Macabra coincidencia, unidos en el ordenador de un asesino

Erika Fontalvo Galofre

Alfredo Correa de Andreis era un hombre tan leal a sus principios como testarudo.Por eso ni las persecuciones más humillantes ni las crecientes amenazas de sus verdugos quebrantaron su férrea voluntad, tan firme e impactante como su misma figura que, imponente, alcanzaba casi los dos metros de altura. Anteponiendo la justicia y la verdad, las únicas armas que llegó a conocer durante toda su vida como catedrático universitario e investigador en temas de conflicto, Alfredo se defendió como pudo de los macabros tentáculos de la extrema derecha que lo cercaban sin piedad. Convencido de su inocencia, jamás consideró el exilio como una opción, no huiría, no tenía razones para hacerlo, pero otros no pensaban lo mismo. Alfredo Correa de Andreis fue asesinado el 17 de septiembre de 2004 en medio de una calle de su natal Barranquilla, causando una conmoción nunca antes vista en la región.

Su sentencia de muerte se firmó varios meses atrás, el 3 de junio de ese mismo año. Ese día, un agente de un organismo de seguridad del estado colombiano presentó ante la fiscalía, un informe de inteligencia que aseguraba que Alfredo era ideólogo del bloque Caribe de las FARC. Tres hombres, integrantes de una red de informantes al servicio del gobierno, así lo habían declarado.

14 días después, Alfredo era capturado en un espectacular operativo de seguridad digno del máximo dirigente de las FARC, alias ‘tirofijo’, y no de un humilde sociólogo quien por su compromiso social con los desplazados se había ganado el respeto de los más importantes sectores académicos del país y claro, la enemistad de los violentos ilegales.

A pesar de la titánica lucha de su familia y amigos que buscaron por todos los medios revertir la injusta decisión, Alfredo permaneció más de un mes en la cárcel. Su libertad sólo fue ordenada por un juez tras considerar válidas las pruebas aportadas por su defensa que desmentían, categóricamente, las acusaciones de los informantes.

Demasiado tarde. Una lápida colgaba, en ese momento, de su cuello sin que nadie – ni el gobierno, ni la justicia, ni las fuerzas de seguridad – hicieran algo para revertirlo. Hoy, esa lápida es la misma que visitamos su familia y amigos que aún lo recordamos con cariño y respeto.

Liderada por Rodrigo Tovar Pupo, Alias Jorge 40, – jefe paramilitar del Bloque Norte – las Autodefensas Unidas de Colombia realizaron una campaña de exterminio contra líderes sociales y sindicales de Barranquilla y toda la Costa Atlántica. Desde principios de 2004 y hasta marzo de 2006, en pleno proceso de desarme con el gobierno, los crímenes se cometieron uno tras otro; en total más de 60 personas, entre ellas Alfredo, cayeron bajo las balas de los sicarios de los paras. Registrados con macabra frialdad, en los archivos del ordenador decomisado a este jefe paramilitar aparecen los nombres, cargos, actividades y otros detalles de las vidas de estas personas a las que calificaban como “objetivos dados de bajaâ€?.

Los miembros de estas organizaciones trabajan “en llave� (en connivencia) con el DAS, un corrupto organismo de seguridad del estado colombiano, que les ayudaba a hacer labores de inteligencia, a perseguir, inventar cargos y meter a la cárcel a los “sentenciados� por Jorge 40 y su red criminal.

Otros eran condenados a muerte desde el principio, sin derecho a que se les “montara� una trama de pasado guerrillero que los llevara a prisión: “valiente justicia� la de la intimidación impartida por estos asesinos mafiosos que encontraron respaldo no sólo en los cuerpos de seguridad del estado sino en los mismos Padres de la Patria.

El ordenador del temible Jorge 40 se ha convertido en la caja de pandora de la para-política colombiana. Desde finales del 2006 hasta la fecha, porque amenaza con extenderse, no menos de 9 congresistas han ido a parar tras las rejas acusados de haberse beneficiado de una estrategia electoral, diseñada por los paras, en regiones de la Costa Atlántica.

Este plan consistía en repartir votos entre “sus candidatos�, amenazar a los demás aspirantes, prohibirles hacer campaña y matar a los que no se sometían a estas reglas de juego.

Los congresistas aseguraron que las altas votaciones obtenidas en estas zonas, bajo la intimidación de los paras, fueron fruto de alianzas con los líderes políticos de la región y un reconocimiento a las obras que anteriormente habían realizado en esos municipios. Esas explicaciones no dejaron satisfecha a la justicia que ordenó la detención de los senadores y representantes a la cámara, varios de los cuales aparecen registrados junto a sus asesinados en el mismo ordenador del “todopoderoso� Jorge 40.

La lista es larga y el camino culebrero, como decimos en Colombia país. Falta y mucho. La contundencia de la Corte Suprema de Justicia, organismo encargado de adelantar estas investigaciones, resulta ejemplarizante y revela el grado de penetración del fenómeno paramilitar en Colombia.

Hasta ahora, por lo encontrado en el ordenador del muy mentado Jorge 40 y por las confesiones de los principales jefes paramilitares de la región, entre ellos su propio líder Salvatore Mancuso, los políticos de la Costa Atlántica han sido el primer objetivo de las investigaciones, pero es seguro que no serán los únicos.

En los próximos días se cumplirán las versiones libres de otros importantes lideres paramilitares desmovilizados y tras esas confesiones se producirá una nueva avalancha de información para los procesos de los congresistas ya implicados, y por qué no, para dar inicio a otros.

Los cálculos más optimistas hablan de unos 25 senadores, de un total de 100, y de unos 35 representantes a la cámara, de un total de 168, involucrados en el escándalo de la para-política que pica y se extiende hasta alcanzar a los altos cargos del país, entre ellos a la dimisionaria canciller María Consuelo Araujo, quien ha tenido que abandonar la cartera de exteriores tras la presión que supone ser hermana e hija de dos de los investigados en este proceso tan complejo.

María Consuelo, me atrevería a decir, es una víctima más de la despiadada espiral de violencia política que sacude a Colombia desde hace décadas. Víctima, al fin y al cabo, como Alfredo que, sin temor a equivocarme, no se sentiría orgulloso de estar compartiendo protagonismo junto al listado de políticos “salpicados de sangre� que reposan en el archivo del ordenador de su verdugo.

Amigo Alfredo, alguien dijo de ti y con toda razón, que eras un demócrata convencido, un académico consagrado, serio en tu trabajo investigativo y gran docente, con una obsesión vital por estudiar y estimular la participación comunitaria como elemento central de la democracia.

Pero por encima de todo, fuiste un hombre bueno, un universitario que siempre pensó en el bien de Colombia, en la formación de sus estudiantes, en contribuir con sus análisis a la mejor comprensión de un país que aún te llora…

Ya no será en Ginebra, en Suiza… Será ahora tal vez, en el cielo? Aunque, yo no sé si alguna vez pueda llegar hasta allí donde sé que estarás repartiendo la tierra a los que no la tienen