Media

Jon Salaberría

La campaña electoral ha comenzado, si no oficialmente, sí de facto. Obviedad. Y lo hace con un tema estrella sobre el escenario: Catalunya. A estas alturas, desgraciadamente a mi modo de ver, van a quedar fuera del debate la pérdida de aproximadamente el 3% del PIB en cuatro años de gestión del Partido Popular, los incumplimientos en materias tan variopintas que van desde la presión fiscal hasta los recortes a funcionarios, el deterioro de los servicios públicos o el fracaso estrella de Rajoy: el desempleo, que queda en tasas ligeramente inferiores a las que encontró tras los dos mandatos de Rodríguez Zapatero, y con el drama añadido de la calidad ínfima y la pérdida total de derechos en las nuevas contrataciones, tanto las que ya se realizan como las que se prevén. Pero Catalunya llena ya ese escenario electoral, y de forma justificada: se trata de un desafío al orden constitucional sin precedentes en décadas y ante el cual la pasividad se tornaría irresponsabilidad. Toca respuesta y es inaplazable. 

Hemos hablado largo y tendido aquí del reto independentista, y seguiremos haciéndolo. Pero a mí me gustaría centrarme hoy en el escenario material en sí. Esto es, en el plató televisivo (fundamentalmente), en la emisora, en la redacción y en la moderna edición digital. En los medios. Si la campaña de las Elecciones Generales de 2015 va a pasar a la historia por el trasfondo inevitable de Catalunya, creo que otro de los hitos que la harán recordar es el diferente paisaje mediático. Un paisaje sin sin precedente en todas las convocatorias anteriores. Con cambios radicales en cuanto a la organización industrial de los medios, con cambios fundamentales en los formatos y las estrategias, y con cambios en el inevitable respaldo que los diferentes grupos empresariales otorgan a las diferentes formaciones políticas. Hay agraciados y hay damnificados. 

En cuanto al panorama interno de los medios, el drama laboral se ha cebado también con el sector. Antes de los comicios de 2011 los expedientes de regulación de empleo, con despidos, suspensiones de contrato y reducciones de jornada y otras condiciones, habían provocado una terrible sangría de capital humano en los grandes grupos de comunicación, incluyendo los públicos. A partir de la llegada al poder del Partido Popular, la reforma laboral ha oficiado como gasolina para avivar la llama. Sólo en 2012, primer año triunfal, ya advertía Mariano Rivero, coordinador de la Agrupación de Periodistas de la UGT sobre el coste humano de los diferentes ERE en la desaparecida RTVV, en PRISA y Unidad Editorial, en el cadavérico Grupo Z o en la Agencia EFE, para calificar la situación como la mayor crisis que está viviendo el sector durante el actual periodo democrático que comenzó con las elecciones del año 1977. Como consecuencia inevitable, esta situación está afectando a la calidad de la información y al libre ejercicio del periodismo, con tres aspectos vitales que hoy, en 2015, nos siguen preocupando a muchos/as ciudadanos/as: los estragos de la Reforma Laboral, el miedo de los profesionales a perder el puesto de trabajo y las decisiones que, por una parte los gobiernos (central y autonómicos) están tomando sobre RTVE y los canales autonómicos, y, añado yo, las que están tomando las propiedades de los medios privados. Las consecuencias en la calidad y en el sesgo del trabajo están a la orden del día, como ocurre en tantos otros sectores económicos del país.

