Megaupload y la solución para los derechos de autor

LBNL

Vaya revuelo ha montado el FBI con la detención del gordo y zafio hacker alemán impulsor de Megaupload y el cierre de dicho portal de internet. De golpe y porrazo el acceso a contenidos audiovisuales en Internet se ha complicado enormemente, no tanto por el cierre de la página como por las medidas de autocensura y protección tomadas por otros portales similares.

En paralelo, las tertulias no hablan de otra cosa, se suceden las informaciones sobre las consecuencias (ataques de anonymous, subida de la recaudación de los cines…) y todo el mundo se ve compelido a optar entre la libertad de expresión y la defensa de los derechos de propiedad intelectual o derechos de autor, incluso aquéllos que no sabían de la existencia de Megaupload.

Resumiendo, de una parte están los que opinan que Internet debe ser cuanto más libre mejor y que la propiedad privada de un bien, de un producto audiovisual en este caso, debe permitir al propietario cederlo gratis a quien quiera: si antes yo era libre de dejarle un disco a un amigo para que lo grabara en una cassette, ¿por qué ahora no debería poder alojarlo en una web para que alguien se lo descargue? Yo ya pagué por el contenido cuando lo compré y además no me lucro cediéndoselo. Y encima, en países como España, el comprador ya abona un canon, el llamado canon digital, para compensar el lucro cesante de los autores por este tipo de cesiones.

De otra parte están los que alegan que la situación obliga a tomar medidas porque de otra manera se morirá, mataremos a la cultura, cultura en sentido amplio: creación musical, cinematográfica, literaria, periódicos… España es uno de los líderes mundiales en “piratería” digital y el canon no compensa las ingentes pérdidas. Las casas discográficas se hunden, cierran los cines, los periódicos quiebran… El copiado doméstico a escala reducida era aceptable porque era a escala reducida: la analogía no es válida para la cesión del producto a decenas de miles de personas, que reduce la demanda hasta un punto inviable.

Ni tanto ni tan calvo. Ambas posturas son extremistas y, en muchos casos esconden motivos espurios. Muchos de los que defienden la libertad de expresión a ultranza en Internet son partidarios del “gratis total”. En realidad no defienden su derecho a ceder el producto comprado sino a copiarlo gratis. Y muchos de los que subrayan la insostenibilidad de la situación actual en realidad pretenden el mantenimiento de un margen de beneficio excesivamente provechoso para los autores y, en particular, para la industria cultural.

En alguna ocasión he escrito en este foro que mi admirado Bruce Springsteen, autor e intérprete de algunas de las más bellas y emocionantes piezas musicales que yo haya oído nunca, se ha ganado el derecho a la gloria, a la posteridad, a la fama y a la prosperidad, pero no necesariamente a viajar en jet privado por el resto de sus días. La cosa es todavía más clara si tomamos como referencia a los Rolling, Joaquín Sabina, Victor Manuel o a Los del Río. ¿Por qué habrían de seguir viviendo a cuerpo de rey por los siglos de los siglos a cuenta de sus éxitos pasados?

El derecho de propiedad intelectual es un derecho limitado; en algunos países está protegido por 50 años y en otros durante 75. ¿Tiene sentido que a estas alturas un bar tenga que abonar algo por poner Satisfaction, Pongamos que hablo de Madrid, El abuelo o la archifamosa Macarena? Pues depende. Depende de cuándo se haya creado la canción en cuestión; y a partir de la caducidad del derecho de autor, la creación, también la obra literaria o la película, pasa a ser de libre utilización, también comercial.

De la misma manera que los defensores de la intervención firme contra la “piratería digital” argumentan que la aparición de Internet convierte en caducos modelos de cesión que eran válidos anteriormente, la globalización de las últimas décadas había  ensanchado previamente el mercado de la industria cultural de forma sustancial. En otras palabras, cuando se protegía una obra de Shakespeare por 75 ó 50 años, se hacía teniendo en cuenta una demanda potencial mucho más limitada que la que pueden tener Madonna o Almodóvar, que venden millones de copias de sus discos y películas. Ergo, no tiene sentido que se protejan las obras de Madonna o Almodóvar durante el mismo periodo, salvo que reconozcamos por alguna razón oscura a los creadores y la industria a su alrededor el derecho a una vida de lujo a la que no podían aspirar los creadores culturales cuando se acordó la protección de su propiedad intelectual.

