Maneras de vivir II. Hacia dentro

Sicilia

En el post que iniciaba este serie, trataba de esbozarse cómo diferentes países tenían una mayor o menor relación comercial con el exterior y en qué especializaban sus intercambios. Se adivinaban distintas maneras de tener éxito, y de explotar las diferentes ventajas, al mismo tiempo que aparecían ciertos ejemplos objetivos como más razonables que otros.

En el post de hoy se cambia el objetivo del examen. Siguiendo la línea de las odiosas comparaciones, esta vez se trata de dilucidar cómo estamos en cuánto a nuestra estructura impositiva, o dicho de otra manera, cuánto, cómo y de dónde el Estado obtiene los recursos necesarios para desempeñar las funciones que los ciudadanos le hemos atribuido. Los datos que se presentan se han obtenido de Eurostat y no se ha realizado elaboración alguna con ellos, sólo ordenarlos.

Muy poco se ha debatido en la última expansión económica sobre el nivel necesario de impuestos y de dónde debían venir. A escala mundial –también nacional- la interpretación dominante ha sido que los impuestos siempre son demasiado altos, por tanto, siempre es positivo que bajen, porque existían enormes beneficios para la actividad económica, no por un innecesario estímulo a la demanda, ya que globalmente vivíamos una época de expansión, sino por factores de “competitividad”, palabra que mal manejada puede convertirse en una obsesión peligrosa.

Si por un casual, hablando ya a escala local, alguna vez se ha hecho una tentativa de reflexión incipiente acerca de si nuestra estructura impositiva es buena, mala o regular, ha sido descorazonadoramente frecuente encontrarse ideas inexactas y francamente demagógicas, que muchas veces acaban enturbiando el propósito ulterior de la reflexión.

Una de estas ideas inadecuadamente utilizadas es la existencia de una “Economía Sumergida”, que, como El Dorado, aportaría, de ser fiscalizada, los recursos necesarios para afrontar cualquier necesidad. Los motivos por los cuales la utilidad de este argumento se pone en entredicho ya ocuparon tres artículos en su momento y por tanto no se tratan.

Hoy se tratará de hacer visible cómo los diferentes países europeos han distribuido sus fuentes de ingreso, y observar de nuevo, qué posibles vías de cambio hay en función de lo que podamos alcanzar y a quién queramos parecernos. Como siempre que se detectan cosas bastante distintas de las que creíamos saber a priori, eso siempre es interesante.

Sorprende que este no sea el primer debate en una época en que se nos llenan las bocas, los telediarios y los periódicos de “reformas”, “cambios de modelo”, “futuro” etc. De una manera bastante poco honesta intelectualmente se escamotea de esta tormenta de ideas la relación más elemental que existe en actuación pública en la economía: la capacidad de gasto de inversión y de ofrecer servicios públicos de calidad depende, ante todo y sobre todo, de tener unos ingresos suficientes. Por supuesto, la búsqueda de la eficiencia debe ser constante, pero no empezar por: “oiga, ¿y usted qué quiere y cuánto quiere gastarse?”; esto contradice de manera tan obvia al sentido común que no debería ni ser necesario manifestarlo. No obstante, sucede todo el rato.

Entrando en materia, comencemos por ver cuanto recaudan los diferentes países en comparación con el tamaño de su economía; esto da idea del músculo del que disponen a la hora de actuar. El indicador se llama “Presión Fiscal Aparente” y suma todo lo que el Estado recauda: Impuestos Directos, Indirectos, Cotizaciones Sociales y Tasas; luego se divide por el PIB para ponerlo en relación con el tamaño de la economía del país.

La conclusión salta a la vista, España tiene una presión fiscal apreciablemente inferior a la de la Zona Euro. Muy inferior a las de Dinamarca y Austria, ejemplos citados hasta la saciedad en la reciente polémica en torno a la reforma labora, por ejemplo. Cuando hablamos de determinados sistemas de salud, de educación de I+D, de fomento a la exportación etc., es curioso cómo oportunamente siempre escamoteamos esta ratio, como obviando que precisan financiación.

