele decir en esta filosofía, las instituciones religiosas tienden a centrarse en la adoración del continente y a olvidar el contenido, algo en lo que son comunes a todo sistema de ideas que empieza a operar como sistema de condicionamiento. El modo de operación sectario no es propiedad exclusiva de las religiones y aparece en todas partes, en versiones menos extremas si se quiere, pero con efectos no menos notables. La política es una de aquellas áreas del quehacer humano donde la cerrazón cognitiva es más evidente, razón por la cual una democracia saludable tiene que admitir puntos de vista alternativos que regulen dichas tendencias. Y ha de admitir también el humor, sobre todo aquel que no depende de algún punto de vista anclado en los intereses del presente o en el sesgo confesional de los partidos o las religiones. A este objetivo, historias como las de Nasruddín tendrían que formar parte de nuestra educación como ciudadanos, ya que, por suerte, no nos gobiernan monarcas con pocas ganas de escuchar a sus bufones, pero sí muchos burócratas convencidos de su importancia.