Momentos históricos

Lobisón

Todos somos probablemente conscientes de estar viviendo momentos históricos, ya que el mundo árabe, y puede que también Irán —aunque no sea árabe—, se ha puesto en movimiento y nadie sabe hasta dónde y en qué sentido se van a producir los cambios. Resulta un poco inevitable comparar los acontecimientos de estos días con otras ondas anteriores de cambio, la que puso fin a las dictaduras del sur de Europa, el regreso a la democracia del Cono Sur de América Latina, y el derrumbe y democratización del antiguo bloque soviético.

La primera diferencia respecto a estos casos anteriores es que, sea por razones biográficas nuestras o por las circunstancias objetivas de las sociedades árabes, los cambios no sólo nos producen la lógica alegría de ver a pueblos enteros alzarse frente al autoritarismo y la represión. También nos causan una cierta preocupación por las consecuencias no queridas que estos cambios pueden traer.

La primera es la de una (mayor) desestabilización de Oriente Próximo. La autorización por el gobierno egipcio del paso por el canal de Suez de dos barcos de guerra iraníes apunta a un cambio en la relación de fuerzas en la región. Ahora Israel no puede seguir contando con la neutralidad egipcia, y es lógica la preocupación de Netanyahu, y los ataques de los halcones americanos e israelíes al gobierno de Obama por haber permitido o apoyado la salida de Mubarak. Es cierto que esto podría tener una consecuencia muy positiva, si los palestinos fueran capaces de resolver sus problemas internos e Israel apostara en serio por la negociación.

La segunda es la incertidumbre sobre el suministro de petróleo, que ya está haciendo subir los precios y podría tener un impacto muy negativo sobre la recuperación económica de Europa y Estados Unidos. Lo mismo podría suceder con el gas si la situación argelina se complica. Pero además el dinero es cobarde: si continúa la busca de refugio en los bonos de la deuda alemana, volverá a crecer la tasa de riesgo de los países del sur de Europa.

La tercera es la posibilidad de una oleada de migraciones incontroladas de los países del norte de África hacia Europa. Los italianos ya se han encontrado con un flujo masivo desde Túnez, y los acuerdos con Libia para frenar el tránsito de subsaharianos difícilmente van a volver a ser operativos en bastante tiempo.

La diferencia más llamativa con anteriores oleadas de democratización —o de colapso de los regímenes autoritarios— es, sin embargo, la enorme distancia que hoy existe entre los medios de comunicación disponibles y la información real que nos llega. Tenemos pruebas gráficas de las atrocidades de la represión en Libia, pero sabemos bastante poco de lo que realmente está pasando. Ignoramos si realmente la oposición está armada, si hay una división importante en la administración y el ejército. La falta de contactos diplomáticos serios y el extremo personalismo del régimen de Gadafi nos impiden saber qué puede pasar. ¿Conseguirá el dictador chiflado superar su propia Tian Anmen?

En este contexto lo más patético es ver la escasa fuerza que a la hora de la verdad tienen Estados Unidos y la Unión Europea para influir en el curso de los acontecimientos. Es fácil buscar responsabilidades por esa debilidad, pero es forzoso concluir con la tradicional llamada a la humildad. Qué poca cosa somos.