Los telediarios

Ricardo Parellada 

 

Los telediarios, los diarios o noticiarios de la tele, siguen siendo, a pesar de la competencia de la prensa escrita y digital, una fuente importante de información para mucha gente. Como espectador corriente y moliente, no deja de sorprenderme muchas veces la elección de temas, su tratamiento o el tiempo que se les dedica. En lo que sigue quiero compartir algunas de mis perplejidades, con la esperanza de recibir alguna aclaración por parte de personas mejor informadas que yo. También pretendo aprovechar, por qué negarlo, el clima de crítica generalizada a la desregulación y el caos del mercado que se ha extendido en los últimos meses gracias a la crisis económica.

 

Las prácticas telediarias que más me llaman la atención son las microentrevistas a pie de calle a cualquier indocumentado que pasa por ahí sobre cualquiera de los temas elegidos por la lotería telediaria del día. Si gana Barack Obama las primarias demócratas, un grupo de periodistas voluntariosos les preguntan su opinión a los clientes de una panadería de Albacete. Y si Obama gana las elecciones presidenciales, nos informan puntualmente de las impresiones de la Galicia rural. Si nieva en Palencia, parecen imprescindibles las primeras impresiones de los clientes de El Corte Inglés de Lisboa. Y si van a jugar el Barça y el Madrid, habrá que tomar el termómetro de la calle en Murcia, Canarias y Nueva York. ¿A quién le importa lo que dice sobre la marcha uno que pasa por la calle sobre el tiempo, las rebajas o la crisis? Desde luego, en un blog en el que los científicos sociales tienen tanto predicamento no me atrevería a cuestionar la legitimidad y la capacidad predictiva de las encuestas, pero el caso de las microentrevistas de la tele parece muy distinto y no entenderé su función hasta que me la expliquen los afamados periodistas de DC.

 

 

¿Cuál es el objetivo informativo de meter la cámara en el ojo y el micrófono en la boca de quien acaba de perder a un familiar por un accidente o por un asesinato? Por más que nos repitan las escenas una y otra vez, no consigo comprender si el objetivo es informativo, opinativo o pedagógico. Y, desde luego, cuanto mayor es la truculencia del suceso, mayor es el empeño del periodista en arrancarle al desgraciado o desgraciada un gemido o un espasmo para la cámara.

 

Tampoco entiendo por qué las televisiones tienen que presumir constantemente de haber enviado a veinte personas durante quince días a un lugar en el que está pasando algo importante sobre lo que no nos cuentan casi nada. En el caso de eventos especialmente históricos, como los juegos olímpicos, en lugar de veinte van doscientos periodistas, y la mitad del tiempo informativo la dedican a presumir sobre las cuotas de pantalla. Menos mal que de vez en cuanto los periodistas hacen un esfuerzo por realizar trabajo de campo, recabar información de primera mano y justificar viajes tan largos. Nada menos que cuatro periodistas nos comentaron in situ y en directo la retransmisión de la ceremonia de inauguración de los juegos olímpicos de Pekín. Y recuerdo con ternura que el que más se había documentado sobre aquella gran cultura nos deleitó diciendo que “Confucio fue un chino que vivió hace muchos años”.

 

Para mí el colmo del amaneramiento telediario, compartido por la comunicación pública y la privada, es la transición de la información general a la información deportiva. El periodista estrella que conduce el telediario hace unos guiños y preguntas ridículas a la periodista deportiva, se echan unas risitas y luego la periodista mira a la cámara. Quizá con esa ceremonia boba y repetida creen tapar el enorme vacío que les hace perder la mitad del tiempo telediario con las paridas de los futbolistas.

 

Desde una perspectiva más comparativa, hay un fenómeno que encuentro absolutamente inexplicable. Alguna vez he tenido el mal gusto de ver varios telediarios en un mismo día, o de zapear entre los que emiten a la vez distintas cadenas. Me resulta incomprensible que de las diez noticias elegidas para el telediario por las distintas cadenas, públicas y privadas, ocho o nueve sean las mismas. Doy por supuesto que en el mundo pasan todos los días más de diez cosas noticiables; por poner una cifra, supongamos que pasan cien o ciento veinte cosas. ¿Cómo se explica que las televisiones españolas, de titularidad dispar y con fuentes de información en principio diferentes e independientes, informen o desinformen siempre exactamente sobre las mismas cosas? Ya sé que en los telediarios sólo salen noticias de las que hay imágenes. ¿Es que sólo hay una agencia o servicio de imágenes común para todas?

 

Ciertamente, no toda la información periodística está en los telediarios y hay otros programas y otros medios más proclives al análisis. Pero los telediarios siguen siendo una ventana importante a la realidad y no comprendo que en esos tres cuartos de hora de horario y audiencia asegurada no se pueda hacer un trabajo mejor. Está muy bien que nos informen a diario, por ejemplo, de las dificultades del sector automovilístico, de los expedientes de regulación de empleo y de las protestas en una y otra planta. Entiendo que las fábricas de coches dan trabajo a mucha gente y que es un problema serio. Pero ¿no podrían preguntarle a un experto algún día, aunque sólo fuera uno, si no se puede intentar hacer un poco, aunque sólo sea un poco, de la necesidad virtud? Las calles están llenas de coches y el aire lleno de humo. Entre tanta mención repetitiva telediaria de la crisis del coche ¿no se puede preguntar a alguien, por poner un ejemplo, si se pueden aprovechar las imploradas intervenciones estatales de otra manera que no sea subvencionar la venta de más y más y más coches?

 

¿Y es necesario hacer una ronda exhaustiva por los corresponsales de todas las comunidades autónomas cada vez que llueve o hace calor? Si quitamos el tiempo, los sucesos y los deportes ¿de qué más nos informan los telediarios? Y no será por la falta de medios y viajes de sus enviados especiales. Bueno sí, nos informan sobre la política repitiendo cuarenta veces la última frase faltona de Mariano Rajoy sobre el gobierno o de Pepe Blanco sobre el PP.