Manual contra el populismo

LBNL

El resultado de las elecciones italianas ha vuelto a poner sobre la mesa la urgente necesidad de encontrar una fórmula para atajar la amenaza creciente del populismo político que se está extendiendo por toda Europa. Recordemos que Cinco Estrellas fue el partido más votado y que la racista Lega le ganó la partida a Berlusconi dentro de la coalición de derechas. Y también que la ultraderecha austríaca ha llegado al gobierno tras cosechar un 20% de los votos, que la neonazi AfD consiguió un 13% de los votos y más de 90 diputados en el Bundestag, que Marine Le Pen fue la segunda candidata más votada en las elecciones presidenciales francesas, que el partido del xenófobo Wilders fue el segundo más votado en Países Bajos, y que en Hungría, Polonia, Chequia y Eslovaquia gobiernan partidos y/o líderes eminéntemente populistas. O el referendum del Brexit o, algo más lejos, la elección de Donald Trump en Estados Unidos. Es decir, el ascenso del populismo no está en duda. Para conseguir revertir esta peligrosísima tendencia es esencial diagnosticar bien la causa de la misma. En mi opinión, el origen principal del mal es clarísimo: son decenas de millones – probablemente más de un centenar – los europeos que viven peor de lo que lo hacían hace pocos años, que viven peor que sus padres en la segunda parte del siglo pasado y que tienen la fuerte sospecha de que sus hijos vivirán en condiciones aun más precarias.

Los políticos – de izquierda y de derecha – son poco carismáticos, mediocres, anteponen sus intereses personales y partidistas a los generales y hasta roban pero, sobre todo, no fueron capaces de prever o eludir la gran recesión ni mucho menos han evitado que la factura recaiga sobre los menos favorecidos. La ira contra los gobernantes crece al mismo ritmo acelerado que la desigualdad en nuestras sociedades. Como afortunadamente partimos de un grado de protección asistencial que mitiga los efectos de la crisis, no hay mimbres para la revolución o el alzamiento violento. Pero si para protestar votando a quién más grita contra el sistema, incluso a sabiendas de que sus propuestas son arriesgadas o incluso huecas. Porque una gran parte del electorado no pretende elegir entre opciones de gobierno sino castigar a la clase política tradicional, responsable de su negativa situación actual y futura.

Ahora bien, la derecha tradicional – más o menos centrada – resiste mejor el embate populista. Para empezar, tiene margen ideológico para cooptar banderas populistas escorándose un poco más prometiendo mano dura contra los criminales, inmigrantes o terroristas según toque. Pero además la derecha cuenta con el efecto de varias décadas de pregón y propaganda del pensamiento único neoliberal: la iniciativa privada es eficaz frente a la ineficiencia de la acción pública y la bajada de impuestos y la desregulación estimulan la actividad económica. Son legión los que han sido convencidos por el mantra y más todavía los que se han resignado a la aparente inevitabilidad del capitalismo liberal como única política económica sensata.

Por el contrario, la socialdemocracia sufre de un doble handicap. De una parte, no puede aspirar a ser percibida como una verdadera alternativa económica si se resigna en la práctica a competir solo en términos de mejor y más amable gestión. Así viene siendo desde que aceptó las recetas económicas de la derecha: la denominada Tercera Vía de Blair en Reino Unido, la Agenda 2000 y sus mini-jobs de Schroeder en Alemania o, salvando las distancias, la derogación por parte de Clinton en 1999 de la ley Glass-Steagall que imponía la separación de los negocios de la banca de inversión y la comercial aprobada por Roosevelt en 1933 para evitar la repetición de crisis como la de la Gran depresión de 1929. Algo menos de una década de especulación financiera geométrica, la economía mundial estuvo a punto de reventar.

Algunos cambios sustanciales – adelgazamiento por la base de la pirámide poblacional, globalización creciente gracias al abaratamiento del transporte y las comunicaciones… – han alterado las condiciones sobre las que se basaba el Estado del bienestar post Segunda Guerra Mundial por lo que no tiene sentido que la izquierda se encasille pretendiendo mantenerlo inalterado. Pero una cosa es limitar el intervencionismo público en la economía de mercdado y otra bien distinta renunciar a regular los mercados.

Angela Merkel pregonó tras la Gran recesión de 2008 que la Unión Europea reunía alrededor del 8% de la población mundial, creaba el 25% del PIB mundial y acaparaba el 50% del gasto social mundial, de los que se deducía que era indispensable incrementar el PIB y reducir el gasto social europeos hasta que se encontraran en un porcentaje similar. Las cifras son ciertas y la izquierda no puede simplemente mirar para otro lado e ignorarlas. Pero tampoco debe aceptar la conclusión neoliberal como inevitable porque la devaluación interna no es la única alternativa económica ni desde luego la más sensata.

