Los trabajos y los días

Sicilia 

El reloj y el calendario son dos instrumentos presentes de manera intrínseca en toda forma de vida. Muchas especies migran cuando llega el periodo del año adecuado, otras hibernan, otras cambian plumaje o pelaje. Asimismo, a cierta hora del día según qué flores se abren o se cierran, según qué pájaro canta o guarda un recogido silencio, según qué especie se retira a sus aposentos o se activa dispuesto a llevar a cabo sus trajines.

Como la hiedra en la pared nos apoyamos y a la vez somos esclavos del tiempo, como naves flotamos en su corriente con cierta, pero no toda libertad. “Tempus fugit”, “Perder el tiempo”, “Matar el tiempo”, o en su vertiente más  económico financiera, ” “El tiempo es oro”, “Time is Money”, ”Il tempo e denaro”, como si de una mercancía valiosa se tratase. En resumen, que nos preocupa qué hacemos con el tiempo, y desde hace mucho, y de muchas maneras.

No sorprenderá demasiado, por tanto, el que haya una cierta controversia en torno a si en nuestro país no podríamos llevarnos mejor con el reloj y con el calendario de lo que lo hacemos comúnmente.

Con el reloj porque somos un país de horarios infernales.

Alguna estadística cifra en 2.000 horas más las que trabajamos -o más bien, pasamos en el trabajo- en España, comparadas con las de nuestros homólogos europeos. Es un lugar común entre los extranjeros que nos vistan o los españoles que trabajan fuera, la sensación de que aquí no se trabaja poco, pero se trabaja mal. Causa pasmo por ahí el que de dos a cinco de la tarde nuestras oficinas se paren, y que luego pretendamos estar activos hasta las siete u ocho de la tarde, cuando ya noruegos, franceses, británicos e incluso italianos hace horas que apagaron los ordenadores y están dedicándose a los menesteres que sus apetitos o razón reclamen y sus cuerpos o presupuestos permitan.

Debido a ello, somos un país que se acuesta más bien tarde, duerme más bien poco, y arranca más bien tardío. No ajeno a ello, somos un país con una natalidad en descenso, y donde no llama la atención que una de las principales reclamaciones al sistema educativo es que abra los colegios más tiempo.

Una reforma muy interesante pasaría por intentar racionalizar dentro de lo posible esta pequeña locura. El gobierno de Tony Blair en el Reino Unido impulsó una ley según la cual las empresas estaban obligadas hasta cierto punto a admitir individualizaciones razonables de los horarios de sus plantillas. De hecho, sin necesidad de obligar, muchas grandes empresas y algunas administraciones han interiorizado perfectamente que una organización mejor del tiempo conduce a mejoras en la productividad, por varias vías (consumo energético, menos bajas laborales etc.).

Sin embargo, estas medidas parecen estar aun circunscritas a situaciones minoritarias. La mayor parte de nosotros seguimos pegados a horarios de salida tardía, siendo además en muchos casos la única forma de que los jefes o superiores se avengan a evaluar nuestra productividad (cierto es que se trata de la menos compleja y barata, si fulano está, es que fulano curra, y si no está es que no).

Merecería la pena que en una de estas vueltas del dialogo social encontrásemos la manera de instrumentar medidas en este sentido.

En cuanto a lo mal que nos llevamos con el calendario, no hay que mirar nada más que la fecha del día presente y echar cuentas de cuántos españoles están trabajando y cuántos de vacaciones. Y no se interpreten mal las cosas, descanso y vacaciones son necesarios, buenos para el cuerpo, excelentes para el alma y sumamente rentables para diversos sectores económicos. La cuestión es si compensa cerrar el país de golpe y porrazo media semana. Si la ingeniería “acueductil” que propicia la existencia de este calendario de festivos con fechas fijas es la mejor manera de organizar el descanso, las necesidades de nuestras estructuras productivas y cadenas de distribución, etc.

En este sentido siempre se ha alabado la aparente sensatez del modelo británico (de nuevo). Por supuesto todo país tiene determinadas fechas fijas de festivos, pero ahí no llegan a las 12-14 que tenemos en nuestro calendario nacional. Los británicos tienen 8, la mayoría de las cuales además está estructurada de forma que son siempre o lunes o viernes, concediéndose de vez en cuando fines de semana largos, pero sin la posibilidad de que súbitamente aparezcan semanas con dos días laborables de facto, o medio laborables. Es más predecible y todo el mundo sabe a qué atenerse.

Con todo, en estas dos medidas sugeridas siempre tendríamos a “gente enfadada” por  decidir ponerlas en marcha, y no me refiero al pánico de tanto “ingeniero de calendario” como todos podemos llevar dentro, sino a sectores afectados en su más íntima forma de hacer negocio.

Si pasásemos a comer a la europea, en 45 minutos de 12:30 a 1:30, el enfado de los restaurantes de menú del día podría ser ciertamente considerable. Cierto es que podrían reconducir parte de su negocio al esparcimiento a otras horas, pero siendo sinceros, ¿quién quiere competir teniendo un mercado cautivo?

Imaginemos ahora que redujésemos un par de festivos al año y, sobre todo, extinguiésemos los “megapuentes” pasando a fines de semana de tres días. Por ejemplo, si celebramos la constitución por ejemplo con un primer  fin de semana de diciembre de tres días (dejando la Inmaculada Concepción como laborable, “como dios manda”), o si  nos damos un primer fin de semana de mayo largo con motivo de la fiesta del trabajo, honrando la memoria de Daoiz y Velarde acudiendo a nuestros “curros”, como ellos hicieron aquel día (sustitúyase lo anterior en otras comunidades autónomas por alguna fecha pertinente).

Prepárense entonces para aguantar la carga de caballería de las zonas turísticas en pleno, aduciendo poco menos que el apocalipsis.

En fin, reflexionen sobre esto mientras disfrutan, ahora con más culpabilidad, de este acueducto.