En cuanto a los denominados formatos, a la agilidad y ventajas que conlleva la aparición de medios exclusivamente digitales y al protagonismo de las redes sociales no les ha acompañado un paralelo aumento de los conceptos de calidad y de excelencia, con honrosas excepciones. El modelo genérico de TV espectáculo que promueven los grandes grupos mediáticos privados desde hace años y que antes se circunscribía a materias más relacionadas con el ocio (cuando no la frivolidad), pasó más tarde al deporte, y tiene desde hace casi dos años su correlato en las cosas de la polis. La caza del titular, la conquista del hastag rápido, la construcción de la sentencia en 140 caracteres y la victoria en el share televisivo son ya el nuevo paradigma del debate político. El golpe de efecto prima más que el argumento para la reflexión. No en vano, los líderes de las denominadas fuerzas emergentes destacan por la naturalidad en el dominio de la escena mediática, fundamentalmente televisiva, y algunos tuvieron su estreno en la notoriedad pública, precisamente, en las tertulias todológicas, en las que siguen. La presencia semanal y el dominio de las cuotas en este tipo de formatos de tertulia o en los programas late night en fin de semana aseguran un nivel de conocimiento que deja ya fuera de lugar a los viejos actos electorales. El tradicional mitin, el puerta a puerta o los espacios reglados por la Junta Electoral en los medios públicos son ya sólo reliquias para disfrute de los muy cafeteros de las diferentes formaciones políticas.

Finalmente, la tendencia. Sin tratar de elaborar un exhaustivo mapa político de los medios, ya que no es la misión de este artículo, sí cabe señalar que el Partido Popular sigue contando con buena parte de los apoyos de 2011, a los que suma la lamentable degeneración de RTVE bajo su administración. El mayoritario sesgo conservador de la prensa española se rinde, solamente, a los encantos de Albert Rivera. Ciudadanos comparte con el Partido Popular el favor de la prensa conservadora, y al mismo le une la deriva que El País y PRISA han ido desarrollando desde su posición de tradicional atalaya de la izquierda y del liberalismo progresista desde los albores de la Transición hacia posiciones cercanas ya al centro-derecha sin complejos. Podemos, formación política que ha sido atacada desde su génesis por los sectores más antediluvianos de la prensa conservadora española, mantiene el curioso apoyo de un grupo de capital conservador, Atresmedia, que convierte alguno de los programas de La Sexta en festivales de eficacia impagable, mientras que se condena a la oscuridad a fuerzas políticas de (todavía) amplia representatividad. La política está cambiando, y quizá estemos ya ante la materialización de algunas percepciones: las élites económicas, las propietarias de los los grandes grupos de comunicación, tal vez han aceptado ya la definitiva muerte del bipartidismo tradicional de forma que, en el mejor de los casos, el panorama en ciernes es el del multipartito a la italiana en el que Partido Popular y Partido Socialista dejarán de ocupar el lugar cuantitativo y cualitativo que han ostentado hasta el momento. Aún a riesgo de caer en las conspiracy theories, hay que señalar que apuestan claramente por un bipartidismo alternativo e imperfecto en el que a izquierda y derecha cambian los referentes. Y aún a riesgo de caer, por mi militancia, en el victimismo, creo observar que existen dos fuerzas políticas paganas a las que se les va a someter a una involuntaria invisibilidad. Izquierda Unida (Unidad Popular) y fundamentalmente Partido Socialista se van a ver obligadas a redoblar esfuerzos para hacerse un hueco casi a codazos en un escenario mediático en el que otros contarán con oportunidades por triplicado para la exposición del proyecto y a echar mano de imaginación para sacar la máxima efectividad del mensaje en el mínimo tiempo y espacio disponibles. Lo he afirmado en varias ocasiones: no creo en las casualidades. Y el tratamiento a unos y otros no es nada casual. La fragmentación de las opciones de izquierda y la pujanza mediática de Ciudadanos en la parte opuesta del arco son situaciones con vasos comunicantes. Mientras, el drama de la unidad de España en peligro otorga al PP oxígeno teñido de institucionalidad.

Un tiempo absolutamente nuevo y una disposición para la batalla igualmente nueva que tendrán el correlato de consecuencias desconocidas hasta ahora, sea cual sea el resultado electoral de diciembre. Será apasionante, no obstante, su análisis. Quedan ya sólo cuarenta días.