En términos económicos la social-democracia debería ser capaz de proponer soluciones alternativas como, por ejemplo, las contempladas durante la negociación de la Ronda Uruguay del GATT que culminó con la creación de la Organización Mundial para el Comercio. El libre comercio es en principio intrínsecamente positivo porque permite a todos los actores disfrutar de bienes inaccesibles en sus lugares de origen y estimula la competitividad. Pero solo en la medida en la que todos los actores compitan en condiciones similares. Abrirse a la libre circulación de mercancías, servicios y capitales sin acordar condiciones sociales y medio ambientales mínimas implica necesariamente la devaluación interna del mundo desarrollado.

La social-democracia debería pregonar que aunque el libre comercio con un país como Bangla Desh permita comprar ropa muy barata y que cientos de miles personas dupliquen o tripliquen su renta disponible pasando de ganar un dólar al día a ganar dos o tres, implica también que miles de trabajadores de nuestro entorno pierdan su puesto y condonar condiciones de trabajo semi esclavistas allende los mares contra las que en su momento luchamos con ardor para desterrar de Europa. La libre circulación de capitales con Singapur, por poner otro ejemplo, puede ser muy eficiente pero solo debería ser aceptable bajo unas condiciones de transparencia bancaria que impidan la evasión fiscal y, en la práctica, la subida de impuestos en Europa.

Es decir, la globalización no es en absoluto mala pero el modelo ultra liberal de globalización no es el único posible. No se trata de volver al proteccionsmo sino de exigir condiciones para participar en el comercio libre como ya se hace cuando se considera que un pais subvenciona directa o indirectamente un sector industrial concreto. De la misma manera que El Corte Inglés denunciaba en Davos recientemente que la competencia de Amazon era desleal por no tener que pagar los mismos impuestos ni tener que respetar las misma restricciones de horarios comerciales.

En su momento, los negociadores comerciales no consideraron conveniente incluir criterios de protección social o medio ambiental como condición de acceso al libre comercio mundial. Teniendo en cuenta los daños sociales en el mundo desarrollado y el tremendo avance desde entonces en términos de concienciación sobre el cambio climático, no debería ser imposible corregir el error y, desde luego, la social-democracia debería intentarlo.

Igualmente, la izquierda debería también anticiparse y formular soluciones para la inquietante perspectiva, cada vez más cercana, de que un porcentaje sustancial de los trabajos actuales sean próximamente automatizados. Cabe concebir un mundo en el que todos vivamos sin trabajar y sin necesidad de ingresar pero también otro en el que la inmensa mayoría malvivamos mientras unos pocos disfrutan de riquezas cada vez más grandes gracias a su propiedad sobre los robots que producen. ¿Qué propone la izquierda para revertir la tendencia que nos lleva en la segunda dirección?

El segundo handicap importante que padece la izquierda es el de rehuir el combate de las proclamas xenófobas y racistas limitándose a reprobarlas como inaceptables y falsas sin entrar a desmontarlas con datos para pasar rápidamente a otra cuestión con el fin de evitar un cuerpo a cuerpo sobre temas complejos que apelan a poderosos instintos identitarios. Al contrario, ante una ola de atentados, un aumento sustancial de la criminalidad o la llegada de cientos de miles de inmigrantes, la izquierda debería mostrar empatía por los temores que provocan, matizar con datos la magnitud del desafío, detallar las medidas más eficaces para afrontarlo y transmitir confianza en que va a ser capaz de superarlo con éxito.

Rehuir el debate sobre la explotación populista de un fenómeno solo es rentable cuando no está calando en la población. Para valorar lo cual es necesario patear la calle o mantener abiertos canales de información y, tan importante como lo anterior, prestarles suficiente atención. Todos hemos oído en múltiples ocasiones que en los ambulatorios “los españoles de toda la vida” tienen que esperar mucho más porque está lleno de latinos o marroquíes que “abusan” del sistema. Por no hablar de las prestaciones asistenciales, becas y viviendas de protección social que supuestamente acaparan por su menor nivel de renta. Lo que no se oye tanto es a políticos de izquierdas que nieguen la mayor con datos contundentes que no dejen lugar a dudas. O que, en su defecto, admitan el efecto negativo sobre los menos favorecidos y propongan medidas convincentes para mitigarlo. No, en general la izquierda niega la existencia del problema o desdeña su importancia al tiempor que denuncia la motivación racista o xenófoba de los que lo sacan a colación, lo que implícitamente convierte en cómplices a todos los que lo sufren o perciben que sufren un efecto negativo.

Es absolutamente pertinente recordar que los inmigrantes – también los irregulares – son seres humanos, reafirmar sus derechos inalienables y rechazar de plano cualquier expresión de racismo o xenofobia pero es necesario también aceptar que su llegada descontrolada en grandes números es un desafío que afecta más precisamente a quiénes menos tenían ya y proponer medidas tangibles para compensar tal efecto.

