Malestar

Lobisón

Ante el dilema planteado por Artur Mas, pacto fiscal o independencia, Rajoy ha argumentado, por su propia boca y por la del Rey, que no están las cosas como para crear más tensiones e incertidumbres. Suena sensato, como casi todo lo que se le ocurre al actual presidente del Gobierno, pero se puede argumentar a la inversa: cuando todo está mal, mayor es la tentación de abrir nuevos conflictos.

Había un viejo ensayo de Roger Caillois (en El Mito y el Hombre) que explicaba el estallido de la primera guerra mundial no por la rivalidad interimperialista ni por el asesinato del archiduque Franz Ferdinand, sino por las tensiones y el malestar que se habían ido acumulando en el seno de las distintas sociedades europeas. Puede que incluso hablara del spleen de las clases acomodadas, cualquier cosa que eso signifique.

Si se busca la racionalidad de las apuestas por el conflicto en momentos de turbulencia, siempre se puede encontrar. Quizá Mas sólo busca proyectar sobre Madrid —en unas elecciones anticipadas— el malestar de los catalanes por los recortes. Pero aun así no parece tan fácil administrar las pasiones y frustraciones que ha despertado e impulsado, y puede que sin la grave asfixia financiera en que se encuentra la Generalitat su estrategia hubiera sido más cauta.

Más aún: supongamos que tenía razón Caillois, y que el malestar generalizado en las sociedades desarrolladas fomenta las conductas de alto riesgo o simplemente alocadas. ¿Por qué de pronto personas impresentables, como el autor del vídeo de Mahoma, o bastante normales, como el director de Charlie Hebdo, coinciden en al afán de provocar a los musulmanes en general y a los musulmanes radicales en general?

No tiene mucho sentido decir que la culpa es de ellos, por dejarse provocar, por no haber pasado por los siglos de reforma y secularización de los que han llegado a beneficiarse los ciudadanos de los países históricamente cristianos.  Por esas o por otras causas, el mundo islámico está lleno de fundamentalistas violentos, y es difícil imaginar qué se puede ganar provocándolos, mientras que es fácil ver lo que se puede perder. Christopher Stevens no era un admirador de la sharia, era un creyente en la democracia y la libertad de los pueblos.

Con motivo del lanzamiento de sus memorias, hemos leído a Salman Rushdie lamentarse de que en la defensa de la libertad de expresión uno puede encontrarse en la misma trinchera que gente verdaderamente horrible. Generalizando más, se puede temer que el malestar nos lleve a meternos en aventuras indefendibles, aunque luego pasemos el resto de nuestra vida intentando defenderlas. Lo que no vale es hacer como Bernard Lewis, al que muchos consideran el ideólogo de la guerra de Irak, y que preguntado si la apoyaba como medio para llevar la democracia a Oriente Medio, contestó que la apoyaría si salía bien. Parece que ahora sostiene que en su intimidad nunca la apoyó. ¿Cuántos jugarían igual con un posible ataque a Irán?