Marruecos: tan cerca, tan lejos

Barañaín

 Con la aprobación en referéndum, por amplia mayoría, del proyecto constitucional auspiciado por el rey Mohamed VI, Marruecos ha dado un paso importante en su progresión, lenta pero continua, hacia una democracia parlamentaria.

 Se le podrán poner todos los peros que se quiera, ya sea en lo concerniente a la forma en que se ha elaborado, a la escasez de debates sobre la cuestión  o a las garantías del escrutinio,  siempre que se reconozca que aún con esas limitaciones –infinitamente más leves que las existentes en cualquier otro país del mundo árabe-, Marruecos está haciendo realidad un avance hacia la democracia efectiva  que sus vecinos del norte de África aún no son capaces de imaginar pese a las esperanzas (¿excesivas?) depositadas en la “primavera árabe”. Y eso es bueno para Marruecos y es bueno para España aunque tantos aquí se empeñen en despreciarlo. Porque si España es la puerta de Marruecos hacia Europa y Occidente, Marruecos es nuestra puerta hacia África y el mundo árabe.

 El empeño puesto por no pocos políticos españoles –y casi todos los medios de comunicación-, en asimilar el proceso político marroquí al de ese conjunto del mundo árabe tan convulso en los últimos meses ha sido una muestra más de la miopía con la que habitualmente observamos al país vecino. Así, se han magnificado las manifestaciones callejeras de protesta en algunas ciudades marroquíes –de discreto alcance y protagonizadas por el islamismo militante y por algún grupo comunista cuya representatividad en la sociedad marroquí es perfectamente imaginable-, buscando, contra toda evidencia, un inexistente paralelismo con la situación de Túnez, Libia o Egipto. 

En realidad, aunque es razonable suponer que la convulsión en el norte de África haya estimulado el acelerón al proceso democrático por parte del monarca marroquí (curiosamente, la prensa española se refiere siempre a la “monarquía alauita” en alusión a esa familia real, aunque no hablan de nuestro país como la “monarquía borbónica”), el camino estaba ya iniciado mucho antes de que un joven tunecino encendiera con su propio cuerpo esa “primavera árabe”. Con altibajos, se inició ya con al acceso al trono del actual monarca. 

El pasado mes de diciembre, la Unión Europea felicitaba a Marruecos por las reformas y modernización emprendidas dos años después de que ambas partes suscribieran el “estatuto avanzado” que regula la relación del país norteafricano con la UE. No sólo se reconocían su cooperación en materia de seguridad e inmigración y en el desarrollo de las relaciones comerciales; también  sus esfuerzos en materia de empleo, avances sociales,  igualdad entre hombres y mujeres, derechos humanos y libertades. ¿Cómo recogieron los medios españoles aquella importante y extensa declaración de los 27 de la UE sobre Marruecos? Ignorando su contenido – de 36 puntos -, y alertando a nuestros agricultores sobre la “guerra del tomate” que se avecinaba (¡será que nos consideramos un país solidario con los que están en vías de desarrollo…siempre que no compitan con nosotros!). 

Afortunadamente, aunque el desdén y la desinformación sobre los avatares de la política marroquí siguen bien  instalados en la opinión pública española, las relaciones entre ambos países –en lo político y  lo comercial-, no han dejado de mejorar en los últimos años, olvidada ya la estúpida peripecia del islote Perejil y pese a tropiezos como el del “caso Haidar”. La cooperación en materia antiterrorista y en el control de la inmigración irregular sigue siendo positiva. Marruecos es el segundo cliente de España, fuera de la Unión Europea y es el principal destino de las inversiones españolas. Hoy en día son 600.000 los marroquíes que viven oficialmente en España, y los episodios racistas son menos frecuentes que en Francia u Holanda, por ejemplo. 

Persiste, claro está, el  “contencioso saharaui” pero, afortunadamente, ya sólo se dirime entre plúmbeos comités y dictámenes de Naciones Unidas  y hace tiempo que ha perdido su capacidad de desestabilizar el Magreb.  No obstante,  como el autodeterminismo del Polisario  es el único que entre nosotros goza de buena prensa no hay que descartar nuevos brotes de intoxicación como el que padecimos a propósito del desalojo, hace unos meses,  de un macro-campamento de protesta saharaui por parte de la policía marroquí: aunque se saldó con una decena de víctimas, todas ellas entre las fuerzas del orden, en nuestros medios sigue evocándose  una inexistente  masacre causada a los saharauis. 

El año pasado, el Barómetro del Real Instituto Elcano revelaba la pésima valoración que los españoles tenemos de Marruecos (¡algo peor, incluso, que la de Israel!). ¿Por qué los españoles odian a los marroquíes? ¿Por qué este alejamiento entre dos países tan cercanos? ¿Por qué esa visión tan cargada de estereotipos negativos?

Catorce siglos de conflictos y desencuentros dan para mucho: la presencia musulmana en Al Andalus, la posterior reconquista cristiana, la expulsión de los moriscos, la guerra de África, el protectorado, la insurgencia de Abdelkrim, el desastre de Anual, los moros que trajo Franco, las demandas sobre Ceuta y Melilla, la descolonización del Sáhara, la inmigración, el narcotráfico…son elementos que  han ido conformando en el imaginario colectivo español una imagen desvirtuada –mezcla de desprecio y rencor-, del pueblo marroquí.

