Madrileños potemkin

Aitor Riveiro

Cuenta la leyenda que en 1787 la zarina Catalina II de Rusia, la Grande, viajó hasta las lejanas tierras de Crimea para comprobar ‘in situ’ cómo avanzaba la colonización de la región tras la conquista que abanderó Grigori Alexandrovich Potemkin, Gobernador general de Ucrania y amante de la reina del imperio ruso a la sazón. Como la reconstrucción no tenía buena pinta, el inteligente militar mandó levantar una serie de pueblos fantasma: se edificaron las fachadas de las casas (no se había inventado el cartón piedra, pero madera les sobraba) y se ‘contrataron’ (secuestraron) aldeanos por lo que, desde la distancia, daba la sensación de encontrarse ante un auténtico pueblo. Algo así como lo que hace Hollywood en sus estudios. Catalina, que debía tener aprensión a juntarse con su plebe, contemplaba las hermosas villas desde unas colinas.

En definitiva, a la rusa la engañaron como a una china. La zarina visitó varios de esos pueblos y volvió a su palacio de San Petersburgo creyendo que Crimea se había convertido en un idílico lugar en el que vivir. Hoy, se utiliza la expresión ‘pueblos potemkin’ cuando se describe algo que está muy bien presentado cuando en realidad es un completo desastre. Otra gran aportación de los rusos a la Humanidad.

220 años después, la imagen de Esperanza Aguirre inaugurando algo, lo que sea, se ha convertido en habitual. La presidenta (¡en funciones!) de la Comunidad de Madrid ha inaugurado ya tres hospitales y, de aquí al final de la legislatura, todavía tendrá que cortar la cinta de… ¡cinco centros más!, aunque la propia administración regional ha reconocido que los hospitales no están terminados.

Nuestra marquesa favorita no tiene inconveniente en utilizar incubadoras prestadas de otros hospitales, que entran y salen en cuestión de horas por la puerta de atrás; tampoco los médicos que interpretaban un reconocimiento a la presidenta para regocijo de los chicos de la prensa pertenecían a dichos centros de salud. Y, en el colmo del ‘potemkinsmo’, tras las puertas que encerraban los cuartos de baño, que era lo que prometían los carteles, no había más que cajas, sacos de cemento y algún que otro operario dándose al escaqueo.

Madrid se ha convertido, por obra y gracia de la liberal Aguirre, en uno de los mejores ejemplos que existen de un ‘pueblo potemkin’. La fotografía que publicaba el otro día el diario El País era arrebatadora y recordaba a aquellos pantanos que se inauguraban en el NODO, pero que se quedaban en nada. Para quien no la haya visto, y de paso para quien no haya leído el artículo, podéis hacerlo aquí.

Supongo que Aguirre no será la única política española que, a 15 días de las elecciones, sufre de ‘inauguratitis’ aguda. Y es que la cosa pública está plagada de asesores con máster en el arte de programar las obras para que su apertura coincida con las campañas electorales. Pero como siempre ha habido clases, los madrileños nos hemos convertido en los primeros consumidores de cintas inaugurales per cápita de España, amén de en cementeros oficiales del Reino.

En 1787 la engañada fue Catalina II. Hoy, los engañados somos los madrileños que, según la encuesta que publicó el CIS la semana pasada o el nada sospechoso ‘Pulsómetro’ de la SER, votaremos de forma masiva a Gallardón y Aguirre. Así que empiezo a dudar de que realmente existamos los madrileños; ya que la capital es un ‘pueblo potemkin’ en estado puro, los que aquí vivimos quizá seamos ‘madrileños potemkin’. O idiotas perdidos.