Memoria que perdura

Frans van den Broek

Alguna vez dijo Octavio Paz que los pueblos de América (México y Perú, en especial, en cuanto países donde florecieron civilizaciones de gran extensión), eran pueblos antiguos, con una larga y compleja historia que aún continuaba. Si esto es cierto de los pueblos americanos, cuanto más lo será de un pueblo como el chino, cuya historia se remonta a miles de años atrás, durante muchos de los cuales fue el país más avanzado de la tierra. Es un pueblo, en todo caso, con un agudo sentido histórico, que no se detiene en los tumultuosos años de la revolución cultural o la Gran Marcha, sino que se extiende hasta los primeros emperadores y, sobre todo, no olvida los años aciagos en que tuvo que doblegarse ante otras potencias imperiales. Dicha conciencia histórica le sirve para consolidar una identidad nacional que ha encontrado una nueve fuente de orgullo, el crecimiento económico y el enriquecimiento, pero también puede deslizarse hacia el resentimiento y el deseo de venganza en determinadas circunstancias.

De esta última posibilidad se vale el escritor sueco Hennning Mankell en su libro “The Man from Beijing”, el mismo autor de la famosa serie de novelas que tienen como protagonista al inspector Wallander, llevada a la pantalla en varias ocasiones, una de las más memorables, a mi entender, la realizada por la BBC con Kenneth Branagh de protagonista. En esta obra el papel asignado a los detectives es secundario, sin embargo, pues la protagonista es una juez que se ve involucrada de manera no oficial en un horrible asesinato ocurrido en un pueblito perdido en el norte sueco, un caso que la llevará hasta la China de hoy y la pasada, y que se ramifica por varios continentes y épocas, incluyendo África y Norteamérica.

La trama es curiosa, aunque gira alrededor de un sentimiento clásico, la venganza, o si se quiere, de dos sentimientos clásicos, el honor mancillado y la venganza. En un caserío del norte se descubre que casi todos los habitantes, diecinueve de ellos, han sido asesinados de manera brutal, al parecer con una espada. La juez Birgitta Roslin descubre al ver una foto en el periódico que dos de las personas asesinadas son los padres adoptivos de su propia madre, por lo que el caso, que ha sobrecogido a Suecia, incita su curiosidad y decide investigar por su cuenta. La policía no entiende la motivación de los asesinatos, hasta que un habitante de la zona, con historial de enajenación mental, se declara culpable, por lo que la desgracia se atribuye a un irracional ataque de locura. Más tarde, en un descuido de sus captores, el presunto asesino se suicida, con lo que se cierra el caso. Pero la juez Roslin no está convencida. Sabe que los asesinados pertenecen todos de alguna manera a la misma familia, salvo los tres sobrevivientes. No cree que un hombre de aspecto tan insignificante y tan magra constitución física haya podido llevar a cabo dicha masacre. Hay hechos inexplicables: una cinta roja de estilo chino encontrada cerca de las cabañas, al pie del bosque. La juez se da cuenta mientras cena en un restaurante chino del pueblo aledaño que hace falta una cinta roja, lo que le lleva a hacer pesquisas que terminan en un hotel pequeño del pueblo, en el que constata que el día de los asesinatos un visitante chino ha estado hospedado en el mismo, del cual consigue una foto. De otro lado, ha encontrado en una cómoda de una de las casas un diario antiguo de algún familiar de los asesinados, en el que relata su vida como capataz durante la construcción del tren de oeste a este en Norteamérica en el siglo diecinueve. El relato destaca las crueldades que eran habituales entonces para con los trabajadores del tren, entre los cuales había chinos, a los que el sueco detesta. Es entonces que Mankell se traslada al pasado para contarnos una historia del siglo diecinueve que empieza en China, pasa por América y termina de vuelta en China. Es la historia de un pobre campesino chino y sus hermanos en su búsqueda de supervivencia.

