Mal rollo

Lobisón

Hasta hace unos meses la política económica de los países occidentales seguía un curso racional. Frente a la crisis económica, y especialmente la crisis bancaria y de crédito que se produjo tras la quiebra de Lehman Brothers, los gobiernos habían rescatado a los bancos afectados, inyectado liquidez y ampliado las medidas anticíclicas con estímulos a la inversión y al consumo. El resultado era un crecimiento del déficit, a veces —como en España o el Reino Unido— por encima de dos dígitos. La idea era recuperar primero la senda del crecimiento y luego reducir esos déficits, cuando la mayor actividad económica aumentara los ingresos fiscales y redujera el gasto provocado por el desempleo.

Para los economistas ortodoxos —antikeynesianos— que han dominado el pensamiento durante las dos últimas décadas, sin embargo, ésta era una estrategia equivocada, que debía provocar un repunte de la inflación —pese a que durante muchos meses el mayor riesgo ha sido una deflación como la que apuntilló a Japón en los años noventa— o que abocaría a una crisis de deuda. Por tanto había que parar y reducir el déficit cuanto antes, se hubiera regresado o no al crecimiento. La experiencia histórica del intento de reducir el déficit antes de tiempo, durante la gran recesión de los años treinta, mostraba sin embargo que, por muy cara y desagradable que fuera la medicación, retirarla precipitadamente podía matar al enfermo.

En la Unión Europea los mercados han zanjado el debate a favor de los economistas ortodoxos. Desde el momento en que Alemania regresó al crecimiento en el tercer trimestre de 2009, con un déficit inferior al 3,5% del PIB, se fue extendiendo la sospecha ante los déficits más abultados. El escándalo provocado por la revelación del déficit real de Grecia convirtió la sospecha en histeria, y la solvencia de la economía española, pese a su bajo nivel de deuda respecto al promedio europeo, comenzó a ser puesta en duda. Mariano Rajoy, por supuesto, se puso a la cabeza de la manifestación.

Con un fatal retraso provocado por el oportunismo electoral de Angela Merkel, se puso al fin en marcha un Mecanismo Europeo de Estabilización para garantizar financiación barata a los gobiernos que pudieran encontrar dificultades para financiarse en los mercados de deuda. Pero paralelamente, para dar credibilidad y fuerza disuasoria al mecanismo, se plantearon como necesarios fuertes recortes del déficit. La idea era evitar la especulación contra el euro a partir de la especulación contra la deuda soberana de algunos países de la eurozona.

En las semanas trascurridas desde el anuncio de los planes nacionales de ajuste, el caos y la volatilidad han seguido actuando contra el euro. Pero ahora el argumento ha cambiado: se duda de que con esos ajustes las economías europeas puedan crecer, y por tanto se teme que el déficit siga aumentando. No es un temor absurdo, si se recuerda no ya la gran recesión de los treinta, sino el desastre argentino que marcó el final de la convertibilidad.

Para que no falte nada, el gobierno alemán ha decidido dar ejemplo, para evitar que su propio déficit alcance el 5,5% del PIB en 2010, una cifra bastante poco escandalosa. Eso significa que el diferencial de deuda de los demás países puede volver a crecer, y que la rentabilidad de la deuda alemana va a volver a bajar, algo bastante contraindicado para una recuperación del conjunto de la UE. Además, el frenazo económico provocado por el ajuste debería afectar a las exportaciones alemanas al resto de Europa. ¿Por qué ha decidido Alemania reducir su propio déficit? Porque sus amargas experiencias en tiempos de Weimar pesan más que cualquier razonamiento económico.

A esto se suma, lógicamente, el mal rollo que los planes de ajuste han creado en los países afectados, y que lleva a los mercados a dudar de la fortaleza de los gobiernos y de su capacidad para cumplir esos planes. Y la impopularidad del propio gobierno alemán ante una opinión pública a la que nadie se atreve a explicar que la eurozona es un negocio redondo para su país, y que el dinero que pueda poner Alemania en su mantenimiento es una excelente inversión.

En suma, las economías europeas están en el filo de la navaja, y todo depende de que la recuperación haya cobrado ya suficiente fuerza para sobrevivir a los planes de ajuste. ¿Y la regulación de los mercados financieros, para evitar la especulación al descubierto contra la deuda soberana? Quizá se avance algo en la cumbre del G-20 en Huntsville (Toronto) los días 25 y 26 de este mes. Y si no, el año que viene, si dios quiere, como decía el Hermano Lobo.