Memoria y justicia

Guridi

 Hoy hace 20 años de la muerte en la cama de Francisco Franco. El general que gobernó España como un mediocre y cruel gobernador colonial desde que eliminara a sus competidores en ese largo golpe de Estado llamado Guerra Civil.  

Pocos sospechaban que 7 años después, uno de los partidos más debilitados por la dictadura, el PSOE, estaría gobernando España, tras varias elecciones democráticas. Es cierto que el dictador murió en la cama, pero no es menos cierto que varios miles de españoles, dentro y fuera del país, dedicaron su vida a combatir la dictadura. Muchos murieron en el exilio, otros en las cárceles del régimen, pero entre todos ayudaron a que España diera un salto de gigantes cuando el franquismo colapsó sobre sí mismo. 

Pocos entienden hoy qué clase de país existía entonces. Un país regido por lo más extremo de la moral nacional-católica, donde las mujeres no podían trabajar o tener dinero en el banco sin el permiso de un hombre. Donde no podías contestar a tu jefe. Un país donde no ir a misa te podía causar serios problemas en todas las facetas de la vida. 

Ese país que estuvo fusilando gente hasta el final, donde la mafia no existía porque ya formaba parte del gobierno. Un país donde escribir unas palabras como estas podía significar dar con tus huesos en la cárcel. Previa paliza del animal de turno, salvo que estuvieses recomendado o fueras hijo de alguien. 

Los que equiparan la España de hoy con la de la dictadura, desprecian los sufrimientos de sus mayores y desprecian una democracia que costó sangre, pese a no haberse conseguido mediante la guerra.  

El cine y la televisión hacen que muchos jóvenes tengan falsos recuerdos de entonces y que crean que los siniestros años 50, plagados de hambre, piojos y miedo, fueron como los rutilantes 50 de los Estados Unidos. Pero con dictador de por medio.  

Hoy no quiero hablar de los políticos de hoy, sino de los de entonces. De gente brillante y comprometida, como Luis Martín Santos, que destacó en todo lo que hizo y que pudo haber sido Secretario General del PSOE. De panaderos y mecánicos anónimos, que se reunían en bares discretos y humildes y arriesgaban su casa y su vida ayudando a otros compañeros de partido. Del PCE del interior, que no sólo ayudó a los escasos socialistas de dentro de España, sino que se enfrentaron (y perdieron) a un Carrillo que creía en su propia propaganda. 

Cuesta pensar hoy en una España en la que podía haber más mentes brillantes en la Cárcel de Carabanchel que en la Facultad de Derecho. En la que siniestros comités de curas y censores decidían qué podíamos ver, leer y escuchar. Donde estaba prohibido leer periódicos extranjeros o escuchar la BBC. 

Ahora, en la mejor tradición española, varios grupos de listos observan el panorama con una mueca de desdén y dicen el equivalente político de “aquí le han hecho una chapuza”. Despreciar la libertad peleada, en lugar de buscar perfeccionarla, nos hace menos libres. Despreciar una Constitución no muy diferente de la alemana, es reírse de un documento lleno de sutilezas y fórmulas legales que nos han hecho avanzar en 40 años, caminos que otros países no han avanzado en 80.

Pensar que uno es Adán en el paraíso, que tiene poner de nuevo nombre a todo, es ignorar los sacrificios que han hecho muchos españoles y españolas que se esforzaron en legarnos una España mejor.

Todo se puede mejorar, pero lo haremos mejor aprendiendo de los errores de quienes estuvieron antes que nosotros y tratando de llegar donde ellos no pudieron, o no supieron. El que plantea empezar todo de cero, ignora lo que ya tiene.  

Aquí, hoy, con vosotros, quiero compartir mi homenaje a quienes defendieron una República legítima, a quienes pelearon desde fuera, aterrados por morir lejos de su país. A quienes vivieron en un régimen ominoso, sacrificando una vida tranquila sólo por defender lo que está bien. A quienes se rebelaron contra sus padres, sumiendo al franquismo y al exilio en el desconcierto que surge de ver tus propias contradicciones. El dictador murió en la cama, sí. Pero vosotros tratasteis de honrar las vidas de quienes se le opusieron. Hagamos nosotros lo mismo.