Mito y Memoria

Lope Agirre

La principal diferencia entre el ser humano y el animal es el uso de la memoria. El animal no habla, es sabido, porque tampoco tiene capacidad de recuerdo. Es puro olvido; olvido del olvido. El ser humano, sin embargo, es pura memoria, que se desarrolla en el tiempo y en el espacio. Memoria de la memoria, memoria del pasado, del presente o del futuro. En recordar se nos va la vida, mansamente. Fuera de la memoria, donde habita el olvido, no hay nada, salvo la muerte, que nada es. El recuerdo, como el paisaje, es narración. La memoria escribe, pinta o esculpe sobre la verdad; inventa sobre el texto, el lienzo o sobre la piedra. Todo aquello que se recuerda se convierte en la memoria pura ficción. Todo aquello que se escribe, para preservar la memoria, forma parte ya de la literatura. El ser humano es literatura, que se extiende sobre el pasado, como recuerdo; sobre el presente, como afán de duración, y sobre el futuro, como esperanza. No hay futuro sin esperanza; no hay presente sin deseo de perdurar; y no hay pasado sin recuerdo.

Creo que una de las causas de los problemas que inquietan, nos inquietan, a algunos vascos es la mala relación que tenemos en general con nuestro pasado. “Los vascos no datamos” nos dijeron los antropólogos y, en lugar de preocuparnos o despreocuparnos, que casi es lo mismo, por no saber dónde establecer nuestros orígenes, por no tener un punto de partida, una fuente desde la que manar, nos alegramos, creyéndonos eternos, sin saber que nada hay más terrible que la soledad de los espacios infinitos e indeterminados. Si los vascos no tenemos edad ni límite en el tiempo, ¿qué son para nosotros los dos mil años de cristianismo, los ochocientos años de la Reconquista, los años del Imperio, los  cuarenta años de franquismo  en compañía de los “cuarenta de Ayete”? Si los vascos no datamos, y los españoles y franceses sí, ¿qué importan los años de democracia habidos y por haber?, ¿qué peso específico tienen los treinta años de gobierno nacionalista? Gotas de agua en el mar sin pausa, granos de arena en el desierto sin fin, botín de paja y helecho. Somos un pueblo eterno que busca encontrarse definitivamente con su destino. Según Ibarretxe, en declaración a Zapatero, una vez se reunieron, se olieron y se saludaron: “Los vascos llevamos siete mil años como pueblo”. Tiene incluso el eco de la humildad, parece un ejercicio de modestia. Siete mil años. ¿Tan corto me lo fiáis, señor lehendakari?Si los límites del pasado no pueden fijarse ni establecerse ni concretarse, es que dicho pasado no existe. Si todos los tiempos se reducen al presente dilatado y eterno, la memoria se convierte en eternidad presente y dilatada, eternidad, paradójicamente, sin presente ni pasado, ni futuro. No hay olvido, porque todo es olvido; no hay memoria, porque todo es memoria, tiempo que no es tiempo, tiempo vacío, no tiempo, no time. No es el tiempo de la utopía, que necesita proyectarse hacia el futuro; no es el tiempo de la existencia real, de la vida cercana, esa herida que duele y confunde los sentidos, esa muerte lenta y cotidiana, sino el tiempo anterior a cualquier creación, el tiempo del comienzo anterior a todo comienzo, el tiempo anterior al tiempo, el tiempo del caos.

Es la vuelta al primer renglón: “Y en el principio era la palabra”. O el verbo, la narración. Y el verbo era Dios. Y Dios es para algunos Ibarretxe, que creará de nuevo el mundo por medio de la palabra, y los vascos volveremos a nacer. Y, al fin, tendremos edad. ¡Cielos, qué bonito tiene que ser! Lo de la dignidad y el gobierno lo dejamos para otra ocasión.No sé, suena demasiado literario, en un mundo donde la ficción, consciente o inconscientemente, lo ha invadido todo. Ese mundo confuso, a caballo entre la realidad y la imaginación, ha dado buenos frutos en la poesía, sobre todo, a costa de la salud de los poetas. Pero a estos se les puede perdonar, y se les perdona, porque no está en sus manos el destino de una nación o de una sociedad, desde Platón al menos, sino el de unas pocas palabras sueltas y arrojadas sobre la partitura de la existencia. Se les consiente, porque son portadores de la belleza, y porque algunos, Aresti, Otero, Celaya, lo fueron de la verdad.¿Qué decir de los gobernantes que, en su ensoñación, confunden lo real con lo mítico? Al no poder mitificar lo real, porque no consta para ellos, quieren realizar el mito. Por medio de la palabra, claro. Mas, ¿qué es la palabra fuera del tiempo?, ¿qué sentido tiene la memoria fuera de los límites del presente, del pasado y del futuro? Nada en la nada, agua sobre agua, olvido tras olvido.