Marea baja

Lobisón 

Ya conocemos la frase: cuando baja el agua se puede ver quién nadaba desnudo. Esto vale para ese gran amigo del liberalismo económico, Díaz Ferrán, pero también para el pequeño escándalo de Amy Martin. Aunque haya sido una gestión opaca lo que ha llevado al cese del director de la Fundación Ideas, el origen del problema es que con marea alta parecía posible pagar cifras absurdas a una columnista desconocida. Y que quienes se han quedado en seco al bajar el agua han señalado el hecho como un ejemplo escandaloso de mala gestión, por motivos personales o familiares. Es notable que en las informaciones al respecto se dice normalmente que esos pagos se habían suspendido en 2012 por dudas sobre la autora, cuando es mucho más lógico pensar que la verdadera causa fue que se había acabado el dinero.

Porque esta es la clave: al acabarse el dinero muchas cosas que antes parecían posibles han dejado de serlo, y así se ha hecho evidente que incluso cuando había dinero dedicarlo a esas cosas podía ser una locura, y a menudo una irregularidad o un delito. La burbuja y sus promesas de crecimiento ilimitado explican buena parte de las conductas que ahora no sólo nos parecen escandalosas, sino bastante incomprensibles. Y luego está el otro factor, lo que se ha dado en llamar el mal de altura: el sentimiento de impunidad que se puede apoderar de las personas cuando alcanzan niveles de poder y responsabilidad para las no estaban preparadas psicológicamente.

La información de El País sobre los tesoreros del PP el pasado domingo sugería que Luis Bárcenas es el único que había llegado a esa posición sin contar previamente con fortuna personal. Y es curiosa la declaración de Sanchís en el sentido de que él nunca habría avalado a Bárcenas si hubiera sabido lo que ahora sabe. No sabemos en realidad qué es lo que sabe Sanchís y los mortales de a pie sólo sabemos la información que nos da la prensa, que no es lo mismo que una enumeración de hechos probados. Pero la hipótesis no es desdeñable: la carrera de Bárcenas hacia la fortuna podría entenderse como una estrategia para llegar al mismo nivel que sus predecesores.

Y si existieron los sobres con dinero negro, podrían ser no sólo la prueba de una contabilidad B del PP, sino también un intento de asegurarse el silencio y la connivencia de quienes los cobraban. Por eso se puede pensar que Bárcenas se siente traicionado y está dispuesto a vengarse revelando los nombres de los beneficiarios. Incluso se podría elogiar en este caso la prudencia de Rajoy al esperar para pronunciarse al respecto a que concluya la investigación de los hechos. Por supuesto que esto es una manifestación de su carácter, que siempre le lleva a posponer las decisiones complejas, pero también es de elemental prudencia: ni puede ponerse a cortar cabezas a tontas y a locas ni puede poner la mano  en el fuego por nadie sin temor a sufrir graves quemaduras. El caso Camps está demasiado reciente en su memoria.