Montalbano y las mujeres

Lobisón

En una de las primera novelas del autor de Parque Jurásico, Michael Crichton, un árabe ilustrado debe viajar al norte a causa de su mala cabeza, y pronto descubre la falta de pudor de las mujeres bárbaras, que al principio le lleva a cubrirse el rostro y exclamar piadosamente “con el perdón de diosa”. Una vez asentado entre los vikingos, constata con asombro que sus mujeres muestran singular interés y actividad durante el acto sexual, cuyos mejores momentos celebran además con grandes gritos. Lamentablemente tales aspectos se pierden en la adaptación cinematográfica de la novela, El guerrero número 13 (con Antonio Banderas de protagonista).

Es muy posible que una parte del atractivo de Millennium para las lectoras provenga de la iniciativa sexual de la que hacen gala los personajes femeninos, en la tradición de las mujeres vikingas de Crichton. Inicialmente el ejemplo más obvio lo ofrece Erika Berger, pero, al desarrollarse y crecer, el personaje de Lisbeth Salander la supera con mucho. Su visión del sexo como una necesidad física independiente no ya del afecto, sino de la menor ternura, se plasma en la crueldad de su trato a un desdichado ingeniero alemán de paso por Gibraltar, ya al final de la tercera parte. También puede enamorarse, pero esa es otra historia, y quizá la verdadera historia.

Entre los hechos más documentables de la vida de Stieg Larsson esté el de que era varón, por lo que debería descartarse que Lisbeth Salander sea su alter ego, a la manera en que Flaubert aseguró que Madame Bovary era él. Cabe preguntarse entonces si Larsson pretende reflejar lo que considera un comportamiento típico, quizá exagerado en el caso de Salander, o si lo que quiere es, también en este aspecto, proponer un modelo de conducta (femenina) frente a los modelos tradicionales masculinos.

En mis insomnios de plenilunio el comisario Montalbano “creación de Andrea Camilleri a lo largo de quince años” se me aparece por razones misteriosas con el rostro de Gerard Depardieu. Sin embargo, leyendo sus disputas con su eterna pareja, Livia, se vienen a la cabeza Giancarlo Giannini y Mariangela Melato, o cualquier otra pareja del cine italiano de los años sesenta o setenta, desmesurada en la pasión y el desentendimiento. Véase el final de la recientemente traducida Las alas de la esfinge.

Probablemente se trata de un homenaje paródico, porque Camilleri, aunque autor de una extensa y valiosa obra literaria, antes del éxito de Montalbano se ganaba la vida como guionista de éxito y es un buen conocedor de la historia del cine y del cine italiano en particular. Pero quizás hay algo más. Livia y Montalbano se quieren y son razonablemente monógamos pese a estar separados por razones laborales la mayor parte del tiempo. Son una pareja (italiana) clásica en un mundo en el que los modelos clásicos son la excepción.

Las “otras mujeres”, en cambio, sólo son aceptables como amigas, pero peligrosas cuando tienen iniciativa sexual. Ingrid, la amiga sueca (por supuesto), ha renunciado a seducir a Montalbano, y por ello es una buena compañera de cenas, borracheras y trabajos especiales, aunque su propio matrimonio sea un desastre de alejamiento e infidelidad implícitamente consentida por ambas partes.

Pero si Montalbano cae seducido por una joven no sólo se siente ridículo e infiel, sino que no tarda en descubrir que ha sido utilizado friamente para hacer posible una venganza personal (Ardores de agosto). En un relato corto aparece una mujer recién levantada de la cama que “huele a mujer”, en un sentido probablemente muy distinto a la celebrada femineidad de Marta Ferrusola, y pronto se sabe que es la inductora de un grave delito. La iniciativa sexual es una herramienta, que conduce al delito o a la muerte.

Montalbano, y es de suponer que también Camilleri, esté curado de espantos pero a la vez mantiene una visión muy tradicional del sexo (femenino), o quizá muy latina. En esto, como en su sentido del humor, recuerda al hoy casi olvidado Giovanni Guareschi, el escritor católico creador de Don Camilo. Claro que a mi Guareschi también me gustaba mucho.

53 pensamientos en “Montalbano y las mujeres

  1. La libertad de expresión, Jergón, es cerrar los blogs cuando los blogueros empiezan a ponerse chulitos y no son totalmente sumisos. Como hizo su jefa y su amiguito pirrónico.

  2. Yo ni le he dado las gracias a Lobisón. Me doy cuenta ahora. Entré en el blog después del atentado y eso me impidió hablar de cualquier otra cosa. Se las doy ahora. Este blog se está convirtiendo en un blog literario.

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