Los republicanos atribulados y Obama en karaoke

Barañain

Está resultando más trabajosa de lo esperado la carrera de las primarias republicanas en EEUU. Al candidato Mitt Romney le está costando tanto  distanciarse de sus competidores, pese a la ingente cantidad de dinero que se está gastando y pese a contar  con el respaldo de la maquinaria del partido,  que muchos republicanos dudarán de que, si gana la nominación,  esté en condiciones de afrontar el duelo de verdad, el que tendrá con Obama en noviembre. Un Obama que le espera, aparentemente tranquilo, practicando con el karaoke.

Sólo en publicidad,  los tres candidatos que llegan al tramo final de las primarias republicanas se han gastado más de 61 millones de dólares, de los que 44 corresponden a Romney. El cual, de momento, está dejándose en la carrera un buen pellizco de su considerable fortuna personal (más de 250 millones de dólares). ¡Hay que ver lo costoso que sale predicar la austeridad….a los demás!

Dicen que no conoceremos al verdadero Romney hasta que consiga la nominación. Que hasta entonces seguirá intentando esquivar esa imagen de multimillonario que estorba un tanto a la hora de dar esperanzas a los desempleados;  que no se podrá vanagloriar de sus logros como antiguo gobernador de Massachusetts  para que la base ultra republicana no le vea como un “liberal” (progresista); y que, en fin, tratará  de no ser visto como el mormón que es y ahí, francamente, le entiendo perfectamente: su pudor en ese aspecto me parece imprescindible.  ¡Si es que lo de los mormones es muy fuerte! 

La de Romney parece en cualquier caso la opción más solvente que tiene el partido republicano, que está sumido, dicen los medios, en una profunda depresión política y moral y al que la alegre muchachada del Tea Party ha dejado “abierto en canal”. Lo parece frente a un Gingrich del que se ha dicho  que es con diferencia el más culto y preparado de los contendientes -y lo creo, tanto si se le compara con los otros contendientes republicanos  como  desde luego con Obama -, aunque su arrolladora personalidad se imponga sobre el resto de sus cualidades. Y así está el personaje: arrollado por sus propios excesos. Sus competidores republicanos lo han tachado de “inmoral”, “corrupto”, “egocéntrico”, “volátil”, “racista” y “mujeriego”. ¡Nada, fruslerías! No le acusan, sin embargo, por su penúltimo  exceso: convertirse al  catolicismo.

En cuanto a Rick Santorum,  visto desde aquí puede parecer  un personaje de ficción -como un secundario de una película de Almodóvar-, pero  representa algo  muy real. Es la personificación más extrema del pensamiento conservador no sólo por el contenido concreto de sus propuestas ultraderechistas (¡Virgen del Tremedal, qué agenda la suya!) sino por lo que supone de exaltación del pensamiento “fuerte”, “sin complejos”, en contraposición al pensamiento débil, al relativismo, al lenguaje condicionado por  la corrección política, a la tibieza en el discurso o al contorsionismo ideológico para gustar a todos. Rick Santorum ha metido a Dios en la campaña electoral  y tanto éxito ha tenido que hasta la inenarrable Sarah Palin está  reconsiderando lo de no volver a presentarse en nombre de los cristianos más ultras. ¡Cómo será ese Santorum que más del cincuenta por ciento de republicanos que votaron a Romney se dicen más que incómodos o incompatibles con él….y viceversa!  Al lado de Santorum, los  Bush (padre, hijo y espíritu santo), McCain y compañía  pueden pasar por un hatajo de socialdemócratas.  Consuela pensar que “luchar por el alma de América” – como  dice que hace Santorum – debe ser tarea agotadora y cabe esperar que acabe en efecto agotado. ¡Qué se le va a hacer, quizá no ha llegado aún su hora! Pero es joven, tiempo tendrá. Y si no es él, tal vez alguno de sus ocho vástagos -a los que educa en su casa para tenerlos a salvo del mal, personificado en la escuela-, llegue a salir tan petardo como el padre y tenga, a su debido tiempo, una nueva oportunidad. Cosas peores se han visto.

 Así que veremos a Romney enfrentarse con Obama. Y llegará desgastado a esa contienda. Porque -en contra de lo que parece que deseaban los líderes del partido republicano y lo que convenía a sus posibilidades electorales en noviembre-, la pugna sigue sin despejarse y, paradojas del sistema, cuanto más afianza Romney su ventaja sobre los otros aspirantes, aún a paso de caracol, más popularidad pierde. Escribe Antonio Caño (corresponsal de El País en Washington) que esto ocurre  “no por la competencia en sí, sino por la calidad de esta” ya que “la rivalidad fue mucho mayor hace cuatro años entre Barack Obama y Hillary Clinton y ambos salieron fortalecidos”. Ahora, en estas primarias republicanas, la participación de republicanos es menor que en 2008 y es significativo el dato de que Romney ha ganado en varios Estados con menos votos de los que obtuvo cuando perdió entonces.

Claro que también llegará desgastado a la cita de noviembre el presidente demócrata. Obama, tal vez para exhibir ante sus adversarios lo relajado que está, en contraste con el sinvivir de aquellos, o tal vez porque no tiene nada mejor que ofrecer, se dedica cada vez más a componer su imagen ante las cámara (¿no resulta cargante esa pose suya repetida hasta la saciedad, pretendidamente solemne,  como de profeta que otea el porvenir, parándose en mitad del discurso,  la cabeza ladeada, el mentón levantado, la mirada hacia un indeterminado punto alto, el tono solemne incluso para soltar las obviedades más simples? ¡es como si estuviera continuamente ensayando el gesto para su futura inmortalización en mármol, a la manera del famoso monumento a Lincoln!).  Menos mal que últimamente le ha dado por ponerse a cantar en actos públicos: así, mostrando lo feliz que está de haberse conocido,  exterioriza aún más lo sobrado que va y casi resulta menos ridículo que posando para la posteridad. Como escribía una columnista del New York Times Obama parece que vive “en una burbuja dentro de una burbuja”, en un “exilio autoimpuesto”, “convencido de que el público no aprecia cuán excepcional es su presidente”. Al paso que va, tal vez lo único que termine recordándose de su paso por la Casa Blanca  -al menos desde fuera de los EEUU-, sea el nivel de las expectativas que levantó su elección.