Los hermanos han debido huir de un hacendado cruel que ha llevado a sus padres al suicidio y que de seguro los matará a ellos también. Deciden huir hacia Cantón, donde conseguirían trabajo y comenzarían una nueva vida. Pero lo que consiguen es ser raptados por traficantes de mano de obra esclavizada que los trasladan a Norteamérica, donde tienen que trabajar obligatoriamente en la construcción de la vía férrea por tres años para pagar la deuda del viaje y la manutención. Las condiciones de trabajo son inhumanas. Un hermano ha muerto ya durante el rapto, y otro lo hará de camino de vuelta a China, adonde logra regresar a pesar de todo el pobre campesino raptado, quien decide contar su historia y confiarla al papel. En esta historia se consigna que uno de sus capataces más crueles ha sido un sueco, el mismo sueco que deja escrito un diario que acabará siendo leído por la juez Birgitta Roslin. Para entonces no sabemos los mecanismos exactos del hecho, pero sabemos ya que el motivo de los asesinatos ha sido la venganza a través de los siglos de algún descendiente de aquel pobre campesino maltratado en América por un sueco sádico y racista.

La trama lleva a Roslin a China, donde va a conocer a la hermana de quien ordena cometer los asesinatos, un psicópata exitoso que se encuentra en el meollo del poder en la nueva China de la expansión económica y el capitalismo dirigido, y para quien el honor de su familia ha de ser vengado, aunque haya pasado un siglo. Mankell nos lleva también a África, donde China está ardorosamente ocupada en establecer relaciones comerciales y adonde quisiera, sugiere la novela, enviar a millones de chinos para establecer colonias y así aumentar su influencia económica y política, y a la vez evitar rebeliones en casa. La hermana de Ya Ru (el inescrupuloso empresario) Hong Qiu representa, sin embargo, la China idealista que todavía cree en los principios de la revolución comunista, y para quien dichos planes imitan el imperialismo que debieron sufrir en el pasado. El avance de una corrompida clase capitalista en China no puede atender a dichos idealismos empero y de ser necesario ha de deshacerse de ellos, como ocurre en la novela. Al final, Ya Ru es víctima de su propia obsesión y Birgitta Roslin se ve obligada a recapacitar sobre los límites de la ley y los contornos reales de su cultura y de su incompleta existencia.

Mankell ha construido una novela inteligente y de tono pausado, en la que a pesar de las atrocidades que la inician, hay poca violencia y pocos giros inesperados de la trama y mucha reflexión personal, política y moral. Dado el género en el que se inscribe, el lector quizá echará de menos más acción narrativa y a ratos los diálogos le podrán parecer algo acartonados y demasiado llenos de discursos innecesarios, pero la estructura general es equilibrada y logra mantener la atención. Su prosa, que imagino superior en el sueco original, es directa y funcional, aunque algo proclive al devaneo, hábito al que tal vez tienden los nórdicos, si debo atender a la nueva ola de escritores de aquella región de Europa en los que esta característica es perceptible. El caso es que la novela toca muchos temas importantes cuya discusión es necesaria y muy actual. ¿Hasta qué punto pueden las naciones democráticas tratar sin peligro moral con un régimen en el que conviven los burócratas idealistas con los mafiosos psicópatas? ¿Qué está dispuesto a hacer el resto de las naciones libres con relación a los intereses imperialistas de una China enriquecida y provista de un nuevo sentido de identidad nacional y propósito político? ¿Callar y hacer negocios? ¿Qué hay del evidente deseo chino de establecerse económicamente en África, por ejemplo, o en Sudamérica? Como dije al inicio, China es un país donde no se ha olvidado el trato que le dispensaron las potencias imperialistas en el pasado, que incluyó barbaridades como obligarlos a abrir sus mercados al opio británico o las atrocidades sin nombre cometidas por los japoneses en la segunda guerra mundial, por mencionar dos episodios históricos que perduran en la memoria colectiva. Los países de occidente podrán clamar justicia, democracia y derechos humanos todo lo que quieran, pero los oídos chinos jamás escucharán dichos clamores sin recordar que dichos mismos países se apropiaron del planeta sin pedirle permiso a nadie tan solo ayer en términos históricos. Para nosotros es absurdo volver la mirada histórica más allá de unos cuantos decenios atrás, y el presente se disuelve a la velocidad de los píxeles que lo representan. Para el chino el pasado está aquí, con nosotros, y no se olvida. El pueblo chino es un pueblo práctico también, no cabe duda, pero no es un pueblo olvidadizo como parecemos habernos convertido los occidentales. La novela de Mankell, al escenificar una venganza que se remonta a generaciones atrás, nos hace confrontar de modo dramático ciertas diferencias fundamentales en nuestras visiones del mundo que sólo negligimos para nuestro mal. En este y otros sentidos es una novela lograda, que vale la pena leer.