 Para muchos españoles el marroquí se relaciona con la traición, la barbarie,  la vagancia, el machismo, etc… elementos que lo hacen poco fiable. El español medio sigue viendo al “moro de abajo” como un analfabeto, pobre y fanático; nunca como su igual. Los medios de comunicación no ayudan a disolver el estereotipo. Al contrario, pese a la polarización existente con otros asuntos, la representación del marroquí en la prensa  de derecha y de izquierda es coincidente. Marruecos es un “régimen no democrático”, “empobrecido por sus gobernantes”, “contrario a los derechos humanos”, “opresor de su pueblo”, son algunos de los titulares aparecidos en la prensa española durante el año pasado. Predomina el enfoque catastrofista, negativista y exagerado.

Es tan persistente el estereotipo que a veces se busca una explicación en el terreno de la psicología. Hay quien piensa que, como en un espejo, actuamos respecto a los marroquíes como si se tratara de un exorcismo ante unos rasgos en los que reconocemos lo peor de nuestros propios defectos. 

El caso es que en España no se acaba de asumir el desarrollo de Marruecos. Por eso, con la irrupción de la primavera árabe, era casi cómica la ansiedad de algunos por pronosticar desastres sin cuento para el régimen marroquí. Nos separa tan sólo un estrecho, pero a veces parece como si hubiera todo un océano de por medio.

4 pensamientos en “Marruecos: tan cerca, tan lejos

  1. Comparto con Barañaín su descripción de lo que siente el español medio de Marruecos y los marroquíes: “Para muchos españoles el marroquí se relaciona con la traición, la barbarie, la vagancia, el machismo, etc.… elementos que lo hacen poco fiable. El español medio sigue viendo al “moro de abajo” como un analfabeto, pobre y fanático; nunca como su igual.” Confieso que yo también albergo estas percepciones en lo más hondo de mi cerebro. Las razones históricas que da Barañaín son las que han alojado en mi mente estas percepciones. Tengo una más: los madrileños que muertos de hambre salieron a aplaudir la entrada de las tropas de Franco en Madrid se encontraron con moros que les quitaban su reloj y cualquier otro objeto valioso por mucho que aplaudieran. Esto me lo contó un pariente al que le quitaron el reloj de pulsera.

    Pero, en fin, también en el cerebro está la razón y, desde entonces, he ido desmontando estos prejuicios de mi cerebro. Marruecos y sus habitantes son nuestros vecinos y tenemos que aprender a tolerarnos. También los agricultores franceses han agredido nuestros camiones cargados de frutas y hortalizas en muchas ocasiones. Es decir, los intentos de agricultores españoles de prohibir el paso por España de productos marroquíes es comprensible y no puede atribuirse al odio y desprecio al Marroquí.

    En cuanto a la nueva constitución marroquí, obviamente hay que aplaudirla aunque sea aún insuficiente. Creo que Juan Carlos influyó mucho en el rey Hassán II para que cediera sus poderes absolutos. Estuvo en la capital de Marruecos las semanas previas a la publicación del proyecto de modificación sin duda para dorarle la píldora a Hassán.
    Seguramente le recordó el triste destino de Alfonso XIII por negarse a convertirse en un rey representativo y no ejecutivo.

  2. Pero a ese pariente tuyo ¿como se le ocurrió salir a saludar a la soldadesca con un valioso reloj en la pulsera?

  3. No recuerdo que fuese valioso, simplemente para los moros era un buen souvenir. Ya sabes, costó ocho siglos echarlos y Franco los trajo en un día. Parece que el tema de Marruecos no suscita mucho interés. Vivimos a espaldas de Marruecos al igual que de Portugal. Eso si, los Saharauis nos molan mucho.

  4. (Pablo Sánchez Martínez).

    Una historia de luces y sombras, la de la Reconquista. No fue todo ni tan bonito como pintan los católicos, ni tan horrible como pintan los socialistas.

    Así, por ejemplo, tras la toma de Toledo en 1085, Alfonso VI (que se proclamó “imperator toletanus”, “rex totius Hispaniae”, “magnificus” y “triumphator”) perrmitió a judíos y musulmanes seguir ejerciendo su libertad religiosa.

    Pero sucede que todas las revoluciones prometen, prometen, pero luego las cosas no son tan bonitas y con frecuencia acaban en tragedia. Y la revolución toledana no sería una excepción. Y lo que comenzó siendo una fiesta, acabó convirtiéndose por obra y desgracia de la Inquisición en una sociedad de delatores, en un régimen opresivo. A esto fue a lo que se llamó “máximo religioso”. En contra de lo que puede parecer, los musulmanes no fueron los peor tratados por la Reconquista, peor lo pasaron los judíos, los conversos y los herejes. Conviene recordar que no toda controversia era político-religiosa, sino que con frecuencia las peleas y persecuciones venían por temas personales, por envidias, etc. Así por ejemplo estaba la cuestión de los linajes. Así, existían unos cristianos antiguos que tenían el poder en Toledo, que eran los llamados “lindos”. Y éstos odiaban a los conversos, porque eran mejores cristianos que ellos, al tener la experiencia de haber estudiado directamente el Antiguo Testamento y, ser por ello conocedores de la hebraica veritas. Y aparte de esto, prosperaban con mucha facilidad y nadaban en la abundancia, cosa que no soportaban los cristianos viejos llamados “lindos”. Éstos, temiendo verse desplazados por los conversos, lanzaron todo tipo de calumnias contra ellos, lo que a su vez era el preludio de una persecución.

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