Más argumentos y menos sorpresas

Ignacio Sánchez-Cuenca

Los resultados de este Gobierno son bastante espectaculares en muchos ámbitos. Más todavía si se contemplan todos conjuntamente: frente a la inactividad de los gobiernos de Aznar, sorprende la cantidad de reformas y medidas que se han llevado a cabo en esta legislatura. Aunque en este blog ya se han mencionado muchas de ellas, no está de más un repaso muy sumario de la gran variedad de cosas a mi juicio positivas que se han hecho estos cuatro años: extensión de políticas sociales, extensión de los derechos civiles, ley de memoria histórica, ley de igualdad, inversiones masivas en I + D, medidas contra la precariedad laboral, plan de vivienda, plan ingenio, inversiones cuantiosas en infraestructuras y educación, retirada de las tropas de Iraq, carné por puntos, reforma de la televisión pública, ley del tabaco, ley de conciliación de la vida laboral y familiar en la Administración, extensión de la Administración electrónica, asignatura de educación para la ciudadanía, etcétera, etcétera, etcétera.

Sin embargo, ni el Gobierno ni el PSOE saben utilizar estos logros para neutralizar los mensajes catastrofistas del PP y de los medios reaccionarios. Los socialistas no saben contar una historia convincente a partir de los resultados obtenidos que sirva de contraste al estribillo permanente sobre la desintegración de España, la rendición ante ETA y la crisis económica.

Llegados a este punto, muchos recurren al lugar común de que “hay un problema de comunicación”. Pero ¿qué quiere decir esto exactamente? ¿De dónde procede ese problema? ¿Y cómo puede evitarse?

Me referiré a continuación a dos obstáculos claros que impiden que la gente tenga una percepción razonable de lo que se ha conseguido en estos años.

En primer lugar, la falta de seriedad con la que miembros del Gobierno y cuadros del PSOE se enfrentan a los argumentos del PP. Ahora que se aproxima la campaña electoral y empiezan a prodigarse los debates entre políticos, los síntomas son bastante preocupantes. El otro día el Ministro de Justicia, en un debate en la Ser con uno de los políticos más marcados por las mentiras del 11-M, no fue capaz de ofrecer un solo argumento en defensa del proceso de paz que no consistiera en que Aznar había hecho algo parecido. No es un caso aislado. Esta misma semana, en Telemadrid los socialistas, si bien es verdad que en condiciones desfavorables, no supieron hacer frente al vendaval de críticas que venían de la derecha. Por no recordar aquel debate, hace ya meses, entre Moraleda y Elorriaga…

Es como si los socialistas pensaran que su condición de progresistas les exime de prepararse argumentos efectivos y contundentes. En ocasiones se les queda cara de pasmo cuando escuchan las barbaridades del PP, sin saber cómo responder. La derecha se prepara su “argumentario” a conciencia: tres o cuatro puntos sencillos, que todo el mundo pueda entender, y a continuación machaca con esos tres o cuatro puntos sin salirse del guión. La izquierda se pierde en disquisiciones y vaguedades y, lo que es peor, cada dirigente prepara sus propias vaguedades, que rara vez son coincidentes con las de sus compañeros de partido. Parece haber alergia a construir un discurso efectivo.

El problema viene de lejos. En 1993, Aznar destrozó a González en el primer debate. Felipe no sabía cómo responder a la cantinela insistente e insidiosa del “paro, despilfarro y corrupción”. Recuerdo la incapacidad de González para reponerse. El segundo debate, en cambio, se lo preparó a conciencia y ganó de calle.

¿Por qué no han aprendido los socialistas de aquella experiencia? Ya podían inspirarse un poco en la experiencia del Partido Laborista. Desde que Blair cogió las riendas, los laboristas se tomaron con la mayor seriedad posible la necesidad de ganar el debate público, imponiendo los temas en los que tenían ventaja y desde una perspectiva ganadora. Eso requería que todos los miembros del partido asimilaran los argumentos que el partido elaboraba y hubiera unidad y constancia en el mensaje enviado a la ciudadanía.

A veces parece que el PSOE y el Gobierno intentan compensar este déficit argumentativo, que no es sólo un problema de comunicación, sino que también afecta a la rendición de cuentas en democracia, mediante golpes de efecto y sorpresas más o menos improvisadas. El maestro supremo en estas lídes es el propio Zapatero. Que el PP y los medios agobian demasiado: pues Zapatero se va a dar un mitin y el domingo anuncia una “medida bomba”. En lugar de desmontar el entramado de mentiras del PP, se prefiere intentar taparlas con el ruido de una medida sorpresa. El ejemplo más reciente, la reducción de los 400 euros. Toda una chapuza de comunicación. Al día siguiente Caldera decía una cosa, Solbes otra, y ninguna de las dos coincidía con el anuncio de Zapatero. No se sabía si era una medida excepcional o una reforma fiscal encubierta. No se calibró seriamente sus consecuencias políticas y electorales. Y se anunció sin un debate previo en el seno del partido o en la sociedad, de tal manera que los expertos en la materia pudieran haber dado su parecer.

En lugar de intentar de captar titulares, el Gobierno y el PSOE podían dedicarse a construir un discurso sólido que revelase las falsedades del PP y sacara a relucir los éxitos de la legislatura. Algunos, sin duda, lo agradeceríamos.  

Para finalizar, una anécdota.  En la campaña publicitaria de la precampaña hay un cartel en el que sale un Zapatero optimista bajo el mensaje “Por el pleno empleo”. Justo ahora cuando las noticias confirman que el optimismo del Gobierno ha sido excesivo. Una cosa es que no estemos en la recesión profunda de la que a veces habla el PP. Pero otra es no entender que en estos momentos, de todos los mensajes posibles, cuando el mercado de trabajo está mandando signos preocupantes, se elija “Por el pleno empleo”. Parece un sarcasmo.