Si exceptuamos al Reino Unido, no estamos acompañados en la tabla de ningún vecino tentadoramente ejemplar. Irlanda es el único ejemplo de modelo de crecimiento ampliamente citado (aunque también con sus detalles no tan bonitos) que tiene unos ingresos sobre PIB netamente inferiores.

Supongamos que nos hemos vuelto locos todos –o hemos recuperado la cordura- y llegamos a la conclusión de que queremos subir los impuestos. Subir los impuestos tiene dos costes, el primero en términos de eficiencia global. La teoría económica, y un poco el sentido común, nos dice que cuántos más ingresos de una actividad que yo realice, tenga que entregar a un tercero sin disfrutarla, menos ganas tendré de llevarla a cabo. Comprensible por tanto que haya que tener esto en cuenta. El otro coste de las subidas de impuestos es el coste de equidad. ¿A quién y sobre quién puedo repercutir los impuestos? ¿Quién está soportando más o menos carga? Desgraciadamente de nuevo en este caso suele tirarse de demagogia e inexactitud con mucha facilidad. Todos los colectivos tenemos poderosas razones para pensar que ya pagamos suficientes impuestos y que, sin embargo, hay poderosos motivos para que el aumento corra por cuenta de otro. De nuevo, parece anteponerse el carro a los bueyes. Si hablamos de aumentar el ingreso, hay que estar razonablemente dispuesto a que aumente a todos, y luego ajustar el volumen de la carga. Tan absurdo es lanzarse a “cazas de brujas” como el ignorar que determinadas situaciones pueden requerir tratamientos especiales.

En las siguientes tablas se observan de dónde obtienen sus ingresos los distintos países, lo que podría denominarse “cesta de la compra fiscal”. Los números en cada casilla significan el porcentaje del total de los impuestos recaudados según cada origen fiscal, sea este sobre el factor Trabajo (gran parte del IRPF y Cotizaciones Sociales) Imposición al Consumo (IVA e Impuestos espaciales, en su mayor parte) o Imposición sobre el Capital.

En este caso, lo primero que se puede detectar es que España tiene una cesta fiscal relativamente más abundante que la media en la “captura” de rentas del capital, relativamente menos abundante en imposición indirecta, proveniente del consumo, y relativamente baja en la captura de ingresos provenientes del trabajo.

Puede sonar polémico pero no, el trabajador español no está frito a impuestos; de hecho, en este sentido su contribución al esfuerzo fiscal de la sociedad es menor de la que hacen en otros países punteros. Debe dejarse claro que en este total suman tanto las Cotizaciones Sociales como el IRPF. En un país con una tasa de paro diferencialmente alta respecto a la media europea, no obstante parece conveniente dejar que esta circunstancia matice las medidas que pudiera inspirar la primera conclusión. Andar con pies de plomo a la hora de encarecer los costes asociados a la contratación, por tanto, parece sensato.

A su vez llama la atención tanto la clasificación total como el puesto de España en la importancia de los impuestos indirectos. Efectivamente, los diez primeros países de este ranking no son, digamos, los alumnos ejemplares. Típicamente sucede que la imposición indirecta es mucho más fácil de gestionar, de ahí que suela pesar mucho en países con unos sistemas recaudatorios o una cultura fiscal menos sofisticada que otros. Sin embargo a partir del puesto 12, se observa cómo numerosos países bien reputados optan por establecer una mayor recaudación sobre el consumo que España, posiblemente en beneficio de una menor contribución del capital. Esto sucede con Dinamarca, Finlandia, Austria, Alemania y Reino Unido, por ejemplo.

España sostiene uno de los tipos de IVA más bajos de la Unión Europea y una tributación también mucho más baja en impuestos especiales. ¿Merece la pena revisar esto a costa de reequilibrar quizás otro tipo de impuestos? Lo primero, como siempre es saberlo y planteárselo.

A la vista de lo anterior se antojan tres sugestivas conclusiones:
• España tiene que hacer un esfuerzo fiscal mayor si quiere tener lo que tienen otros países.
• Contrariamente a lo que se piensa, los rentas del capital no están especialmente bien tratadas.
• El esfuerzo, como siempre que se quiere ganar algo, no puede afrontarse sin contar con el colectivo más numeroso.

¿De qué manera queremos vivir?