Maestras de la República

Lobisón

 La semana pasada se proyectó en la Cineteca de las Salas del Matadero, en Madrid, un documental sobre las Maestras de la República, dirigido por Pilar Pérez Solano y fruto de un proyecto de FETE-UGT (previamente se había estrenado en la Filmoteca).  Por diversas razones familiares, la primera de las cuales es que mi madre fue una maestra de la República, me fui a ver la película con mi hijo. La sala estaba llena y lo había estado todos los días, y bastante gente se tenía que quedar fuera. Francamente me emocioné, y eso tiene peligro, porque mi hijo me llama nenaza en cuanto advierte estas debilidades.

El documental está realizado con gran elegancia, a partir de una actriz y una voz en off que lee fragmentos de Josefina Aldecoa, pero el plato fuerte son los documentos gráficos y los testimonios de parientes de algunas significadas maestras de la república, y las entrevistas con historiadoras actuales. Y también con un historiador, razonablemente joven, que casi al final venía a decir una cosa que se me quedó clavada: que durante la transición no se había hecho justicia a los ideales y el pensamiento de aquella generación de maestras (y maestros) de la República.

Cosas como esa las he oído mil veces, y sin embargo ayer la frase me impactó. Puede haber varias razones, que con la edad realmente me estoy haciendo una nenaza, por ejemplo. Pero creo que hay más: el desconsolador retrato de los años del boom trazado por Rafael Chirbes en las novelas de las que hablé la semana pasada, que me ha dejado secuelas, y sobre todo el sentimiento de derrota que a muchos nos causa el cambio de época que estamos viviendo, que me lleva a buscar en el pasado reciente las raíces de los males presentes. Sin exagerar, claro, y pensar que todo se hizo mal.

Evidentemente no se podían enarbolar las banderas republicanas si se buscaba crear un clima de consenso y unas reglas de juego compartidas. Y la sociedad de los años setenta no se parecía en casi nada a la de los treinta, incluyendo las desoladoras zonas rurales que se nos muestran en el documental. Cuando murió Franco ya había una carretera que hacía menos incómodo llegar al pueblo donde mi madre tuvo su primer destino, y en el que causó cierto escándalo su pretensión de poderse bañar con frecuencia (no había agua corriente entonces).

Pero me resulta inevitable pensar que en algo debimos fallar, cuando de la austeridad de los pensadores de la República pasamos a la mentalidad de nuevos ricos de los años noventa y lo que vino después. En todo caso las historiadoras y el historiador coincidieron en que lo que toca ahora no es sólo rendir homenaje a las maestras de la República, sino sobre todo resucitar su legado y ponerlo en práctica. Menos melancolía y más impulso, carajo, que no decaiga el optimismo de la voluntad.