Madina, los insultos y las víctimas

José María Calleja

Eduardo Madina es una víctima del terrorismo nacionalista vasco. Como acaba de contarnos en la vista del juicio contra los que le quisieron asesinar, si los criminales no hubieran sido tan chapuceros, ahora estaría muerto.

Si Madina estuviera muerto, sería un muerto traicionado; pero como está vivo, es un canalla. Así nos lo cuenta todas las mañanas el locutor de cabecera de los obispos españoles. Este sujeto, y sus mariachis, insultan regularmente a Madina, y a otros como él, por la sencilla razón de que son víctimas del terrorismo, pero no como el locutor quisiera. A él le gusta mezclar el terrorismo nacionalista vasco con el terrorismo islamista y poner a los socialistas de golpistas salpimentados de bórico.

Madina nos ha dado un testimonio vibrante y emocionado. Nos ha contado cómo salvó la vida, aunque perdiera parte de una pierna, y nos ha dicho que el intento de asesinato apagó la vida en su casa; la de su madre, que no superó la depresión por el atentado y murió de cáncer; la de su padre, que quedó tocado por la angustia. (El absurdo del terrorismo es que los padres entierren a los hijos, o estén a punto de hacerlo).

Las palabras de Madina no han tenido eco en la radio de los obispos españoles, ni en otros medios igual de ultras. Esta vez, el locutor de los obispos y sus mariachis no han tenido ni un minuto para hablar de la doble victimización que sufrió el joven Madina al ver cómo los terroristas que quisieron asesinarle se reían delante de él. En ese momento Madina habrá actualizado todo el dolor sufrido por verse casi asesinado y por la muerte de su madre.

Al juicio contra los asesinos de Madina no ha asistido ningún representante de la Asociación de Víctimas del Terrorismo (AVT). No digo nada más de esto porque a la actual dirección de esta organización no se le puede hacer no ya la menor crítica, tampoco el más leve comentario.

Yo he discrepado con Madina. No he estado de acuerdo con él en algunas cosas, pero eso no supone que se niegue su existencia. Parece evidente que es una víctima del terrorismo. Víctima felizmente superviviente, pero víctima. No es menos víctima por estar vivo, desde luego. No parece piadoso insultar a las víctimas, pero, sobre todo, no es nada democrático. Hay gente que lo hace regularmente y le sale gratis.

Los muy pocos que hemos procurado poner a las víctimas en el centro del debate político –hace de esto muchos años, cuando las víctimas no estaban de moda y defenderlas tenía un riesgo añadido–, siempre hemos argumentado con dos ideas clave. El valor humano de las víctimas: son personas, son padres, madres, hijos, hermanos, novios, tienen edad, nombre, aficiones, proyectos, querencias; no son símbolos del mal, no son uniformes, no son siglas, no son inhumanos, fósiles como nos los querían mostrar sus asesinos. También su significado político: no les asesinaban porque sí o por nada; les asesinaban porque simbolizaban aquello que los criminales habían vestido previamente con el letrero de enemigos. Simbolizan la defensa de la Constitución, el ser o sentirse españoles, el no callarse ante la barbarie, el no tragar con el proyecto de dictadura terrorista. Humanos y políticos; hayan sido asesinados, estén heridos o no hayan sufrido atentados directos con tiro o bomba. Víctimas somos todos los que hemos sufrido el miedo, el espanto, el insulto, la marginación, la cercanía de la muerte en seres queridos o en nosotros mismos; no solo los asesinados o los heridos.

Resulta curioso el aluvión de defensores de las víctimas que ha surgido en los últimos meses, cual setas después de la lluvia. También llama la atención la inmensidad de gente que parece dispuesta a dar su vida desde la barrera, ahora que sabe que las posibilidades de que se la quiten son remotas y, en cualquier caso, infinitamente menores que en los ochenta o noventa, cuando no había desde luego este tsunami de rasgado de vestiduras y se trataba de poner en pié –rodeados de soledad y odio, venciendo el miedo– un discurso a favor de las víctimas del terrorismo.

El proceso final del terrorismo atraviesa un momento bache, pero parece evidente que es preferible el peor de los momentos bache a cualquier otro momento que se pudiera producir en el caso de que se rompiera el proceso y volviéramos a los funerales.

Hay una porción de políticos y periodistas que engrasan todos los días la frase que soltarán el día que supuestamente se rompa el proceso de final del terrorismo. Más o menos empezaría así: “yo ya dije…”. No se trata de saber quien es más listo, sino de terminar con esta historia que cualquiera que la conozca un poco sabe que es lo suficientemente endemoniada como para que no se pueda acabar de forma fácil. Pueden surgir más dificultades, pero el tiempo del terrorismo ha terminado.

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