Así que, de acuerdo con que el consumidor no tiene derecho al “gratis total”, pero también con que la aparición de Internet no sólo permite sino que obliga a corregir los excesos de los que se ha venido beneficiando la industria audiovisual; que son bastantes más, por cierto, si recordamos lo mucho que se han beneficiado por “obligarnos” a pagar por la misma canción en formato single, EP, LP, cassette, CD y ahora digital, para la música, o VHS-Beta, DVD y ahora Blu-ray para el cine.

Pero ¿hay solución? Claro que la hay. De hecho existe una opción equitativa, práctica y viable bastante sencilla. Pasa por perseguir activamente a los que se lucran “robando” bienes culturales y ofertándolos al público al estilo de Megaupload. No vale argumentar que son los usuarios los que suben los contenidos cuando en realidad se les está recompensando en función del número de descargas, a sabiendas de que dicho número viene en general determinado por la ilegalidad del contenido subido. Es decir, si subo un vídeo de las monerías que hace mi hija no me dan nada porque sólo lo visionan unos pocos familiares, mientras que si cuelgo en mi página web un enlace que permite descargarse en Megaupload una canción o película todavía no estrenada, se lo baja todo el mundo y me dan algo a cambio. Es por tanto pertinente cerrar ambas páginas, la mía y la que aloja el contenido que yo subo, y actuar penalmente contra los administradores de ambas.

Ahora bien, tanto por los argumentos antes explicados respecto a la sobreprotección de los derechos de autor tras la globalización como también por la imposibilidad de poner rejas al mar, el corolario indispensable pasa también por arbitrar alternativas similares a precios razonables, como afirmaba un anónimo “profesional experto en el consumo de cultura en Internet” ayer en un diario digital español.

Es mucho más sencillo de lo que parece y de hecho ya existe. Simplificando, se trata de extender el modelo iTunes por el que cualquiera, desde su PC, tableta o móvil, puede descargarse cualquier canción por menos de un euro, con la garantía de que el archivo corresponde a la versión oficial, con la misma calidad y sin virus.

Si sólo se actúa contra los “piratas” pero la oferta legal sigue siendo tardía, cara y menos accesible que la ilegal, seguirán proliferando las webs de descarga e innovando los usuarios para poder recurrir a ellas sin dejar trazas. Como decía el anónimo experto, tiene que arbitrarse un iTunes que oferte los estrenos de las películas al mismo tiempo que en el cine pero a un precio mucho más bajo que el que uno paga por ver la película en pantalla grande y en butacón. Lo cual es perfectamente lógico porque la “industria” se ahorra los costes de distribución y exhibición. Y lo mismo vale para los libros, como está demostrando Amazon. Y para los periódicos, que todavía no han pasado por el aro con la suficiente decisión, quizás porque prescindir de los circuitos de distribución de los periódicos impresos les obliga a perder las suculentas ganancias proporcionadas por la distribución adjunta de todo tipo de colecciones, videos y demás productos añadidos ajenos al negocio primigenio.

La realidad es algo más compleja porque iTunes no oferta toda la música sino sólo aquélla concertada entre Apple y las casas discográficas que han cerrado un acuerdo con aquella. Y la oferta de Filmin es todavía más estrecha. La prensa escrita ha empezado a dar algunos pasos como kiosko.net pero está todavía lejos de alcanzar un modelo estable. Y la televisión va todavía más rezagada, porque la visión en directo por internet es todavía defectuosa, lo que desincentiva dejar de pagar el plus y ver el futbol por tarjetaroja, rojadirecta y similares.