Algo parecido sucede con el terrorismo yihadista. La izquierda rechaza de plano – y con razón – que el islam sea intrínsecamente negativo y explica – que no justifica – la conversión de jóvenes inmigrantes de primera, segunda o tercera generación en yihadistas como producto de la marginación social que padecen los inmigrantes. Lo cual es absolutamente cierto pero insuficiente como diagnóstico y, sobre todo, como propuesta de solución. La marginación social es elemento generalmente necesario pero siempre insuficiente de no mediar un predicador milenarista y fundamentalista. Que todos estos últimos sean árabes no puede ser un freno para actuar contra ellos con la mayor contundencia mientras se subraya en paralelo – con datos – que son una ínfima minoría dentro de la comunidad árabo-islámica y que los barbudos salafistas son tan retrógados como los ultra ortodoxos católicos o judíos pero generalmente tan poco violentos como estos últimos. Es necesario, además, proponer medidas para poner coto a la marginación social que propicia las conversiones yihadistas de los vecinos de los menos favorecidos, transmitiéndoles la confianza necesaria de que se va a poner coto a la amenaza.

Es decir, si el problema existe o es percibido como tal por una parte suficientemente amplia de la sociedad no cabe simplemente negarlo y apuntar a causas alternativas a las aducidas por los populistas sin proponer en paralelo remedios a dichas causas alternativas. En caso contrario, se deja a los usuarios de los ambulatorios o los vecinos de los inmigrantes “amenazadores” frente a la disyuntiva de dar por buena la situación tal cual es u optar por las “soluciones” tan mágicas como inaceptables que defienden los populistas.

En conclusión, hay una estrecha correlación entre la crisis de la social-democracia y el ascenso del populismo. La tendencia de la izquierda a negar algunas evidencias y a plegarse al neoliberalismo la invalidan como alternativa ante los menos favorecidos, que son cada vez más por efecto de las devaluaciones internas, que quedan a los pies de los caballos de las propuestas xenófobas, autoritarias y proteccionistas de los populistas que al menos protestan a voces aunque lo hagan utilizando argumentos falsarios e inaceptables.

Es urgente que la social-democracia europea articule respuestas progresistas, modernas y eficaces a los principales desafíos que afrontamos. Pretender volver al pasado no sirve pero limitarse a a tratar de mitigar el neo liberalismo económico tampoco. La igualdad de oportunidades sigue siendo el vellocino de oro a perseguir actualizando las modalidades y amparando a los alienados por la globalización neoliberal.

Si no conseguimos ponerle coto, la crisis de la social-democracia europea acabará siendo un problema también para la derecha tradicional, que se verá superada como en Estados Unidos y sufrirá igualmente el efecto perverso del populismo sobre el progreso, la cohesión social y la economía, como ya es el caso en parte de Europa donde el respeto de principios democráticos básicos está tan en desuso como en la Rusia de Putin o la Turquía de Erdogan.

2 pensamientos en “Manual contra el populismo

  1. El post de hoy es excelente, gracias.

    Ahora mismo no tengo mucha posibilidad de entrar en todas la materias que abre, y solo hacer un breve apunte:

    En el tratado de libre comercio con Canadá (el CETA) si que hay clausulas referentes a que deben observarse una homogeneidad en las condiciones de los mercados laborales. Dos datos curiosos:

    -Están metidas dentro del apartao de “desarrollo sostenible” porque se considera que hacer un apartado de “derechos laborales” no es cosa de lso tratados de libre comercio, que son cosas “políticas”.

    -Cuando se habla de mecanismo de sanciones o de suspensión del acuerdo , cuando esta homogeneidad de condiciones laborales, o esta conculcación de derechos se produce, es Canadá quien esta pidiendo que estas sanciones existan. Es la Union Europea la que se resiste a que haya cualquier mecanismo disuasorio.

    una de las cosas que personalmente encuentro mas frustrante es que cuando ante las cuestiones relativas a tratados comerciales se señalan estas cosas, inmediatamente se te tilda de anticomercial, y de proteccionista. Si hablas de que en la Unión Europea desde unos años a esta parte la posición social es sobre todo retórica, ya que por debajo se opera en sentido contrario (de una manera que a veces entra dentro de la definición de hipocresía perfectamente). se te tilda de Eurófobo.
    No obstante este fantástico post a mi me da para mucho más, pero se tiene que quedar esto aquí.

  2. Muy brevemente añado dos cosas:

    No creo que sea deber de la izquierda cuestiones morlaes como son el trato a los refugiados o no permitir que se extienda falacias racistas. Al menos no es deber de la izquierda mas que de la derecha.
    En el momento en que a la izquieda o la socialdemocracia le corresponde no solo impulsar sus politicas de acuerdo a sus postulados, sino construir el entramado moral de la sociedad mas que a su contraparte ideológica, la SD está jodida, y eso es asi. A jugar con doble handicap, mientras que el oponente corre libre de todo.

    L Sd tiene que impulsar una agenda SD, y bastante tiene (en el buen entendido de que en el ideario SD hay valoroes muy profundos de respeto a los derechos humanos). Cuando hablamos de construir una europa decente y que pueda mirarse al espejo no es deber de la SD el ser el referente moral, o no más que al derecha. A los Orbanes, Los Berlusconnis y los Kacynskys, que los pare la derecha democratica, que , digo yo, existe.

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