Macbeth y el pueblo

Lobisón

“Yo no diría que absuelvo a Macbeth, pero no le condenamos desde el principio”, dijo Dimitri Tcherniakov a Daniel Verdú de El País (1 de diciembre) sobre su versión para el Teatro Real de la ópera de Verdi. Esta es una frase un poco misteriosa, porque es difícil no condenarle desde el momento en que asesina a su rey para sucederle, y además cuando Duncan es su huésped. Todo ello en el primer acto. La clave del montaje de Tcherniakov, sin embargo, es sustituir a las brujas por “un bulto anónimo y manipulador constituido por el pueblo”. Vaya por dios. No se sabe si esto es consecuencia de una lectura mal digerida de Canetti o simplemente de la improvisación.

Puede pensarse que en nuestro tiempo los estímulos de la ambición vienen menos de las profecías de las brujas que de un círculo de admiradores o de una súbita popularidad sin una base clara. Estas cosas pueden llevar a creer en el propio carisma y a acometer metas un poco exageradas, o directamente delictivas. Pero ¿tiene sentido modernizar a los clásicos? Creo que no, y que suponer que los encuentros con brujas eran más frecuentes en tiempos de Shakespeare que ahora no es muy sensato.

En todo caso podría entenderse que Tcherniakov reuniera a Macbeth con las brujas en un reality show, que quizá es la mejor metáfora actual de un aquelarre, o en la cocina de un restaurante de comida rápida, lo que daría cierto sentido a las recetas de las brujas. Pero, decidido a meter al pueblo de por medio, opta por juntar a Macbeth con una multitud de transeúntes en una plaza rodeada de viviendas unifamiliares más bien carcelarias, recluyendo en el foso de la orquesta a las voces de las brujas. Esto fuerza bastante la verosimilitud teatral, más aún en el segundo encuentro (en el tercer acto), cuando Macbeth se angustia acerca de un caldero que en ningún momento ha aparecido en escena.

Pero es que además los mismos transeúntes —o bien otros indistinguibles— se encargan de despachar a Banquo y luego de asaltar el castillo de Macbeth (la sala de estar de una amplia vivienda urbana, que es demolida una vez muerto el protagonista). El bosque de Birman es mencionado de pasada, pero los asaltantes no muestran ramaje o camuflaje alguno, lo que socava la tercera profecía de las brujas y las palabras de los insurrectos.

El Macbeth de Verdi conserva su fuerza y sus debilidades: el cuarto acto es un verdadero anticlímax, acentuado, eso sí, por la puesta en escena. Pero la gran pregunta es por qué se ponen los medios de un gran teatro y el trabajo de Verdi y de excelentes cantantes en manos de un tipo geanialoide más ocupado en mantener su reputación de innovador que en subrayar el valor de la obra o afinar las percepciones del público. ¿Maniobras de Don Cicuta para acabar de desprestigiar la ópera?