Pero es el camino, como apuntaba el ahora denostado Megaupload, que en diciembre anunciaba la creación de un portal de música en la que los autores subirían sus creaciones llevándose el 90% de los ingresos generados (http://tecnologia.elpais.com/tecnologia/2012/01/24/actualidad/1327430186_912245.html). El anuncio contaba con el apoyo de Alicia Keys, Puff Daddy, Will.I.Am o Kanye West, entre otros, creadores musicales valiosos, innovadores y modernos (aparte de negros, lo cual es irrelevante), que nadie podría asociar al ínclito Teddy Bautista, Ramoncín, Victor Manuel y resto de casposos de la SGAE, que pese a su “progresismo” han acabado alineados con la Universal, que obligó a retirar el video de apoyo con legalismos indecentes precisamente porque les dejaba fuera del negocio: músicos vendiendo directamente a los consumidores.

Ahora bien, modelos como el descrito seguramente impliquen que Julia Roberts ya no podrá seguir cobrando 20 millones de dólares por película. No me parece un problema. Tampoco que mi idolatrado Messi (que probablemente esta noche volverá a acongojar al Madrid, lo cual tampoco es relevante), que trabaja bastante más y bastante más duro que la bella Julia, vaya a tener que ganar menos de 10 millones de euros limpios al año cuando la Liga de Futbol Profesional venda los partidos por internet mucho más barato que los 15 euros mensuales que cobran el plus, GolTV y demás cadenas, en un oligopolio ilegalmente tolerado. Lo malo es que Cebrián ya tiene su sueldo millonario blindado hasta su despido por lo que no le llegará la rebaja.

¿Y qué hacemos con Público, al que la mayoría de los que pululamos por aquí querríamos ayudar a sobrevivir? Que se apunte al carro. Que nos permita apoyarle pagando medio euro diario, o 2 semanales o 10 mensuales por leerlo en internet, ahorrándose la distribución en papel en quioscos y limitándose a imprimir la cantidad de ejemplares que requieran quienes quieran seguir suscritos a la edición en papel, que necesariamente será algo más cara. Lo mismo ocurre con el teatro, mucho más caro que el cine, o con la música en directo, o con el futbol en el estadio: si el espectáculo es bueno, la gente paga y los que se quedan en casa pagan mucho menos, en parte a través de la publicidad y en parte vía tarifas.

¿Se acuerdan de cuando no había televisiones privadas y la TVE negociaba con los clubs de futbol la retransmisión de cada partido de la Copa de Europa por una cantidad fijada en función de lo que recaudaba vía anuncios? Ahora son más cadenas y los anunciantes pagan menos, por la crisis y porque también se pueden anunciar en internet, que es más barato. Es normal que la Liga y la UEFA opten por acuerdos marco exigiendo cantidades estratosféricas pero no que los usuarios tengamos que sufragar los desvaríos de los ejecutivos televisivos que están dispuestos a arriesgar la camisa para ganar a la competencia. Que oferten sólo lo que pueden recuperar y que sean conscientes de que si no nos dan una oferta vía internet, la vamos a encontrar gratis, en cuyo caso será peor. Y larga vida a Messi con un par de millones al año, que ya le vale.

No, el dilema no es entre libertad de expresión y necesidad de proteger la cultura. Se trata de aceptar que los márgenes de la industria cultural son exageradamente altos y que, afortunadamente, internet fuerza su corrección.

Miren si no las cifras del informe sobre el mercado musical publicado ayer (http://cultura.elpais.com/cultura/2012/01/23/actualidad/1327333780_611726.html). Las ventas “físicas” en España han vuelto a bajar un 10% (un 14% el año pasado) pero las ventas digitales ya suponen un tercio del total y más del 50% en EEUU y en Corea y más del 70% en China, mientras aumentan exponencialmente los suscriptores a webs de musicales de pago, especialmente entre los jóvenes.

El gordo de Megaupload es feo, zafio y, además, alemán, lo cual también es irrelevante pese a la antipatía que concita Merkel. Puede que le extraditen y pase muchos años en la cárcel pero, aún así, ha marcado un camino porque, simplificando sólo un poco, sin la presión de los portales que facilitan el intercambio de archivos no tendríamos iTunes y todas las réplicas de ese modelo que nos permitirán en un futuro muy próximo seguir disfrutando de la cultura de una forma moderna, asequible y, al mismo tiempo, poner coto a los excesos de los “creadores” ya sean músicos, estrellas de cine, escritores o futbolistas, y sobre todo de los altos ejecutivos que viven de ellos, que llevan años viviendo como dios a cuenta de los consumidores.