Tras el 27S

Manuel Lobo

El siguiente capítulo de lo que muchos llaman el problema catalán, está llegando a su desenlace. El próximo día 27 de septiembre sabremos cómo finaliza y podremos avanzar y comprobar cómo continúa este juego que vienen desarrollando Artur Mas y Mariano Rajoy desde hace unos cuantos años.

En ese tiempo sólo han conseguido, por ambas partes, radicalizar en sus posturas a sus más fervientes seguidores y arrastrar, por méritos del contrario más que por los suyos propios, a una cada vez más numerosa masa social de parte del contrario.

Después de todo este tiempo, tengo que reconocer que estoy agotado de esta secuencia de  pasos en sentido contrario, como si fueran dos duelistas del siglo XIX dispuestos a girarse al final de la cuenta y disparar intentando lograr ganar este loco duelo sin tener en cuenta que si aciertan, habrán matado tanto a España como a Cataluña.

Y no son pocos los que están convencidos que ese es el camino a seguir.

Los argumentos técnicos, económicos o políticos ya llegan tarde al debate. Ya no sirven ni la posible, pero no segura, mejora económica derivada de caminar en solitario por parte de los convencidos independentistas, ni el discurso sobre la salida de la Unión Europea y, por tanto. del euro de los otros.

Como casi todas las decisiones que se toman de forma individual, la emoción se antepone a la razón, y sirve de instrumento para el autoconvencimiento sobre el carácter racional de la decisión tomada.

Por eso tengo la sensación que el número de personas que apuestan por una Cataluña separada de España crece cada día, no por convencimiento racional, sino por la emoción y pasión que transmiten los valedores de esta opción. Basta con escuchar cómo es la comunicación de ambas partes y comparar.

Hay que reconocer que el planteamiento de Cataluña ha puesto sobre la mesa un problema mal resuelto de la organización de España emanada de la Constitución de 1978: la organización territorial del Estado. Organización que no ha sabido delimitar adecuadamente las funciones de cada ámbito territorial, por lo que deja mal encajados en ella a muchos territorios.

Quizá la excesiva preocupación por buscar identidades localistas, tratando de defender las   propias diferencias culturales, junto con el hecho de que, excepto en el ámbito deportivo, las demostraciones patrióticas hacia España estaban monopolizadas por la derecha, han posibilitado que sea más fuerte el sentimiento identitario de la región que el de la nación.

 La medieval Marca Hispánica de los reyes Carolingios, que dieron origen a los condados vasallos del Reino de Aragón, y que en el siglo XV se unió al resto de Reinos que formaron España, desarrolló, al igual que otras regiones, una cultura y un sentimiento de pertenencia propios que han llegado hasta plantearse ser una nación y querer decidir sobre su salida de la nación en la que conviven

 Y ahora ¿qué? ¿No hay más opciones que la defensa de las posturas actuales?

Creo firmemente que esta situación tiene otros caminos que nos pueden llevar a que todos, no solo Cataluña, sino el conjunto de España, ganemos.

Es difícil de entender una España sin Cataluña y una Cataluña sin España. Como es difícil de entender que es necesario replantearnos las relaciones entre el Estado y las diferentes regiones que lo componen.

Me gustaría que existiera una nueva oferta de convivencia más allá de promesas de cambios constitucionales inciertos.

Desearía que no se frenase el carácter internacionalista e integrador que hace que los españoles queramos integrarnos en algo más grande, como la Unión Europea, y que las secesiones de regiones rompen.

Cataluña  tiene lazos con el resto de las regiones que forman España, lazos que quiero que sigan existiendo.

Además de la historia pasada compartida, las uniones familiares por el fenómeno de la inmigración de otras regiones en los años 60 y 70 del siglo pasado; los vínculos comerciales y empresariales con el resto de las regiones, especialmente con Madrid, que hicieron necesario el Puente Aéreo en 1974; o incluso los enfrentamientos deportivos del Madrid y el Barcelona que tantas pasiones levantan…

Entiendo el hartazgo de un sistema de organización territorial emanado de la Constitución del 78 que satisface, en la actualidad, a muy pocos. Un sistema con descentralización de competencias a la carta, pero con poco margen de maniobra en los ingresos, generando tensiones territoriales. Un sistema donde no quedan claros los limites competenciales. Un sistema donde no encaja toda la población española por su diversidad.

Este marco agotado del 78 es el creado por la generación que, tanto en el gobierno de Cataluña como en el de España, estaba cerca del poder cuando se generó; pero paulatinamente entran nuevas generaciones que ya crecimos con estas reglas, que consideramos imperfectas, y que desearíamos fuesen otras.

Ahora es la hora de buscar cambios que nos permitan establecer un nuevo marco donde, todos juntos, sigamos adelante en un Estado que siga siendo de los más avanzados en descentralización, cercano a sus ciudadanos. Donde sigamos con la fortaleza que nos otorga ser uno de los países más grandes del continente Europeo.

Sea cual sea el resultado del 27S, no debe servir para seguir alimentando posiciones encontradas que solo conducen a continuar el duelo. 

Espero que en los próximos meses, los responsables políticos que se hagan cargo de Cataluña y de España, tras las generales de final de año, sean capaces de dialogar y de encontrar una vía alternativa a las que ahora se plantean y que sea la solución para una mejor convivencia de todos los españoles.